PUNTO Y SEGUIMOS | Números

Mariel Carrillo García

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Dicen algunas estadísticas, que más de la mitad de la población mundial tiene acceso a internet, es decir, unas 4600 millones de personas, y que de este total, unas 4200 millones utilizan redes sociales, cifras que aumentaron significativamente en estos dos últimos años de pandemia. De acuerdo a los estudios (de compañías como Hootsuite, DataReportal; GlobalWebIndex y otras) el mundo ha registrado un vertiginoso aumento en el uso de estas plataformas digitales, que han evolucionado al punto de que el 99% de los poseedores de un teléfono inteligente gastan al menos unas seis horas diarias de su vida en ellas. Por supuesto, hay que observar la distribución de estas estadísticas porque si leemos “población mundial” tendemos a distribuir equitativamente en nuestra mente, cuando lo cierto es que se concentra -como no- en los países de mayor y medio desarrollo.

La mayoría de países de Africa Central, Oriente Medio y las naciones de menores ingresos de Asia prácticamente no cuentan con servicio de internet, mientras que en China, EEUU, Arabia Saudita, el Norte de Europa y América Central el uso de internet y consecuentemente de redes sociales, alcanza lo que se ha denominado “saturación” (1 de cada 3 horas se pasa en internet). Para la mitad del mundo que cada vez se enchufa más a las pantallas y se desconecta del entorno, la vida sin redes sociales es impensable. En países como China, donde utilizan sus propias plataformas como Weibo o WeChat la penetración es tal que la vida cotidiana no puede desarrollarse sin ellas, ya que son necesarias no solo para comunicarse sino también para pagar servicios, comprar comida, etc.

Estos niveles de implicación en la cotidianidad hacen imposible que se califique a los usuarios de redes sociales como “un grupo menor que vive fuera de la realidad”, ya que son definitivamente “medio mundo”. Ciertamente puede discutirse y mucho, acerca de las desventajas de esta omnipresencia de las redes, que, poseídas por pocos, influyen en el comportamiento de miles de millones de personas. Aún en consciencia de que el uso de algoritmos determina la información que cada persona recibe, comparte y maneja , la gente aún están dispuestas a usarlas, porque se alcanzó el punto en que la vida diaria depende de estas redes y aplicaciones -especialmente las bancarias- y el momento en que los más jóvenes ni siquiera conciben la existencia sin ellas, o son parcialmente inútiles a la hora de resolver asuntos mundanos sin la ayuda de un teléfono con conexión a internet.

Mal que bien y como siempre, el capitalismo adoptó la ciencia y la tecnología a su favor, llevando en apenas 20 años a la mitad de la humanidad por un camino que solo vislumbraron los autores de ciencia ficción. Todos, incluyendo a quienes se definen como revolucionarios de cualquier índole y tendencia, están atrapados en el uso de estas tecnologías. ¿Se ha llegado a un lugar de no retorno? ¿El progreso disfrazado de “progreso” es también una forma de dominación? ¿Nos aislaremos aún más de la otra mitad del planeta? ¿Cómo empatizar con aquellos que parecen vivir en otra época, en otra galaxia? ¿Será posible para el antiimperialismo formarse y formar a sus cuadros de tal manera que se pueda “controlar” el fenómeno?

Miles son las preguntas que surgen en este mundo actual y urgentes los retos que nos plantea el cambio que vivimos en cuanto al modo de relacionamiento entre nosotros mismos, con los otros y con lo externo. Adquirir consciencia y además conocimiento (teórico y práctico) acerca de cómo funcionan las tecnologías que nos rodean, cómo son pensadas y por quién; pero sobre todo, identificar los intereses de quienes son los beneficiarios de esta nueva gran oleada y cambio de ciclo de la humanidad.

Ya que las personas mayores aman las cifras, quizá no venga mal revisarlas, para darse cuenta de que, como siempre, los beneficios siempre se concentran en unas pocas manos, y calcular que, si, hay 4200 millones de personas con Facebook, Instagram o WeChat, pero también hay unas 2000 millones que tratan de no morir de hambre (pobreza) y unas 1400 millones (ONU, 2019) que son “multidimensionalmente pobres”; mientras que individuos como Jeff Bezos (Amazon) o Elon Musk (Tesla) integrantes del 1% de personas más ricas del mundo, concentran aproximadamente el 80% de la riqueza global, es decir, que ese 1% gana lo que todos los usuarios de redes del mundo, y ni hablar de la comparación con lo que gana usted, que ya gana algo. Quizá eso le indigne y le evite usar su Face para alegrarse públicamente por el viaje de Bezos al espacio exterior o para defender y alabar millonarios. Que vivir en esta distopía no nos quite la humanidad, ni nos haga olvidar en cuál franja de los números nos encontramos.

Mariel Carrillo García