MICROMENTARIOS | Criticar no es actuar

Armando José Sequera

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En los últimos años se ha vuelto una práctica corriente dar tanta o mayor importancia a la crítica y a quienes critican, que a las acciones y a aquellos que hacen posible que el mundo se mantenga en funcionamiento.

Los medios de comunicación masiva y las redes sociales abundan en tal práctica y sacan réditos económicos e ideológicos de ella. Dada la abundancia de notas de prensa, artículos de opinión y comentarios de los lectores que se suman a tan malsana práctica, resulta obvio pensar que la misma no solo se aplaude sino que se fomenta. El propósito es, obviamente, desanimar la creatividad y la iniciativa de los creadores y constructores.

Una persona publica un libro, diseña un edificio o lleva adelante un plan de carácter social, una campaña o un proyecto, y rara vez esto es noticia. Pero si otra hace una crítica –mientras más agresiva, mejor–, medios y redes se alborotan y le dan cabida, incluso sin exigir pruebas de que cuanto se dice tiene alguna sustentación.

La mayoría de las veces, se trata de textos o acotaciones elaboradas con mala intención, con la única finalidad de hacer daño o perjudicar a alguien. También para defender intereses mezquinos o, como se dice popularmente, para ganar indulgencias con escapularios ajenos. En los últimos tiempos ha surgido otro grupo que critica mercenariamente: les pagan para que expresen su odio, sus carencias, sus cobardías y frustraciones.

En política esto ocurre con gran frecuencia y ha conducido al surgimiento de una generación de políticos y políticas que no han hecho nada por el país o el mundo y cuyos únicos méritos (según ellas y ellos) consisten en mantener una presencia constante en las redes sociales, criticando y atacando cuanto se hace, no importa si es algo positivo o redunda en beneficio de la mayoría.

Hay mujeres y hombres que pasan la mayor parte de sus existencias realizando labores en beneficio de sus conciudadanos, las más de las veces sin esperar retribución alguna ni agradecimientos, y apenas se les conoce en su entorno. Pero un crítico sale a desdecir de sus actividades y, en horas, obtiene una repercusión inaudita. Esta difusión resulta atractiva para quienes desean hacerse célebres, en el menor tiempo posible y sin esfuerzo, a costa de lo que sea, sin importar los medios ni a quienes afecten sus diatribas.

La sociedad ya ve esto como normal, lo cual habla muy mal de ella. Fomentar la mediocridad y la anacción no creo que sea la forma idónea de hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

Armando José Sequera