EstoyAlmado | Los musimos

Manuel Palma

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Santader y Arcidelia tenían 9 y 11 años, respectivamente, cuando desaparecieron cerca del río Araguao en Delta Amacuro. Nada se supo de ellos, solo las pisadas que quedaron marcadas cerca del conuco de sus padres. Las huellas comenzaban cerca de la siembra de ocumo chino, plátanos y cambures, pero inexplicablemente desaparecieron en una área libre de árboles y siembras. Hoy esa zona continúa yerma; después del incidente nadie más quiso trabajar esas tierras.

¿Quién se habrá llevado los niños? ¿Por qué lo hicieron?

Los indígenas waraos creen que los responsables del hecho fueron los musimos. Según cuentan, son espíritus guerreros de ojos rojos que deambulan entre los más de 300 caños que se conectan con el río Orinoco.

Los lugareños aseguran que a veces, en la madrugada, los musimos se sienten cuando se estremecen bruscamente las copas de los árboles y la corriente del agua se vuelve bravía e imposible de navegar. Los más viejos indican que si estás dormido y te despierta un repentino soplo de viento, los musimos están muy cerca. Pero si algo te toca mientras descansas lo más seguro es que están detrás de ti. Aunque tengas curiosidad por verlos, no debes nunca abrir los ojos mientras duermes, pues según comentan nadie vuelve después de ver directamente los ojos carmesí de los musimos.

Tal vez eso fue lo que les pasó a los hermanos Santader y Arcidelia. Ingenuamente cometieron el error de mirarlos a los ojos. Sin embargo, los padres de los niños no creen que los musimos se los hayan llevado. Los pequeños no estaban dormidos ni era de noche cuando desaparecieron. Era de día. Los niños jugaban mientras los padres recogían los frutos de la cosecha. En un momento se les escuchaba reír, y de repente un silencio inesperado disparó la búsqueda desesperada. Una anciana indígena, que también tiene su conuco cerca del lugar, afirma que vio a alguien llevárselos, pero no sabía distinguir si era humano, pues medía más de dos metros, su ropaje se mezclaba con la selva, y a la distancia sus ojos parecían destilar fuego. De fondo, le pareció escuchar el rugir de un león o un tigre. No está segura.

Esta misteriosa desaparición cumplirá en junio próximo 41 años. Los niños perdidos son parte de la comunidad fluvial Nabasanuka. Allí aún no se explican qué ocurrió.

Nada tiene sentido.

Ni siquiera la propia versión de los niños Santader y Arcidelia, cuando finalmente aparecieron siete días después justo en el mismo lugar donde los vieron por última vez. Sorpresivamente estaban bien: sin signos de violencia, limpios, alimentados e hidratados. El único detalle es que estaban desorientados.

Hoy, con 32 y 30 años, respectivamente, los hermanos solo recuerdan pasajes inconexos, como un sueño lleno de situaciones incoherentes. Lo más claro que rememoran es que despertaron en una montaña rodeados de una docena de tigres que despedían un fuerte olor inolvidable.

Ambos no olvidan esa extraña experiencia. No lo pueden borrar de su vida, aunque quisieran. Cada vez que se cumple un año de lo ocurrido, esa noche le pasa algo similar a ambos: al cerrar los ojos perciben un inevitable olor a tigre. Los viejos waraos dicen que el aroma felino es un modo de los musimos de recordar lo sucedido. Los hermanos no saben en qué creer. Esa noche en particular solamente se arropan desde los pies hasta la cabeza con una manta que les fue entregada a cada uno, tras ser bendecida en un ritual familiar. Ni por error procuran abrir los ojos hasta el otro día.

Manuel Palma | @mpalmac