MICROMENTARIOS | Melodías desencadenadas

Armando José Sequera

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Es terrible cuando uno pasa un día o varios cantando, silbando o tarareando la misma canción. Es insoportable para uno y para quienes nos rodean. Por momentos, nuestra mente parece víctima de una invasión melódica mediante clones sonoros.

Al principio, parece agradable recordarla, regodearnos en su melodía y hasta disfrutar nuestra interpretación. Pero luego se torna pesada y lo peor es que uno no halla como deshacerse de su presencia. Por fortuna, pasa como todo en la vida, pero no sin antes perturbarnos durante dos o tres días.

Dicha canción o melodía resuena en nuestro interior como si tuviésemos alguna bocina conectada a un gramófono que se repite sin cesar, tal como ocurría antes en algunas películas, cuando había un crimen y el asesino encendía dicho artefacto a todo volumen para que no se escuchasen los gritos de su víctima. La aguja llegaba al final del disco, se levantaba y vuelta a empezar. Los vecinos advertían a la policía cuando ya estaban hartos de escuchar lo mismo a todo volumen.

Muchas veces, lo que nos atosiga no es ni siquiera una canción completa, sino un estribillo o un fragmento de la misma, que ignoro por qué razón va y viene, retorna con tal insistencia que pareciera haberse adherido a nuestra mente, “más fuerte que la hiedra”, como dice una canción del trío Los Panchos. Para ser honestos, no es que va y viene, sino que no se ha ido ni se va.

Lo peor es que se trata de una pieza musical de nuestro agrado que, al principio, silbamos o tarareamos con gusto pero que, al cabo de una horas o días nos fastidia, como alguien a quien no queremos ver y a cada rato nos lo topamos o nos lo mencionan.

Se dice que lo único que se nos pega de una persona a otra son los bostezos y las malas costumbres, pero también lo hacen los virus y las canciones. Las melodías que silbamos o cantamos en presencia de otras personas, si estas las conocen, terminan siendo repetitivas también para ellas, como si las hubieran recibido por contagio.

La mayoría de las veces dicha inoculación se produce al escuchar la traumática pieza musical en la radio, en las redes sociales o de manera fortuita en una casa vecina, en un medio de transporte público o porque oímos tararearla a alguien que pasa a nuestro lado.

A partir de ese momento empieza el martirio.

Por fortuna, dichas canciones desaparecen de nuestra mente en dos o tres días… A menos que se la hayamos contagiado a alguien de nuestra familia e, igual a una gripe, la canción se recicle y se mantenga viva por más tiempo.

Armando José Sequera