Tres en 1 | Gabriela Jiménez Ramírez “Hay que desarrollar plataformas digitales propias”

Roberto Malaver

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Ministra del poder popular para la Ciencia y la Tecnología  y licenciada en Biología, dice en su twitter  @Gabrielasjr: ..Nunca te des por vencido…

—¿Por qué será que no conocemos tanto a nuestros científicos como conocemos a nuestros deportistas?

—El conocer más a los deportistas que a los científicos – y menos aún a las científicas– es un fenómeno mundial asociado a lógicas de mercadeo. Pero no hay duda de que toda labor en pro de la propia humanidad, la salud, la educación, el buen vivir debe ser divulgada y dada a conocer. En nuestro país, celebramos las medallas que ha ganado, con talento, saber y dedicación, la generación de oro; pero, de igual manera, hacemos un esfuerzo similar para reconocer toda la maravilla que implica el conocimiento, el quehacer creador de la clase trabajadora que rescata una fábrica, de los campesinos y las campesinas que resguardan y rescatan nuestras semillas y, por supuesto, también de los científicos y las científicas de nuestra tierra que, día a día, ponen su inteligencia al servicio del bienestar común. Esta es una práctica diaria que requiere el apoyo de las personas comunicadoras, no solo para reconocer individualidades, sino para celebrar al ejército memorable de investigadores/as e innovadores/as del país que se comprometen con la generación de saberes y haceres para la vida, a partir de un espacio y un  tiempo particulares.

La vida de una persona científica, a pesar de que nos han hecho creer que va entre invento y hallazgo, no es así. Más bien es una acumulación de conocimientos a lo largo de su trayectoria de investigación. Allí la pregunta que cabe es: ¿por qué no hacer seguimiento a líneas de investigación que puedan ser interesantes para la población? o, ¿por qué no visibilizar temas de investigación aunque los lleven adelante diferentes investigadores/as? El seguimiento mediático, por decirlo de alguna manera, debería ir orientado a cómo se van transformando los cuerpos de conocimientos locales que se construyen en colectivo. Porque no se puede pensar en el bienestar de un país sin pensar en la red de capacidades creadoras de un pueblo.

—¿Nuestros inventores populares también son desconocidos?

—En Venezuela, los innovadores populares han alcanzado una mayor visibilidad, en tiempos de revolución. La Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación no solo ha permitido la visibilización, sino el re-conocimiento de muchos otros cultores del saber que no estaban en el ámbito académico tradicional, entre ellos los innovadores y los tecnólogos populares. Estos hombres y estas mujeres siempre han sido conocidos localmente por sus aportes al abordaje y a la resolución de problemas comunitarios reales, pero han tenido mayor impulso en el proceso revolucionario. Esta fuerza no se limita a la exposición mediática, sino que comprende financiamientos, acompañamientos técnicos, integración de redes, galardones; a diferencia del manejo dado desde la estructura formal de otros Gobiernos del mundo. Tenemos el Premio Nacional a la Inventiva Tecnológica Popular Luis Zambrano, el Congreso de Innovadores Populares. ¡Claro!, esta es una tarea que no termina nunca y que forma parte del proceso de descolonización del poder y de reconocimiento de saberes indígenas, campesinos, comunitarios, autodidactas, algunos distintos a los que la universidad moderna enseña, reproduce e inventa.

—El martes pasado se cayeron las plataformas de WhatsApp, Facebook e Instagram en el mundo, ¿estamos preparados para solucionar eso?

—En el planeta se están incrementando las tensiones, por todos lados. Es decir: la caída de estas plataformas pareciera ser un sabotaje en el marco de la competencia salvaje entre corporaciones. Lo otro es que, como cualquier sistema, estas plataformas no están exentas de errores y vulnerabilidades. Pero lo más preocupante de este “apagón” tecnológico, es la alerta de que estamos en un punto de dependencia muy grande y de vulnerabilidad muy alto, ante unas empresas cuyo único fin es, primeramente, ganar dinero. Además, esas empresas son utilizadas por los servicios de inteligencia del imperio para mantener un cierto control en las poblaciones.

Una respuesta, ante estos escenarios, es usar las redes sociales digitales con una mirada crítica. Por otra parte, debemos avanzar en el uso de tecnologías libres, para transitar el camino de la soberanía no solo en la dimensión técnica, sino en el área de los contenidos. En este camino, emerge la necesidad de desarrollar plataformas digitales propias, pero que respondan a nuestras verdaderas necesidades, como es el caso de la plataforma Patria.

—¿Cómo se ha ido adaptando la ciencia y la tecnología a esta crisis que vive el país?

—La primera pregunta es: ¿cuál es la crisis que vive Venezuela? Hablar de la crisis que vive el país, en singular, haría referencia al bloqueo imperialista o, en el mejor de los casos, al rentismo petrolero. Es mirada reduccionista que invisibiliza que Venezuela existe en un planeta, que vive tres grandes crisis, todas crecientes: el colapso del capitalismo, la crisis ambiental planetaria y una crisis civilizatoria.

Si nosotros creemos que los problemas de Venezuela se solucionan atendiendo solo al bloqueo y al rentismo, estamos muy mal preparados para enfrentar lo que, de verdad, nos viene. Venezuela está en un período, desde el punto de vista de la ciencia y la tecnología, más reflexivo; es decir: estamos viendo cómo nos reinventamos para hacer una actividad científica que no sea a expensas de grandes sumas de dinero, porque la actividad científica, como se ha diseñado desde la posguerra para acá, es una actividad que consume mucho dinero para producir pocos resultados.

La gestión de la ciencia y el sujeto investigador exigen, hoy, una reflexión. Hay que problematizar a partir de qué se pueden generar conocimientos que no sean las condiciones pretéritas. Por otro lado, se genera una reflexión adicional hacia dónde dirigir el esfuerzo científico nacional, porque las principales agendas de investigación científica están ajustadas por las grandes editoriales de la ciencia con sus sociedades del Norte asociadas a ellas, y las corporaciones determinan cuál es la agenda científica de todo el planeta, fundamentalmente de Occidente. Las preguntas serían: ¿Tenemos posibilidades de transformar esas agendas de investigación hacia inminencias nacionales? ¿Cómo se hace más eficiente la investigación, en el sentido de cuántos investigan, qué es lo que quiere investigar el Estado? Porque una cosa es lo que investiga el Estado, como prioridad, y otra cosa es lo que se puede hacer como investigación. El Estado venezolano tiene una responsabilidad con el pueblo bolivariano en investigar las cosas emergentes más inminentes y, en este caso, hacer una evaluación de la eficiencia de estas líneas. Como dice nuestro compañero presidente Nicolás Maduro que la ciencia, la tecnología y la innovación estén al frente del proceso de transformación y bienestar del país. Tenemos el compromiso de priorizar un conjunto de proyectos estratégicos con una metodología que visibilice e integre capacidades colectivas de investigación en temas claves; que dé respuestas tecnológicas y metodológicas para anticipar y sortear escenarios, aún no considerados en la realidad país actual; y que fortalezca capacidades humanas y de infraestructura con suficiente capacidad de impacto y resolución en áreas claves y sensibles. Por ejemplo: agricultura, con énfasis en la salud, la territorialidad, la demografía, los ecosistemas y sus componentes, las vulnerabilidades, “recampesinización” (revaloración de lo rural); o la salud, desde el desmontaje de la cultura de la enfermedad y priorizar las relaciones biopsicosocioespirituales.

—Después de Fernández Morán, y su bisturí de diamante, ¿hemos tenido algún otro científico innovador?

—Lo primero a poner sobre la mesa es que, al hablar de innovación, pareciera haber un fuerte sesgo hacia la invención de lo material y a minimizar las invenciones de procesos (estas, quizá, son las invenciones más importantes en los espacios cotidianos): esas maneras distintas de hacer las cosas que no se traducen en artefactos. Desde un marco de decolonialidad del saber, habría que pensar por qué siempre esperamos artefactos cuando pensamos en innovaciones.

El método venezolano 7 + 7 contra la covid-19, por ejemplo, es una innovación de procesos y de gestión social que ha salvado vidas, a diferencia de muchas otras innovaciones-aparatos que pueden facilitar la vida, pero que no salvan vidas. Entonces, la pregunta sería: ¿cómo valorar qué es una gran innovación?

En Venezuela, ha habido innovadores de procesos, de aproximaciones a la investigación, generadores además de escuelas de pensamiento muy connotados. Un ejemplo es Evelyn Zoppi de Roa, primera planctóloga.

Nos corresponde, entonces, revisar nuestros imaginarios. La innovación es un concepto extraordinario, relacionado con nuestros poderes creadores, que hace nacer no solo productos, sino procesos, métodos de organización, de relación, de comprensión, para el bienestar de los pueblos.

Innovar no es una búsqueda desesperada de descubrimientos, hay que saber para qué descubrimos. Innovar también es recurrir a los conocimientos ancestrales, marginales al sistema–mundo–moderno; dicho de otro modo: innovar también es hacer salir al espacio comunitario esos conocimientos–otros que han sido silenciados e invisibilizados por la colonización occidental, e imbricarlos en nuestros procesos de hoy. Ver ese ejercicio como nuevo es domesticarlo en la modernidad. El concepto de la innovación como “lo novedoso” forma parte de la lógica de la modernidad. Para cambiar estas concepciones, la comunicación que hagamos es clave. Debemos activar prácticas de una comunicación distinta, cuyas narrativas visibilicen los modelos en disputa y las epistemologías con las que nos comprometemos. Una comunicación–otra demanda romper con estereotipos de la comunicación de la estrategia colonial que reproducen discursos que legitiman la dominación, la estigmatización de los pueblos.

En los estudios de percepción pública de la ciencia hechos en Venezuela durante las últimas décadas, en los cuales se preguntó sobre cuáles científicos venezolanos conoce la gente, la respuesta fue recurrente: “Jacinto Convit, Humberto Fernández Morán y José Gregorio Hernández”. Estas respuestas mantienen, en el fondo, el concepto de lo “duro” y lo “blando”, con respecto a la definición de ciencia; así como el velo sistemático sobre la participación de las mujeres en la investigación científica. Un velo presente incluso en esta pregunta que me hacen. Las narrativas institucionalizadas han generado la creencia de que las ciencias naturales, las ciencias exactas valen, pero que las otras ciencias no poseen la misma rigurosidad de las primeras; mucho menos los otros saberes.

La ciencia, como patrón del conocimiento moderno/colonial, es patriarcal y se basa en la guerra del ser humano contra la naturaleza, la haga una mujer o un hombre. La actividad científica se ha presentado, además, como un ejercicio para machos, con estrategias que han servido para imponer el privilegio del varón, blanco, europeo y cristiano en todos los aspectos de la vida y, a su vez, para justificar la dominación de los pueblos colonizados e inferiorizados. La ciencia que desacredita los otros saberes como no saberes, como saberes arcaicos, anecdóticos, atrasados.

Debemos retar la “normalidad” del pensamiento moderno que nos impone un modelo de desarrollo marcado por el capital. Empezar a hacer una comunicación distinta de la ciencia, la tecnología, la innovación y demás conocimientos pasa por establecer categorías y conceptos que nos permitan entender la utilidad de la ciencia en la vida cotidiana, la generación de conocimientos como un bien colectivo de los pueblos.

Como decía el Comandante, innovar es inspirarnos en Simón Rodríguez (“o inventamos o erramos”), dejar de cultivar el pensamiento subordinado al conocimiento colonial, que nos lleva a memorizar respuestas para preguntas concebidas lejos de nuestra realidad y sin compromiso con nuestro futuro. Hay que construir otras respuestas, desde nuestras historias, nuestras experiencias, nuestros desafíos, nuestros saberes, nuestros problemas y nuestros sueños locales. Cada innovación debe tener una aplicación práctica y una mirada a sus implicaciones éticas.

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Retrato Hablado 

“Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día”. Así dijo John Lennon, ese poeta, músico y cantautor que prácticamente puso al mundo juvenil de los años sesenta a sus pies, con sus canciones y su manera de enfrentar la realidad. Junto con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr fundó la banda The Beatles, y desde el primer momento se convirtió en la banda más escuchada en el mundo. Sus canciones, junto con las de Paul McCartney, eran siempre esperadas. Y la beatlemanía se puso de moda en todos los países. De esos cuatro músicos, Lennon era el irreverente. El hombre insatisfecho. Cuando fueron nombrados, en 1965, Caballeros de la Orden del Imperio Británico, Lennon dijo: “Los Beatles son más populares que Jesucristo”. Y aquello generó un gran escándalo. También, cuando la banda se separa, en abril de 1970, Lennon dijo: “El sueño se ha acabado”. Luego siguió siendo rebelde y pacifista y componiendo canciones. Entre ellas Imagine, que fue el gran legado a su enfrentamiento con el sistema. Había nacido el 9 de octubre de 1940, en Liverpool, Reino Unido. Y el 8 de diciembre de 1980, frente al edificio Dakota, en Nueva York, Mark Chapman, un fanático, acabó con su vida.

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El Viernes de Lira