VITRINA DE NIMIEDADES | Angustias sin tapabocas

Rosa Pellegrino

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Pedir el retorno de niños y niñas a la escuela, porque les hace falta socializar, mientras otros piensan que es una locura juntar a la muchachera en el colegio; añorar los tiempos de obras teatrales y conciertos a sala llena sin 7+7, mediante o simplemente mirar el tapabocas para preguntarse: ¿hasta cuándo lo llevaremos puesto? Aunque algunas calles parecen decirnos que ya la pandemia pasó, en el fondo queda flotando esa sensación extraña de tiempos inciertos, de contradicciones y de realidades que aún no sabemos cómo digerir.

Llevamos 17 meses con nuestra propia curva de excesos, arrepentimiento y recogimiento: sabemos que la vida quizás no volverá a ser lo de siempre, pero tampoco tenemos claro cómo adaptarnos al nuevo sentido que está tomando. Cuando parece que finalmente nos acostumbramos a ese ritmo de pandemia, siempre aparece algo en el camino: una nueva variante, un aumento de contagios o nuevas medidas para tratar de llevar con más ligereza esto.

En esa línea de expectativas existen puntos sensibles: el retorno a las aulas. El asunto no es volver a ocupar los pupitres, especialmente en un país que vive la coyuntura derivada del bloqueo que enfrentamos. ¿Cuánto cambió la vida de padres y niños en más de un año, especialmente cuando vemos realidades tan dispares? Unos se fijan en los muchachos que salen a las calles a jugar y a correr, mientras otros efectivamente pasaron buena parte de este tiempo en casa, con padres que también adoptaron el hogar como espacio de trabajo.

El problema no es solo pensar en antibacterial, mascarillas y evitar el contacto estrecho. Así como los chicos fueron arrebatados de su dinámica natural, pensar en volver sin más precaución que un espacio limpio y ventilado no es suficiente. El tema no puede zanjarse con tuits en pro y en contra. ¿Cómo nos preparamos para esto?

Si la inquietud por volver a clases genera microdiscusiones en redes sociales, en el mercado o en el autobús, tampoco pierde su tiempo en llamar la atención esa forma en que el bullicio fue retomando espacios sin mediar esquema alguno. Ahora, es más común ver mayores posibilidades para la relajación, más encuentros, más intercambio, más colas… En fin, esa combinación de la vida prepandemia que vimos en los últimos meses con anhelo y peligro, solo frenado por los porcentajes de aforo. Eso que presuntamente llamamos normalidad.

Y esa curva de expectativas e inquietudes no podría dejar de lado el mundo del trabajo: cambió tanto que no sabríamos por dónde empezar. No es solo la apuesta de los emprendedores, miembros de un mundo que parece chévere hasta que empiezan a preguntarse si sus proyectos pueden ser realmente perdurables, sino el cambio en horarios, rutinas y ritmos de trabajo. En más de una oficina ya se comprobó que no hace falta pasar horas para obtener el mismo resultado. Y en otras se reafirmó que la falta de organización jamás comprenderá de momentos ni de límites.

Algún nombre habrá que buscarle a ese carácter desconcertante de los días que corren con el covid-19, donde tanto cortocircuito existencial, tanta filosofía Eudomar Santos, para poder surfear estos días y tanto cambio abrumador han aderezado estos tiempos. Mientras nos seguimos llenando de preguntas, van libres e inmunes nuestras angustias a sus anchas, sin tapabocas.

Rosa Pellegrino