Cuentos para leer en la casa | Si hubiera tenido un Moulinex, Madame Bovary se habría salvado

0

Una tarjeta en el fondo de su carriel le informó que le debía dinero a su peluquera (no debo llamarla así que se ofende, es mejor estilista…), y que estaba necesitando con urgencia un cariñito para sus raíces desteñidas. Otras tarjetas similares a las que suelen repartir los visitadores médicos, los agentes de seguros y los fabricantes de envases plásticos, salieron indecorosamente de su pequeño bombo de la buena suerte. Algo muy pesado en la boca del estómago le indicaba no sentirse bien ni del cuerpo ni del alma.

Un día gris. Es lo malo de los calmantes. Cuando viene el dolor de verdad, te parece que has pasado la frontera, se supone que debemos pegar gritos, contraernos, volvernos mierdita-caquita, aullar como perro callejero. Pero no, en lugar de eso, te parece que flotas en una piscina jacuzzi y las columnas son blancas y lindas, el Paraíso. Estoy más feliz que la momia envuelta en suaves toallas, viendo la tele-narcótico, y me pueden clavar una daga que ni cuenta me doy. Debo tener una punzada fastidiosa porque aún estoy de medio lado, o aún estoy de medio lado porque tengo una punzada. Pero de dolor: nanay. Levanto el brazo a 35 r.p.m., soy la Venus de Milo cabezona. Mi brazo de polietileno lo guardé en el clóset. En la próxima operación me convertiré en amazona, la mujer despechada… ¿se dirá así?

Llevaba días inmersa en historias de Cosmopolitan o cómo pasar el tiempo: “Cómo llegar a ejecutiva en tres pasos, cómo preparar comidas afrodisiacas después del partido de fútbol, sea feliz como la mujer de su jefe, dígale no a los tacaños y cuidado con los árabes; el curso de migajón, terapia intensiva con collares y pelotas de ping-pong, masajes con parafina”.

Y mientras tanto esperaba fumando, iba al laboratorio y veía la tarjeta equivocado-equivocado, sin trazas, negativo-negativo.

El virus, querida, se combate a fuerza de reposo. A esos bichitos los encoleriza la inactividad y la indiferencia de una. Lo malo es que duelen los riñones de estar horizontal.

Pero descuida, yo tengo unos vitamínicos impresionantes. Y con estas hierbitas no tendrás necesidad del escalpelo. Lo que necesitas es mucha distracción, cambiar de ambiente.

Exactamente, cada siete años y para rejuvenecer un poco, se olvidaba del Segundo Debut.

Buscaba otro apartamento, se teñía el pelo, se metía en un gimnasio, se teñía el pelo, adquiría un perro, tapizaba los muebles y cambiaba sus lentes de contacto.

Siempre inventaba la manera de dejar a sus amigos atónitos, cariacontecidos:

—¿Por qué pintaste ese comedor de amarillo? No sabía que te gustaba la repostería. Sin duda, te estás haciendo vieja. Antes no pedías permiso para nada. Ese pelo no te queda. Estás chiflada.

Al principio, disfrutaba de los resultados. Conocía caras nuevas, las viejas le hablaban distinto…Como un juego.

Hasta cierto límite. Ahora, la repostería o el bonsái le tenían sin cuidado. No le hallaba la gracia a tener la casa empapelada con Bazar Bolívar. Se sabía de memoria cada uno de los artefactos Moulinex que un día de lluvia había decidido comprar para librarse del fastidio de rallar, moler, picar y desmenuzar los alimentos. La fatal costumbre la obstinó y un buen día, guardó todos los implementos un-dos-tres y volvió a emplear los cuchillos.

Entonces surgió la fiebre de grabar música. Desde rock pesado hasta Carmina Burana, pasando por Canelita, Klaus Nomi y Supertramp, no hubo intérprete célebre que se le escapara, ni director, ni arreglo orquestal del que no tuviera una versión. Igualmente se volvió adicta a las minitecas y a las rockolas. Cocinaba, cosía, iba al baño y dormía con audífonos. Semejante afición concluyó el día en que encontró sus cornetas quemadas.

“Toda la magia radica en el silencio. No hay sonido que lo iguale”.

Aturdida por su fiel Cafenol, salió a aspirar el aire infestado de polivinil, empanadas de cazón y pantalones Lee que fluctuaban por la calle. El agua empozada en la esquina amenazaba con nuevos caldos de cultivo. Desprovista de los mosaicos de su infancia, le provocó recordar a su ángel de la guarda: “Ángel de la guarda / dulce compañía / no me desampares / ni de noche ni de día”.

“Ahora que mi vida se ha vuelto un lago de cortisona, me fallan las fuerzas. Estoy harta de todo. De ir de la Ceca a la Meca, buscando sin saber qué. Nada. Las pastillas me devoran.

Me prometen la panacea y sigo peor. Por más que me pongan un tórax biónico, es mi cerebro el que se acaba. Y esto que se infiltra, que se riega sin cesar, un chorro que me bloquea…”.

De no estar la calle húmeda, ella hubiera preferido caminar; rechazar los pensamientos horrendos en torno a su cuerpo, la necesidad de encontrar una salida, ácido muriático, un insecticida o la escena típica de la dama en el balcón, aferrada a los barrotes oxidados, contemplando fascinada las hileras de autos y peatones pululando en el pavimento. Como era de prever, la dama del balcón hacia un último acto de magia: se inclinaba y se impulsaba para luego dejar caer su masa al implacable vacío.

Pero le faltaba coraje. Le tenía miedo a todos los impactos, por leves que fueran. El dolor, la sangre, el golpe…Únicamente si enloqueciera, podría obviar estos detalles. Además quedaba la esperanza de que mañana, en el dos mil y tantos…

De pronto descubren la droga milagrosa, el trasplante perfecto, un pedacito de lata que funciona. Como sea, no importa. Me dejaré congelar, cortar en tiritas, rallar y picar con Moulinex. Si esto fuera posible… ¿por qué no? Nada importará. Me olvidaré de los otros engendros, de los que ahora se alegran de verme a punto de panquear, y que por delante nos saludan efusiva, calurosamente: “Mi amor… ¿cómo estás tú?”

Y luego suponte que se hayan equivocado. Eso pasa a cada rato. De pronto, despierto y me dicen: “Negativo”.

Un acceso de tos la invadió, junto a esa ridícula impresión de ser alérgica al polen, lo que la hizo detenerse un poco en sus despistadas macetas de matrimonio y recordar que ya era tiempo de regalárselas a la galleguita de enfrente, la recién casada. Trató sigilosamente de escudriñarla detrás de la cortina, adivinar su incipiente embarazo.

Son los nuevos frutos del siglo veintiuno. Seres desechables, recubiertos de concreto y pasta de flúor. Sobreprotegidos y envasados al vacío, bajo las normas de calidad Norvén, rodeados de amorosos snoopies y gatas Kitty. De todo para que no sufran cuando pregunten:

“—¿Y mamá?
—En la peluquería.
—¿Y papá?
—Jugando a los caballos”.

Sus sueños serán diferentes. Sin árboles ni selvas. Sin saltos de agua ni leñadores viejos.

Sin piedras blancas ni helechos. Sin reyes de agua ni reinas de fuego. Sin trompos ni bicicletas. Ni veredas brumosas, ni colinas, ni cristofué.

Tendrán en cambio otras alucinaciones: alcantarillas rotas, motos sin tubo de escape, afiches de propaganda electoral, tarjetas de crédito, policías y ladrones computarizados, dientes de plástico, uñas de papel, scratxh-scratch, autos sin ruedas, sin cloche y sin frenos. El canal de la izquierda, estúpido, se desbarató el tren delantero, el tipo se me atravesó, tenía que haber dado la curva más despacio, coño, eso te pasa por tomarte la pastilla a última hora, me dio un yeyo, yo no lo maté, te lo juro, hablas más que una lora, cállate. Cállate tú, que estoy hablando, pingüino.

El dolor, ay. Ahora sí. Me están sonando las vértebras. Pártete, galleta. Acordeón. El dolor templa, se esconde bajo la teta. Tranquila…No es nada. La vida será la vida, a pesar de todo alguien se moverá, alguien irá a otra galaxia, alguien terminará con esa paja del nacionalismo y la gloriosa historia. Alguien habrá que deje de comer mierda…

Felizmente, ha vuelto a casa. Se deja derrumbar en el sofá, justo a tiempo. Estrellitas de colores le queman las pupilas. Sus ojos encuadran otras imágenes sucesivas, que se entrelazan y yuxtaponen formando múltiples mandalas. Niños, rostros, cabellos, brazos, bocas, gritos, vestidos, caramelos y pitos. Al cabo de un rato, se descubre riendo. Por eso, cuando sus quebradizas uñas se topan con la tarjeta del salón de belleza Germaine no se inquieta en lo más mínimo por pensar en el dinero que ha quedado debiendo.

“Traducido en dólares, no es nada. Pensándolo bien, es hora de que me haga unas mechitas verdes y me pongan gelatina. Tengo ganas de oírle los cuentos a Antoine. Que si la señora de perencejo, que si el coctel de los tal y cual, que si el traje de la miss parecía champupú. Veamos carita de mona, a ver si cambia la cosa”.

Al menos, por los momentos, ha pasado por alto el hecho de que, según los médicos, está condenada a morir.

Fín
De Extraños viandantes (1990)

_________

En el suelo o a mil años luz

Para olvidarme de mí tengo que imaginarme que soy otra persona. Únicamente de esta forma me es posible pasar la vida entretenidamente. Únicamente así se puede resistir tanto tiempo. Esta mañana, por ejemplo, cuando me fui a poner las medias, encontré en el suelo una foto de alguien que me resultó simpática e ingenua. Tardé algo en reconocerla, hasta que pude asociarla conmigo. Cuando tenía trece años. Desde entonces he venido cambiando. Desde entonces, he ido envejeciendo. Desde entonces, ignoro quién soy en realidad. Y me pregunto diariamente si soy o no soy. En verdad: ¿Quién soy?

La mujer no tuvo reparos en contestar:

Soy la figura que transita adormecida por las calles; la que se viste de traspiés, huecos y escupitajos. La que confronta su rostro opaco con el barro adosado a los neumáticos. Para mí, el desplazamiento de una mezcladora de cemento es tan inevitable como la silenciosa confortabilidad del deportivo europeo.

Deambulo perennemente sin tener la posibilidad de permanecer. Los muros y los postes son una exposición de cuadros que dura apenas unos segundos. Mientras el mundo se nos acerca.

Fín

De Extraños viandantes (1990).