Caracas Ciudad Caribe | La nación y el 12 de octubre

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La conquista y colonización íbera (española y portuguesa) que se inicia a partir del 12 de octubre de 1492, se desarrolla como el proceso de imposición de la legalidad del dominio íbero sobre los pueblos indígenas americanos. Para ello, España necesitó la implantación en América de un estatuto jurídico reflejo de la institucionalidad de la sociedad española y portuguesa. Las condiciones históricas de las sociedades particulares a las cuales se aplicaron determinaron un conjunto de variantes que fueron moldeando ya, desde entonces, ciertas formas de nacionalidades incipientes. El hecho de que en ciertas regiones de nuestra América, los Andes y Mesoamérica, se constituyesen virreinatos a imagen y semejanza de la sociedad española, no fue capricho; la base social autóctona que constituía la carne y la sangre de esas instituciones virreinales, las y los indígenas, ya estaba de sí organizada políticamente antes del siglo XVI en sociedades estatales o cuasi estatales y habían definido un carácter territorial asociado a su vez con una comunidad de origen, carácter, destino y lengua a través de la institución de idiomas oficiales que expresaban la voluntad de las etnias y clases dominantes en esos Estados arcaicos. En los territorios ocupados por comunidades de una formación social tribal, como es el caso de Venezuela, los pueblos originarios de la geo-región occidental, vinculados histórica y culturalmente con las sociedades estatales o de tipo Estado de la región andina suramericana, se integraron en regiones geo-históricas muy definidas, que posteriormente habrían de servir de fundamento a las provincias coloniales y a la estructura geopolítica del Estado nacional. En el oriente de Venezuela los pueblos caribes habían conformado ya, en el siglo XII de la era, una nación cuyo territorio comprendía también el litoral noratlántico de Suramérica y las pequeñas y grandes Antillas, desde Trinidad hasta Cuba.

La Corona española se vio obligada –debido a las características de tal formación social– a crear las condiciones para el desarrollo de formas de integración forzadas, definiendo los límites administrativos-territoriales de las nuevas unidades políticas. De cierta manera las fronteras de esas entidades coloniales que se hallaban fuera del ámbito de las antiguas sociedades estatales o cuasi estatales precoloniales, todavía hoy día responden a las regiones geo-históricas que fueron modeladas por la dinámica de las antiguas sociedades tribales a través de siglos.

La imposición del carácter íbero sobre esta diversidad de formas sociales no produjo, contrariamente a lo que argumentan los historiadores oficiales, una unidad social o cultural en los nuevos territorios. Por el contrario, profundizó sus diferencias regionales y formalizó al interior de cada región las relaciones de dependencia y desigualdad institucional, social, económica y cultural. De esta manera la constitución del orden colonial latinoamericano separó en dos grandes trozos incomunicados a la América portuguesa y América hispana. Esta última, a su vez, fue separada en territorios administrativos que no tenían prácticamente contacto entre sí, sino que dependían directamente del gobierno del Reino de España.

Dentro de esa matriz de desigualdades y separaciones, los procesos de sincretismo social y cultural que se iban desarrollando regionalmente terminaron por crear una etnicidad, un carácter nacional de nacionalidad que determinaba no solo una separación, un distanciamiento entre los procesos identitarios que se estaban dando simultáneamente en las distintas colonias, sino también, como sabemos, de los que estaban modelando a la misma nación española. En este proceso, como explicaremos más adelante, influyó decisivamente el ascenso de la formación social capitalista en Europa y los antagonismos políticos y económicos que trajo consigo el auge de las burguesías nacionales en el Viejo Continente.

De lo discutido anteriormente podríamos establecer que la consolidación de los factores étnicos que constituirán la base de las naciones latinoamericanas, en cuanto proceso, se inició mucho antes del siglo XVI, particularmente entre las sociedades clasistas iniciales de Mesoamérica, los Andes Centrales, del noroeste de Suramérica y de la región del Caribe. Lo que se desarrolla a partir del siglo XVI es la cuestión de la nacionalidad. Como lo ha explicado el antropólogo mexicano Héctor Díaz Polanco “… una nacionalidad constituye una formación clasista que desarrolla una identidad política sobre la base de componentes étnicos y que tiende a definir un proyecto de autodeterminación, precisamente porque se encuentra integrada en un espacio estatal que no acepta como propio; así, pues, su tendencia en cuanto a movimiento nacional es a crear un Estado-Nación distinto (…) donde se impugna la pertenencia a un Estado”. Estas frases explican los procesos independentistas que se producirían en el siglo XIX. Ello nos lleva a considerar el 12 de octubre de 1492 como un proceso dialéctico cuyo desarrollo en el tiempo y espacio fue produciendo los componentes antagónicos al proceso colonial: los Estados nacionales. De la misma manera, los procesos de bloqueo y las sanciones coercitivas ilegales como los impuestos por el gobierno de Estados Unidos a Cuba y Venezuela, van creando nuevas realidades antagónicas que impugnan nuestro sometimiento al poder colonial imperial.

Mario Sanoja Obediente / Iraida Vargas
Cronistas de Caracas