Cuentos para leer en casa | La gaviota

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Enrique Pérez Díaz

Todas las tardes viene volando a mi playa una gaviota, blanca gaviota, pedazo de nube que se acerca desde el cielo y se posa en el muro rompeolas. Pero no es una gaviota parlanchina y estridente como otras. Tampoco se muere por pescar a ras de agua o hurtarles el alimento a otras aves.

Sencillamente llega.

Se posa.

Y durante mucho tiempo permanece sobre el viejo muro que se desgasta de olas y recuerdos.

La veo llegar cada atardecer y me quedo mirándola, pensando en qué podrá pasar por su pequeño cerebro de ave volandera.

Pero, la gaviota parece ignorar mi presencia. Es como si yo no existiera para ella. Como si todo su horizonte-meta-confín fueran el mar y el cielo, en ese punto lejano que les une y donde la vista no alcanza a llegar.

Después de mirarla un rato, vuelvo a mi vida normal. Es decir, me voy alejando lentamente de la playa. Y allí queda la gaviota, silenciosa, muda, altiva, y con su pequeña mirada perdida en lontananza.

Yo me regreso a los quehaceres de casa, a esas obligaciones tontas que todos nos procuramos para llenar nuestras vidas cuando están vacías de otras cosas, quizás más auténticas.

Pero ayer, justamente, decidí quedarme pensando: ¿Acaso ella duerme sobre este muro la noche entera? ¿Acaso espera por alguien?

El sol se fue ocultando y allí estaba la gaviota. Ave de piedra y ausencia que no parecía reparar en la hora, ni en nada cercano o distante.

Solo un pestañear y –de pronto, para mi sorpresa– sobre el muro, una muchacha blanca, casi translúcida, etérea como un sueño. Para nada vestía como esas de ahora, sino que parecía de otra época, acaso de un tiempo lejano y perdido en el ensueño.

Me sentía tan nervioso e incrédulo que debo haber hecho algún brusco movimiento, pues la joven se volvió a mirarme:

—¿Eres tú? –me preguntó con una voz que me sonaba a canción de olas y marejadas, cual susurro de viento entre los pinos, melodía escondida –por siglos– dentro de un caracol.

—¿Soy yo? –repetí a mi vez todavía dudando de si aquella escena era real.

—Te he esperado mucho tiempo. Por años vine hasta aquí soñando con que ocurriera el milagro. Pero nunca era posible. Cuantos encontré me miraban con indiferencia, enojo, maldad o desdén. Solamente tú te has fijado en mí y supiste respetar mi silencio…

Como cada vez la entendía menos, preferí mantenerme callado. Pero ella parecía llena de un inusitado vigor, de un hondo sentimiento que deseaba comunicarme de inmediato:

—¡Hace tanto tiempo! –dijo entonces como queriendo abarcar siglos de ausencia y pesar–. Ya he perdido hasta la nostalgia de mi recuerdo.

—¿Quién eres? –pregunté al fin, cada vez más interesado y, a la vez sorprendido por su cháchara.

—Solamente soy un recuerdo que se desdibuja hasta de su propia memoria…

Entonces la muchacha abrió unas alas enormes y con ellas me envolvió para llevarme consigo a volar toda la costa, hasta las luces lejanas del puerto del Mariel y más allá.

Era fascinante la perspectiva de aquella costa tan conocida, vista desde arriba y desde lejos. Así anduvimos por espacio de varias horas y, cuando ya clareaba, devolviéndome al muro rompeolas, ella me dijo:

—¡Romper hechizos se paga muy caro!

Al instante no la entendí. Pero luego sí.

Allí quedó sentada en el muro.

Como una sombra.

La huella de algo incierto.

El eco de la palabra que jamás se dijo.

Me volvía a casa cuando sentí que me elevaba por el aire y hacia el cielo de otra playa lejana, quizás el sueño de esta misma playa que desde niño tanto he visitado.

Desde la distancia, me llegó la voz de la misteriosa joven cuando, a modo de despedida, atinó a decirme:

—Adiós, querido alcatraz, que el tiempo te dibuje senderos y el amor de alguien te devuelva a ser quien fuiste…si eso es lo que deseas…

Sin embargo, me sentía tan feliz y tan lejos de todo que, batiendo mis potentes alas, volé  bien lejos, tan lejos y tan libre como nunca antes, tan lejos como el sin regreso, la sinrazón y el hilo de esta historia….

FIN

De Las alas del crepúsculo (2012).

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Enrique Pérez Díaz (La Habana, Cuba, 1958). Cuentista, novelista, periodista, editor, crítico literario, poeta e investigador. Ha ganado diversos premios por sus libros de cuentos y novelas para niños: La Edad de Oro (1993), Pinos Nuevos (1995), Ismaelillo, categoría de finalista del EDEBE (1998) y La Rosa Blanca de la sección de literatura infantil de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC (1993). Entre sus obras destacan ¿Se jubilan las hadas? (1995), Inventarse un amigo (1998), Adiós infancia (2002) y Las hadas cuentan (2002).