MICROMENTARIOS | Sexualidad de las prendas de vestir

Armando José Sequera

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Las prendas de vestir tienen su propia sexualidad: la mayoría actúa como hembra y macho y se junta sin fines de reproducción.

He observado que, al saberse en la intimidad de las lavadoras, casi todas se precipitan juntas –abrazadas o unidas por alguna manga, cierre o botón–, al fondo del tambor giratorio.

Además, he visto –discretamente, no soy un voyeurista textil–, que hay parejas estables: un pantalón de gimnasia mío y un pantalón de pijama de mi esposa; una blusa suya y una de mis franelas. Algunas parejas no son macho y hembra sino del mismo sexo e igual se lanzan frenéticas en pos de ese bien esquivo que es el amor.

Los elementos de nuestra ropa interior practican el intercambio de parejas con gran arrebato y si tuvieran voz, sus gritos y gemidos podrían oírse a decenas de metros de distancia. De hecho, sus movimientos amatorios hacen vibrar la lavadora, como si la misma estuviese atacada por una sucesión de sismos de gran magnitud.

Todas las piezas disfrutan, gozan, se solazan, como personas sanas y enamoradas. No hay entre ellas agresiones ni relaciones forzadas. Sus uniones son consensuadas.

Las afirmaciones precedentes no se deben a locura ni a un deseo de escandalizar a quienes lean esta nota. Tienen su origen en observaciones empíricas que, como se sabe, constituyen los puntos de partida del conocimiento científico, el saber que dispara las hipótesis.

Al vaciar la cesta de ropa sucia en la lavadora he visto piezas que, al entrar en ésta, se buscan y abrazan con el indudable propósito de sobrellevar juntas la experiencia. Luego, a medida que la misma transcurre, se vuelven apasionadas, tanto que, una vez lavadas, cuesta separarlas.

Abundan las medias que se aferran entre sí, que entran y salen juntas y, cuando se les cuelga para secarlas, aprovechan la menor brisa para apretujarse de nuevo, como jóvenes que no se cansan de descubrir maravillas en los cuerpos que aman. Algo deben haber descubierto sobre la contracepción: jamás he visto que donde entren dos salgan tres. Esto parece una ley, excepto con las medias. Pueden ingresar dos, pero casi siempre sale una sola. No descarto episodios de canibalismo, dado que jamás se consigue la compañera que desapareció.

Menos dados al sexo son los manteles y los cubrecamas, aunque las fundas de almohadas, como pupilas de convento, se muestran libres de prejuicios mientras giran en su mundo de agua, jabón y suavizante.

Estoy seguro de que muchas y muchos de quienes han llegado al final de esta nota han atestiguado encuentros similares, pero nadie se atreve a hacerlos públicos. La mayoría teme que se les crea dementes. A mí no me importa lo que se piense de mí, ni hago casos a amenazas como las de dos de mis pantalones que han jurado dejarme desnudo en la calle por revelar estos aspectos generales de su sexualidad.

Armando José Sequera