PARABIÉN | Ego(ísta)

Rubén Wisotzki

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1.

En esta sociedad planetaria que gira a la velocidad que decide una pandemia asesina, y todavía en muchos aspectos desconocida, un científico divulgador de una de las ciudades del llamado primer mundo, aseveró hace pocos días, como si fuera una enseñanza útil a la humanidad, que una cebra perseguida por un león no debe preocuparse por correr en su huida más rápido que el león, sino más rápido que la cebra que tiene a su lado.

Como bien se puede apreciar, el pensamiento práctico de las grandes economías mundiales, y sus políticas, no titubea y le saca brillo permanentemente al terrible lema “sálvese quien pueda”. En ese sentido, por aquí recordamos en otra entrega, y como lo ven lo volveremos a hacer, que el 75% de las primeras dosis de la vacuna contra el virus se concentraron apenas en 10 países. En la actualidad, y según la Organización de Naciones (poco) Unidas, en el mundo hay 194 países. Imposibles ser más claros.

2.

Estas líneas no pretenden ser, porque estamos claros que no podrían serlo, un análisis de las conductas animales. Pero después de ver la afirmación, casi entusiasta, indiscutiblemente contundente, del portavoz espontáneo de la cultura del individualismo, el egoísmo, y la insolidaridad, la inquietud nos tomó por asalto y el mejor ansiolítico que hemos encontrado, como siempre, fue la lectura, la información, y la posterior reflexión que resulta ser el mejor vaso del agua para digerir la pepa del conocimiento.

Precepto que no puede perder de vista lo que leemos en el filósofo Eugenio d’Ors: “Es necesario que una experiencia se traduzca a conocimiento para que el resultado pueda ser vivido”. Es decir, lo vivido, lo experimentado es una fuente de conocimiento maravillosa.

3.

Entonces, dimos nuevamente con un libro singular, “El gen egoísta”, de Richard Dawkins, editado a mediados de los años ’70 del pasado siglo y que alborotó a los lectores comunes, como somos usted y nosotros, estimados lectores, en su momento.

Nos dijo Dawkins cuando salimos de la librería y abrimos el libro que, “… al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes. De la misma manera que los prósperos gangsters de Chicago, nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades en nuestros genes. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta cualidad egoísta del gen dará, normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano…”

Luego, lo recordamos como si fuera hoy, y lo recordamos porque éramos muy jóvenes y creíamos en el Bien como fuerza poderosa y arrolladora, como la única fuerza posible de posicionamiento, antes que ayer, o si se quiere, más tarde que nunca, ante el presente y el futuro, ante todos los tiempos posibles, pero también lo recordamos porque, una vez internalizada y asumida la presencia del Mal, y la ineludible convivencia con él, -porque también cumple un papel, su papel, cuando se habla del Bien-, no hemos dejado de ser jóvenes en tema y en otros cosas más.

En todo caso, lo recordamos porque como esos jóvenes que fuimos, y somos, leímos: “…el macabro canibalismo de la mantis religiosa. Las mantis son grandes insectos carnívoros. Normalmente comen pequeños insectos como las moscas, pero suelen atacar a cualquier ser que se mueva. Cuando se acoplan, el macho, cautelosamente, trepa sobre la hembra hasta quedar montado sobre ella, y copula. Si la hembra tiene la oportunidad, lo devorará empezando por arrancarle la cabeza de un mordisco, ya sea cuando el macho se está aproximando, inmediatamente después que la monta o después que se separan. Parecería más sensato que ella esperase hasta el término de la copulación antes de empezar a comérselo. Pero la pérdida de la cabeza no parece afectar al resto del cuerpo del macho en su avance sexual. En realidad, ya que en la cabeza del insecto es donde se encuentran localizados algunos centros nerviosos inhibitorios, es posible que la hembra mejore la actuación sexual del macho al devorarle la cabeza. De ser así, es un beneficio adicional. El beneficio primordial es que consigue una buena comida”.

Esperamos que sea obvio que lo trascendente no es aquí qué rol juega la hembra y qué rol juega el macho. Podría haber sido al revés. Aquí lo difícil de digerir es una relación, ¿amorosa?, que incluya el fin del Otro. Pero… ¿qué estamos diciendo? ¡Si los seres humanos somos los más destacados en esa conducta perversa!

4.

Debemos dejar esto hasta aquí ya que nos toca darle a los terneros sus potentes dosis de biberones. Por razones que la ciencia desconoce u oculta, no gozan de buena salud. A veces decaen, pese a los cuidados. Sin embargo, las crías de ojos saltones vendrán, como siempre, corriendo de manera entusiasta y hasta juguetona hacia uno. Los cuatro saben, o deberían saber, que a cada uno les toca beber su diario batido de leche mezclado con la debida dosis vitamínica para así garantizarles la salud y un crecimiento apropiado. Sin embargo, los cuatro se empujan, se molestan, se embisten, egoístamente, por estar de primero, y quizás de único. Son tan humanos en sus cuatro patas.

5.

Egoísta procede, como ya sabemos, de Ego. Ego es Yo. Egoísta: “Inmoderado y excesivo amor a sí mismo”. Y hay que ver cuánto cuesta reconocer ese yo egoísta que también nos habita.

“Tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, porque hemos nacido egoístas. Comprendamos qué se proponen nuestros genes egoístas, pues entonces tendremos al menos la oportunidad de modificar sus designios, algo a que ninguna otra especie ha aspirado jamás”, sostiene Dawkins en su libro, quien temía que su escrito no fuera visto como un registro de la evolución sino como un tratado de moralidad (nada más lejos de su intención).

Por estas tierras ya está la quinta ola del virus. El Mal sigue ahí, con otra cara, con otra presentación, con otra variante, con otro nombre. El Mal es inteligente. No dejemos que el Bien deje de serlo. Y para bien.

Rubén Wisotzki