Diálogo, prédicas y realidades

J.J. Álvarez

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El diálogo posible entre el Gobierno Bolivariano y la extrema derecha venezolana (duramente golpeada por el heroico accionar de la política exterior del gobierno del presidente constitucional Nicolás Maduro con apoyo del pueblo que rechaza contundentemente la descomposición y podredumbre de la injerencia de Washington), revela que en el terreno de las operaciones contrarrevolucionarias no todo es color de rosas y por tanto la Casa Blanca se ve obligada a buscar nuevos horizontes para actuar en un ambiente de diálogo para el que todavía no hay lugar y fecha.

No es de extrañar que Estados Unidos y la comisión de Noruega hayan recomendado a la derecha venezolana que el diálogo es el final del túnel donde puede aparecer la luz para buscar solución a una situación política que ha estado plagada de obstáculos.

El diálogo con el gobierno ha sido siempre como Nicolás Maduro lo ha puesto de manifiesto en varias oportunidades, con sus prédicas y realidades: el levantamiento inmediato de las sanciones y de las medidas coercitivas unilaterales impuestas por Estados Unidos, reconocimiento de la Constitución y de los poderes públicos, así como la devolución de los activos saqueados; esos, son los objetivos sobre la mesa que no tienen porque prestarse a un concepto equívoco.

Las normas a seguir en el proceso de negociación del diálogo deben protegerse de la mentira mediática y de la manipulación sistemática de la información. El presidente Maduro añadió que la cruda verdad de Venezuela debe conocerse y que el diálogo debe ser un acto público con transparencia informativa, con cámara y foto pública.

Que no pase inadvertido el triunfo revolucionario del gobierno por el logro que significó que la extrema derecha llamara al diálogo. Ojalá que esto no sea una estrategia comunicacional más de la oposición extremista para distraer las posibilidades de éxito durante el desarrollo de la construcción del diálogo.

Con Jorge Rodríguez y Héctor Rodríguez, representantes del gobierno venezolano en el esperado diálogo, el pueblo está seguro de que sus actos serán tomados con decisión y coraje contra el círculo vicioso que conduce a la afrenta, el enfrentamiento y el uso de la violencia.

El proceso de negociación del diálogo debe ser un esfuerzo, con medidas imaginativas y perseverantes, para prevenir el desequilibrio de la paz. El término de tolerancia a emplearse en el diálogo en ningún momento debe dar lugar a la condescendencia o indulgencia para justificar amnistías indebidas que implicaran regresar al pasado y provocar quebrantos de los derechos humanos nacionales y de las libertades.

Bienvenido sea pues, el diálogo con sus prédicas y realidades.

J.J. Álvarez