VITRINA DE NIMIEDADES| A las orillas de la crítica

Rosa Pellegrino

0

Cuenta la leyenda que algunos la asumen como profesión y otros como una mala costumbre, que se ve fea, pero da placer. Frente a ella la opinión pública se divide en dos: los que la escuchan y los que la ignoran. La crítica en lo cotidiano es prácticamente un goce culposo y, al mismo tiempo, una situación que pone a prueba nuestro cuero frente a la mirada ajena. Y es tan democrática que podemos gozarla y padecerla casi en paralelo.

Cuando uno se mete en la piel del ser crítico se activan tantas sensaciones que los estudiosos de la neurobiología estarían fascinados haciendo experimentos. Lo mejor es que los laboratorios están en todas partes: desde la sala de la casa hasta una oficina pública. Sería una delicia hacer una caracterización de todas las situaciones: el cuchicheo entre dos con la mirada fija en el objeto de la crítica hasta aquellas reuniones sesudas donde se descose al mundo, pero no se llega a ningún lado.

La crítica, además, le tiene una guerra jurada al sentido de oportunidad. La primera ignora a toda costa a la segunda, y le fascinan los momentos en los que puede arruinar una buena conversación o un encuentro familiar. La tía que le saca en cara al primo de treinta y pico que no tiene trabajo estable justo cuando están en la cena de Navidad, la mamá que suelta “Ay, seré la última de esta familia que deje descendencia” en pleno almuerzo dominguero o la mujer que le suelta a su amiga: “Esa relación tuya no va a funcionar”, no hacen más que cumplir el destino inexorable de la crítica en desbandada: arruinar el momento, aunque se tenga razón.

Una mención especial merece el mundo laboral. Se supone que el ejercicio crítico, entendido con seriedad, es el motor para mejorar procesos. Pero… No hay garantías de nada si al menos no se delimita la discusión, especialmente cuando no distinguimos situaciones de personas. Cuidado con invocar al espíritu de la autocrítica, ese que comienza en uno, pero termina en “… si fulano no me hubiera hecho esto”. Sale mejor ir agendando algún encuentro para comprobar si existen los espantos del llano.

Y si hablamos de servicios, pues abrimos la caja de Pandora. La discusión ahí es larga, tendida y agotadora. Todos tenemos mucho que decir, y mira que nos sobra verbo para hacerlo. Si no, que lo digan los gestores de redes sociales de las empresas que se dedican al área: desde la parquedad hasta el más vívido de los insultos, ahí la crítica va firme, indetenible y se multiplica hecha palabra, foto y memes.

Justo ahí saltamos al otro lado del río: qué hace uno con la crítica. Cuando uno es el que señala, no existen medidas, hasta se disfruta la cosa. En algunos casos, es un desahogo justificado; en otros, podría hasta llegar a ser una declaración de superioridad. Pero cuando es uno el que recibe ese aluvión de cosas, solo por ponerle un nombre, qué puede hacer con eso. ¿Eso se responde o se ignora? ¿Se internaliza? ¿Se reacciona? Ya voy escuchando reacciones…

Sería absurdo ponerse en este punto a dar consejos sobre el manejo de la crítica. Lista de salidas ingeniosas habrá. Tampoco pretendemos pedir la hoguera para quienes sueltan su parecer si este desagrada (quien esto escribe con toda seguridad tendría ese destino). Pero, antes de lanzarnos por el tobogán de los cuestionamientos, al menos pensemos si podemos aportar algo más que el desahogo mordaz, especialmente si es necesario buscar una solución. Luego, cada quien decide, porque todos nos hemos parado en las dos orillas del río de la crítica.

Rosa Pellegrino