Cuentos para leer en la casa | La posible ternura

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Los domingos suelo sacar de paseo al cocodrilo, lo cual es un fastidio cuando no he hecho bien la siesta. Sin embargo, por lo general trato de alivianar la caminata, hablando con los pocos amigos o conocidos con los que me topo, preguntándoles por esas menudencias con que se acostumbra rellenar los enojosos espacios en blanco que avergüenzan después de cruzar las iniciales frases de cortesía de rigor: ¿Cómo está usted? ¿Qué le parece el frío de hoy? ¿Cómo están por su casa? Y demás sonseras.

Andrés se me acercó en silencio. Da vueltas a mi alrededor y me mira (lo estoy siguiendo con el rabo del ojo) con aires de súplica, mientras mantiene entre sus dientes la cuerda que ato a su cuello. Si ya he leído a conciencia los diarios (incluidas las tiras cómicas que se hayan salvado de la destructiva curiosidad de mi mascota), me incorporo con cierta rapidez, me calzo a ciegas los zapatos, acaricio la rugosidad de su lomo y de su testa, le amarro la correa y nos largamos hacia la avenida.

Aún cuando se puede decir que he pasado casi toda mi vida en esto, recorriendo de ordinario las mismas calles, todavía nos encontramos con los que se sorprenden e incluso se espantan al ver a Félix, como también lo nombro.

—¿Cómo se le ocurre, bestia, salir con ese monstruo a la calle? ¿Qué clase de persona es usted, que anda con esa cosa entre la gente normal y corriente?

—Pero si es apacible, abuela. ¡Mírelo, tóquelo, acarícielo, deslícele con suavidad una mano sobre el cuello y verá que más bien le gusta!

—¡Cómo se le ocurre, desquiciado! ¿Es que no hay ley en esta ciudad, en este país, que prohíba semejante atrocidad, semejante barbarie? -y sucede que en ocasiones, así, el saurio permanece viéndola con arrobamiento y sonriéndole al mal humor de la anciana de turno. Se mueve hacia ella, intenta restregársele amorosamente en las pantorrillas, y ahí se desmaya la señora.

Actitudes como esa lo afectan en grande. Cosas de la ternura de él, al que no entienden, porque se dejan llevar por la aparente ferocidad de los colmillos, de la cola, de la bocaza, por su colosal tamaño, y entonces proceden a juzgarlo a priori, sin conocerlo a fondo, ni siquiera medianamente. Él avanza unos pasos, mueve la cabezota a uno y otro lado, entreabre la boca y me obliga a que me interne en el parque o a que busque el cobijo de un árbol o la soledad de una esquina, para llorar un poco.

Mas si lo conocieran como yo, cosa distinta sería. Félix no es un salvaje, un ogro, alguien intratable, insociable. No, al contrario, no cabría tan arraigado sentimiento gregario en persona alguna, ni más capacidad para escuchar con atención extrema, ni para ser más atento, ni más solidario.
Muchísimos años ha que mi madre lo trajo a nuestra casa, tras recibirlo de manos del doctor Pacciani, cuyos hijos lo maltrataban y habían estado a punto de acabar con él.

Luego de luchar unos segundos con lo que se agitaba en la bolsa de lona, logró poner esta en el piso. Con sorpresa vimos la extraña forma que brotaba por el pequeño espacio que la costura del bolso permitía.

—¿Qué demonios es eso? -dijo el malgenioso de papá.

—Pues…un…un cocodrilo…Bueno, mejor, un crío de cocodrilo.

Tras el estupor vino la negativa rotunda, el reclamo, más negativas, hasta que entre todos logramos convencer al viejo de que eso nos otorgaría alguna ventaja delante de los vecinos, a ver: era una cosa exótica; como guardián sería extraordinario; podría limpiar la casa y sus alrededores de alimañas, de insectos y nos podría, ¡al fin!, librar del horror de las ratas que durante años se habían adueñado del desván, lugar que por eso mismo nos estaba vedado. Además, quizás llegaría a oídos de los diarios y seríamos objeto de uno o varios reportajes y…hasta de guardaespaldas nos podría servir.

Papá accedió, no sin antes emitir unos gruñidos de protesta.

Al viejo le costó lo suyo acostumbrase al animal. Sobre todo porque este se le acercaba hasta rozarlo en esa hora que él le dedicaba a la lectura nocturna, con el fondo de música clásica. Para él era motivo de real irritación y repugnancia el hecho de que Andrés se tendiera con mansitud y en absoluto silencio a sus pies.

Aquellos acordes lo serenaban, porque si su día había sido de inquietud, de nervioso trajín, por el encierro o las grescas domésticas que se habían suscitado durante la jornada, llegado el momento se colocaba cerca de papá, cuidándose de no incomodarlo, depositaba las mandíbulas sobre la gruesa mullidez de la alfombra y cerraba los ojos, adormecido con beatitud.

—Jerónimo, deja en paz al animal, que no te está molestando para nada -decía Eduviges, cuando veía u oía como papá azotaba el lomo del joven reptil con su paraguas.

Por ello, cuando se dispersó la familia, decidí, con la aprobación indiferente de los pocos que aún quedaban en la casa, llevarlo conmigo, y como tal lo tomé, como un legado o herencia de mis parientes.

De manera habitual le agradaban las largas caminatas. Además de que lo seducen los infinitos espacios abiertos, lo que es lógico, vista su especie. El problema empieza justo allí: a él le atraen los parques gigantescos, los pícnics a orilla de los ríos, los extensos llanos, la vegetación espesa, los profundos silencios de los caños, apenas quebrados por el trinar de los pájaros y los ruidos propios de esos ambientes. A mí, en cambio, me impresiona y atemoriza la inmensidad de esos espacios abiertos, la soledad rumorosa de los enormes cauces, la tarde y los sonidos que hace estallar entre el paisaje característico de la llanura. Me sobresalta esa variedad de desconocida fauna que respira, se arrastra, camina, nada o vuela, mimetizada con el medio. No sé: una picada, una mordida, una dentellada, eso que él ignora con evidente displicencia o valido de su poder.

Me es de gran ayuda, quién lo duda: cuando la casera, por ejemplo, a fines de mes, pulsa el timbre y me llama en procura del dinero correspondiente al alquiler, Félix se le aproxima desde el hueco donde duerme, emitiendo una especie de gruñidos amenazantes, ante lo cual la pobre mujer sale despavorida, transformando su cara agria en una mueca de pavor, cosa que me complace.

O cuando arriba a mi casa alguna visita indeseada, una de esas personas de conversación intrascendente, banal: vueltas y vueltas acerca de las mismas boberas e incluso con las mismas frases. Entones apelo al cocodrilo. Un leve chasquido de dedos me sirve para que él se despabile y le muestre la dentadura completa al tonto. Mas si esto no basta, entonces le larga un coletazo en las piernas, con muchos bríos, y si tampoco esto es suficiente, recurre a su último ratio: sin miramientos, lo prende entre los colmillos por un pie, lo zarandea, lo remueve con fuerza hasta que el necio palidece, calla, pide ayuda inmediata desde la mesa donde se ha subido. ¡Y cuidado si se le ocurre volver a abrir la boca, porque el saurio amaga con agredirlo de nuevo!
También me es de utilidad sacarlo de su apacible cueva ante los engreídos, vanidosos o “sapientísimos” que se cuelan al menor descuido. Con ellos se muestra más fiero: a coletazos los desaloja de la sala. Los golpea inmisericorde, y hasta derribarlos, por el pecho: paf paf paf y los obliga a salir a gatas, mojados en sus propias aguas.

Para congraciarlo con los que me son afectos (escasos, por cierto) lo estimulo para que ejecute un acto curioso, que puede resultarle simpático a la audiencia.

—A ver, Andrés, unos pasitos de baile para que te vean.

Como es torpe en demasía, apenas parado en dos patas y dados los primeros pasos, tropieza consigo mismo y, ¡cataplum!, rueda de manera grotesca por el suelo, de donde logra levantarse a durísimas penas, con ayuda, avergonzado, y si intenta reiniciar la danza le ordeno con suavidad que vaya a la cocina en busca de algo para diluirle un tanto el bochorno.

Si he de ser sincero, no representa para mí una carga: “No es una carga, es mi hermano”, comento a los visitantes de la ocasión, jugando con el título de una antigua canción, para restarle patetismo y tensión al momento, pues no es cuestión menor observar aquellos cuatro metros y tantos de largo, por un metro y más de ancho, tratando de llevar el compás de una melodía, parado con precariedad en sus dos patas traseras.

Lo difícil es compartir el minúsculo espacio del apartamento con él, esquivándolo para no tropezarnos, y como desde chico se acostumbró a dormir en mi cama, por lo que se la he cedido y me he ido a ocupar el sofá del recibo, mientras que él se acurruca allá en el fondo, en un sueño dulce y profundo, del que procuro no despertarlo, porque no obstante su carácter apacible, prefiero no removerle su lado salvaje en esas oportunidades.

Será que con los años las personas se van acoplando entrañablemente una con otra, cuando comparten tanto y tanto, si no ¿qué otra explicación cabe? Lo digo porque hemos construido nuestra convivencia cual si fuese un juguete desarmable, en el que encaja una pieza con otra y otra, a pesar de poseer cada uno sus propias características y dimensiones.

Sin embargo, una vasta curiosidad me inquieta y estoy tentado a preguntarle a alguien de muchísima confianza: ¿acaso este compartir por largos años la existencia, nos ha hecho intercambiar, hasta lograr determinado balance, determinado y saludable término medio, rasgos de nuestras respectivas conductas y, lo que más me preocupa: los rasgos físicos más acusados?

Sospecho que así ha ocurrido, lo digo porque ayer domingo hemos salido a nuestro paseo matutino por el Parque Independencia, el que está situado entre Chorritos y Matamoros, a unas buenas doce cuadras de aquí, y nadie parece haberse dado por enterado de que era Félix quien agarraba la tirilla en su mano, tomaba los diarios en la otra, intentaba conversar de naderías con los viejos conocidos, mientras yo veía desde abajo y con mucha ternura a la anciana del cado, intentando vanamente restregarle mi afecto en los tobillos.

Orlando Chirinos