HORIZONTE DE SUCESOS | Las crónicas de Marapa

Heathcliff Cedeño

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La juventud venezolana en los ’90 estaba condenada al fracaso. Al menos así lo sentíamos los de la Pascua en esa época en la que uno se debatía entre rock y la delincuencia o, en muchos casos, su combinación, sin que esto representara una contradicción. Y digo estos dos porque en ese tiempo fueron novedades que por alguna razón ilógica llegaron juntas al pueblo. Lo bueno es que ahora también está la opción de ser evangélico, pero eso ahora no viene al caso.

La verdad es que nos veíamos como transgresores por andar bajo el sol achicharrante de esa sabana vestidos de negro. Parecíamos una hilera de zamuros caminando pegados a las paredes para no chamuscarnos tanto. También nos sentíamos arrechísimos cuando la gente nos veía con desaprobación por sospecha de consumo de cualquier droga ciudadana.

Cuando uno se ve a la distancia, como lo estoy haciendo ahora, es que puede notar lo pajúo que era por sentirse moderno y burlarse de la “actitud joropera” de la gente ligada al floclor. “Qué vas a saber tú, campesino”, siempre soltaba alguien con superioridad, y la verdad es que todos lo éramos, pero unos estaban orgullosos y otros no. Ahora que estamos grandes, según la cédula, basta que en cualquier parte se escuche Jorge Guerrero, Reinaldo Armas, Gino González, Dámaso Figueredo o cualquier cantautor de joropo para que nos paremos firmes y se nos abombe el pecho de orgullo, sin que nos deje de gustar.

Pero como dije antes, esto solo se puede ver a la distancia. Ninguno de nosotros sabíamos que estábamos siendo clavados en “operación indolora”, como dijo un barquisimetano, por la llamada penetración cultural y la maquinaria de alienación del capitalismo. Igual jodimos mucho en ese tiempo y poco a poco nos dimos cuenta, al menos algunos, de que la cagada estuvo en querer aparentar algo en detrimento de otra cosa, de nuestra propia identidad.

Pero la irresponsabilidad en ese pasado ya opaco y la efervescencia que rayó en el vandalismo romántico estaba dentro de otro anillo más grande que, sin imaginarlo, nos moldeaba. Claro que éramos responsables de nuestro porvenir, pero las políticas del momento empujaban a la juventud esquinera a la nada, al sin sentido. De ese futuro preescrito solo podía sacarnos el orden, en su versión policial o militar, vía escarmiento o absorbiéndonos como parte de su aparato de seguridad.

Todo lo dicho de acá en adelante corresponde a un ejercicio de memoria, cuyo trabajo se basa en ir quitando las capas de historia que se fueron superponiendo como el hollín de la polución urbana en las grandes ciudades. En ese trabajo mental-arqueológico seguro hay más de un cable cruzado que no corresponde con la realidad, pero dicen que todo relato es verídico por el solo hecho de existir.

Heathcliff Cedeño