Cuentos para leer en la casa | Una nota en el diario del general Girardot

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Ocurrió a comienzos de un año difícil para los patriotas. Una serie de hechos impredecibles habían cambiado la dirección de las cosas. Hechos ante los cuales futuros historiadores ofrecerían explicaciones plausibles y heroicas. El Libertador había logrado reunir en la Nueva Granada a un contingente bastante grande de fervorosos idealistas y aventureros y se disponía reconquistar Caracas. Había cruzado ya lo más empinado de la sierra de Cundinamarca hasta descender por Pamplona hacia las planicies calientes de Cúcuta. Antes de iniciar el segundo ascenso por las montañas de Capacho, Bolívar decidió aguantar el ritmo desaforado de su marcha por unos días y acampar en San Antonio, el último villorrio escueto que encontró arrinconado a un lado del valle. Sus hombres, aunque entusiastas, no ocultaban su agotamiento. Ni siquiera las encendidas arengas que de vez en cuando les dirigía podían evitar los suspiros y las evocaciones nostálgicas. El sol de marzo calentaba bien y la brisa traía al amanecer un poco de fresco de los cerros. Él era el único que no parecía percatarse de las bondades de los vientos que bajaban desde la montaña de Juan Frío. Estaba tan preocupado por el giro que habían tomado los últimos acontecimientos que no tenía tiempo para pensar en cansancio. Caminaba  entre las tropas, inquieto, exaltado. Tal parecía que su espíritu no encontraba descanso, a cada rato concertaba reuniones con sus oficiales, discutía con sus edecanes, pasaba revista a las tropas desanimadas, hablaba solo.

Al día siguiente de haber acampado despertó muy temprano y, aprovechando que se le había despejado un poco la cabeza, se largó a dar un paseo por la vega. Su ayudante de cámara dormía a pierna suelta y los guardias, entre dormidos, obedecieron sin pestañear sus órdenes de dejarlo marchar solo. Cabalgó a paso lento entre las lomas bajas, vadeó riachuelos y hondonadas, trotó con gracia por el prado húmedo. Vio unos ranchos decrépitos junto a la sombra de un gran cedro y a lo lejos una fumarola que escapaba por la chimenea de algún trapiche. Distraído por la placidez del amanecer se dejo arrastrar a la voluntad de su caballo. Se escuchaban trinos y aleteos, trotes diminutos y un ruido de ramas quebradas. Era el rumor del monte despertando. Le gustaban estos amaneceres de campaña en los que la concordia universal se anunciaba, posible y cercana, entre los ruidos de la mañana. Cuando intentaba cruzar una quebrada pedregosa el caballo trastrabilló y al instante fue a dar al agua. Trató de levantarse de inmediato pero resbaló y volvió a caer dando tumbos. Se levantó como pudo, riéndose de su torpeza, ¿cómo se  permitía dejarse arrastrar así por sus divagaciones?

Fue entonces cuando vio al hombre parado en la orilla, apuntándole con un fusil de bayoneta. Su caballo se fue a esconder entre los matorrales dejándolo solo, miserablemente mojado y con frío. No estaba armado, ni siquiera llevaba su sable de rigor.

—¡Baje esa arma de inmediato y devuélvamela!

El hombre no respondió. Con el fusil le hizo una señal para que se saliera de la quebrada hacia la orilla desde donde estaba apuntándole. Cuando Bolívar lo vio más de cerca se dio cuenta de que era un campesino miserable. Los pantalones apenas si le cubrían el cuerpo desmirriado, llevaba una camisa de dril ajada, de color indefinible.

—Qué quiere paisano, ¿robarme?, si no llevo nada encima, volvió a increparle autoritario. Contra su voluntad, temblaba de frío.

El hombre seguía allí, erguido e impasible, apuntándole sin responderle, le miraba a los ojos, impávido, sin mover un músculo. Apenas su respiración, honda y agitada, delataba su nerviosismo.

—¿Usted es ese que mentan Bolívar, verdad?

—Sí, soy yo y usted, quien quiera que sea, se esta metiendo en un problema grave paisano.

El hombre no se inmutó. Lo miraba desde una distancia secreta e inalcanzable. Un mundo simple e incomprensible al cual él no pertenecía.

—Me llaman Barrientos y todo lo que quiero es hablar con usted.

—No me gusta hablar con los que me amenazan, ¡baje esa arma, le ordeno!

—¡Cállese, don!, cállese o si no me va a tocar que matarlo.

Bolívar le echó una mirada condenatoria, aquel campesino ignoraba sin duda las consecuencias de su acción. Sintió también miedo ante aquel hombre ignorante y agazapado. Trató de responderle en un tono calmado y sentencioso.

—A ver, ¿de qué quiere usted hablar Barrientos? Yo soy apenas un servidor más de los ideales de libertad que recorren el mundo. Si usted ha escuchado mi nombre ha sido referido a causas nobles y justas.

El hombre lo miraba con los ojos muy abiertos, parado apenas a unos metros de él, el cuerpo tenso, inmóvil. Con un leve movimiento del fusil le ordenó que continuara.

—Ahora voy con mis tropas a reconquistar Caracas para la libertad, estamos acampando aquí por unos días antes de emprender el ascenso a Mérida. Como usted puede ver, tengo una misión que cumplir.

—¿Qué va a pasar, don, cuando este tiempo que usted está trastornando con sus promesas de libertad vuelva a su quietud, qué nos va a pasar a los de por aquí? A ver don, ¿acaso tiene usted también una respuesta? –le preguntó el hombre con su voz gangosa.

—¿Acaso prefieres seguir sirviendo a la ignorancia, al despotismo de los realistas, prefieres ser un sirviente de Monteverde y del rey?

—Aquí el rey es don Abel Sánchez Redondo, amo de estas tierras y Dios es el señor cura párroco que lo asiste y bendice.

—De esos precisamente es de quienes busco liberarte paisano, de quien sea te mande con oprobio –le gritó Bolívar. El hombre se enderezó bruscamente y aseguró el fusil, su cara se crispó en un gesto de furia.

—A mí, don, me mandan estos cerros pelados –respondió el hombre enardecido–. A mí me mandan estos cerros pelados y mis cabras que me dan de comer. Usted don es un forastero que no sabe nada de esta comarca, que solo viene de paso en busca de mejores tierras. Pero ahora se ha quedado solo, a pesar de tantos hombres que lo siguen, está solo.

—¿Qué trata de decirme?

—Nada, don, nada. Nada más de lo que sus oídos han escuchado.

—Escúcheme bien Barrientos, este incidente no es más que una eventualidad. Si no he de ser yo, será otro el que complete lo que me impida el destino. ¡Será otro el que reivindique la libertad de esta gente!

—Dígame usted don, dígame quién va a querer libertad por estos lados. Uno quiere lluvia y buena cosecha o una buena vaca lechera. Pero, ¿qué hace uno con su libertad? ¿De qué vale eso entre tanto baldío? Aquí ya hemos escuchado antes cantar ese gallo.

—¿Acaso paisano quiere seguir sirviendo al rey español que nos desprecia y tiraniza?

—¡Quién se acuerda de tiranías cuando hay que luchar contra tanta eventualidad. Quién me jura que sus palabras son distintas de las de todos los que han pasado y no han vuelto! Llevado por la excitación el hombre se tambaleaba, alzaba y bajaba la cabeza bruscamente.

—Yo soy un hombre de palabra, lo he demostrado –replicó Bolívar.

—¡Desde el tiempo de los Belzares cuántos no han pasado por estos peladeros, incendiando y cargando con lo poco que hay! Los peninsulares son bien versados y astutos, y saben prometer. De ellos se puede esperar uno cualquier cosa pero de usted don, usted nació en esta tierra.

Como si las palabras de pronto se hubieran agotado, ambos quedaron mirándose en silencio. El sol radiante de la media mañana ya comenzaba a calentar el valle.

—¡Quítese la camisa y la casaca! –ordenó de pronto bruscamente el hombre.

Bolívar dudó por un momento como si no entendiera la orden que se le había dado.

—Mi don, que le estoy diciendo que se quede en pelotas –enfatizó el hombre haciendo una señal con el rifle.

Bolívar se volteó y comenzó a quitarse lentamente la camisa, las botas empapadas, los pantalones y se quedó desnudo tiritando por primera vez de miedo ante una desgracia inesperada.

—Dese la vuelta, don Bolívar –le ordenó el hombre casi en susurros.

Lo miró fijamente, escrutando cada uno de los miembros de su cuerpo enjuto. Le miró los pies embarrados, las piernas pálidas, los brazos fibrosos, el pecho hirsuto, la cara contraída por la cólera y la vergüenza. Se quedó contemplándolo así por un rato, luego le miró a los ojos.

—Solo quiero cerciorarme de que usted es de carne y hueso y no un arcángel como andan diciendo por aquí. Don Abel dice que usted es el propio demonio encarnado pero usted no es más que un hombre flaco y cansado como yo. Ahora el hombre hablaba  calmado, sin el menor énfasis, como si algo lo hubiera decepcionado profundamente.

—Ya le llegará también a usted su hora de morir. Yo no buscaba otra cosa que hablarle y verlo de cerca, así mismito como lo estoy viendo ahora.

—Si no va a hacerme nada déjeme ir en paz, y será mejor que se esconda bien.

—¡Cállese, don! Yo no les temo a forasteros ni a soldados y ya le dije que el único que puede gritar por estas tierras es don Abel Sánchez Redondo. Dese vuelta y camine por la orilla de la quebrada.

Bolívar obedeció la orden y comenzó a caminar torpemente entre las piedras. El hombre se le fue acercando poco a poco, sigiloso, hasta casi tocarle los pies. De pronto con un movimiento rápido y preciso le propinó un golpe con la culata en la nuca desnuda. El Libertador cayó de rodillas sobre la grava embarrada, la cabeza le colgaba sin peso sobre el pecho. El hombre terminó de acostarlo.  Contempló una vez más aquel cuerpo, despacio, como si quisiera cerciorarse de quién era el que yacía desnudo sobre el barro. El único trazo de violencia era la intensa mancha rojiza donde le había propinado el golpe. Luego miró a su alrededor, cruzó la quebrada a saltos ligeros y desapareció en el monte.  Un grupo de soldados que lo habían estado buscando ansiosamente todo el día lo encontraron ya casi anocheciendo. Dormía plácidamente a los pies de su caballo, su respiración era profunda y acompasada, la cabeza descansaba sobre su brazo derecho. La ropa y las botas, aun húmedas, estaban cuidadosamente ordenadas junto a su cuerpo. Tenía en su cara una inexplicable expresión de tranquilidad.

A pesar de que los generales Girardot y Ribas se propusieron mantener este incidente en secreto para no inquietar al resto de los oficiales, esta desaparición momentánea del futuro Libertador no pasó desapercibida. El general Santander menciona la inexplicable ausencia en una carta fechada el mismo año, en Villa del Rosario. Tanto él como el general Urdaneta pensaron en principio en una conspiración, pero Bolívar había aparecido en la noche como si nada, tosiendo y quejándose de una fuerte jaqueca. Cosa que, por lo demás, no era del todo extraña en la salud tan cambiante del caraqueño. El general Girardot, por su parte, escribe en su diario el día 28 de Marzo:

…ai veces que no ai quién lo aguante con su impetuosa personalidad. Entre ordenes i contraórdenes nos vuelve a todos locos. En una tarde puede bien pasar del entusiasmo mayor a la pesadumbre. ace lo que quiere i nos inquieta como cuando se disfuminó (sic) el jueves pasado reciente en que nos tuvo en zozobra. Ribas i mi persona lo buscamos incesantes sin decir nada para no preocupar o causar alzamientos. Estaba dormido i desnudo i todo embarrado. Cuando se le despertó contó una historia delirante como esas que se cuentan los peones de tropa de aventuras  de caballerías.

El general Girardot omite, como quizás lo omitió el mismo Bolívar, la aparición de Barrientos. La historia, por esa misma misteriosa razón con la que perseveran cuentos y consejas, pasó a través de varias generaciones hasta llegar a los labios del cronista boticario don Pedro Páez, quién me la contó y me hizo prometer no escribirla. Espero no haber traicionado a mi maestro y amigo con esta versión fantástica en la que procuré distorsionar con el mejor estilo posible este pasaje mínimo dentro de aquel año del Decreto de Guerra a Muerte en el que ocurrieron tantas cosas.

El Autor 

Mario Eloy Valero ( Mérida, 1959 ). Licenciado en Economía por la Universidad de Carabobo, con doctorado en Culturas Latinoamericanas e Ibérica por la Universidad de Columbia en Nueva York (Estados Unidos). Autor y crítico literario. Escribe narrativa de  ficción y ensayo, con particular interés por los géneros híbridos, las artes visuales y el cine. El presente texto forma parte de su Manual de Historias de Venezuela, una colección inédita de textos. Es profesor asociado de Español y Cultura Latinoamericana en el Departamento de Lenguas y Culturas Modernas del Fashion Institute of Technology, en Nueva York.