Cuentos para leer en la casa | ¿En el túnel?

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Siempre había estado cerca de ellos; pero no podía decir que los conociera a profundidad. Ese día me decidí a vigilarlos y a estudiar con más detalle todos sus movimientos. Los miraba desde una distancia prudencial. Separado por una especie de telilla acuosa, un cristal blando que recorre todo el espacio y no permite captar la nitidez de los objetos ni de los seres. Las escenas pueden describirse con cierta exactitud, pero los rasgos físicos, los gestos, las actitudes que delatan los signos de un carácter, se deforman inevitablemente, solo llegan al observador algunos valores aproximados tejidos por la duda.

Romper la telilla es más que imposible, lo intenté en varias oportunidades cuando no había comprendido que su extensión omnipresente e impertinente servía al mismo tiempo para resguardarme de ellos y ellos de mí. A pesar de toda la fuerza que utilicé no pude rasgarla, su debilidad es solo una apariencia más que ella deforma en el juego constante de sus luces y sus sombras que se bambolean de un lado a otro como una lámpara abatida por la brisa. La he recorrido toda y no hay la más mínima fisura en ninguno de sus ángulos. Las voces, los ruidos, los sonidos de cualquier tipo, son los que más sufren distorsiones, se escuchan agrandados, metálicos, como golpeando contra paredes cercanas. Entender los mensajes es una tarea difícil, diría que improbable, el único recurso es deducirlos de acuerdo al contexto de las acciones.

Nadie podía sospechar de mi presencia, interno en uno de los recovecos del túnel mis ojos giraban dominando todo el escenario. Siempre les he tenido miedo, es por ello que solo he llegado a los límites que sin saberlo nos hemos colocado, palpo el espacio, paso y me retiro rápidamente. Esa vez, sin embargo, asumí el reto de permanecer más tiempo al lado de ellos, de doblegar mis temores y adentrarme a curiosear en sus meandros de horror.

He aquí lo que observé: no puedo ocultar que son criaturas muy extrañas y que su ambiente natural es la noche. Suelen moverse en lo prohibido creando alrededor de ellos una serie contigua de charcos llenos de sustancias asquerosas, a juzgar por la opacidad y la espesura de sus viscosidades que a veces beben desesperadamente. Gesticulan de manera torpe, no obstante, son precisos cuando atacan, y esta es la característica más despiadada que les diferencia de todos los demás seres infernales que he conocido o de los que he tenido noticia. La convivencia entre ellos se mantiene en una constante tensión: merodean, tantean mirándose unos a otros, esperando que en un momento inesperado cualquiera de ellos se abalance sobre una víctima y le desgarre las tripas, explote su cabeza o desintegre los largos brazos que desde temprana edad comienzan a adiestrar. Sus esqueléticas figuras (¿o debo decir grotescas?) deambulan de un lado a otro del túnel buscando un error, una falla en la comunicación; cuando esto ocurre, los horribles sonidos que emiten sus huesudas fauces espantan al ser más valiente que pueda existir, al más preparado para manejarse con lo desconocido. En la oscuridad sus ojos rojizos parecen miradas felinas que escrutan el fondo intangible de las almas. No tienen colmillos ni le temen al amanecer, pero a veces dejan caer desde sus belfos largos cordoncillos de sangre.

El más grande de ellos domina el espacio, los demás se retiran cuando él entra, pueden erguirse, aunque generalmente caminan casi agachados dadas las características espaciales y, en cierto modo, históricas del túnel, los brazos a veces rozan el piso y tienen vellos (¿o espinas?) desproporcionadamente largos y puntiagudos que recorren toda la extensión de los brazos y las extremidades inferiores. Esa vez pude darme cuenta de que lo que parecen ser débiles facciones físicas, se escamotean bajo las pieles de agresividad de los movimientos, la vigilancia continua y unas prolongaciones afiladas que se extienden repentinamente desde sus manos. La luna no ejerce ninguna influencia maléfica sobre ellos, ella pasa y se descuartiza en el mar superior y estas criaturas no se percatan de absolutamente nada; ni siquiera cuando, bajo ciertas y determinadas reglas, salen al exterior y andan entre nosotros con sus atuendos invisibles, tocando nuestros miedos, registrando nuestras racionalidades y llevando toda la comprensión que ostentamos a los archivos de lo inverosímil.

Esa vez presencié el final de uno de ellos: el más alto penetró en el túnel y miró hacia todas partes, es la costumbre que adquieren debido a la increíble manera que tienen de compartir las emociones y de negociar la tranquilidad del sitio. Todos los ojos flotaban en el espacio y caían en turnos más o menos constantes sobre cada cual, incluso sobre sí mismos. Yo también sentía una presión, una fuerza que me impulsaba a salir y mostrarme; pero eso hubiese complicado todo. Una de las criaturas se levantó en dos patas y vociferó algo con una decisión poco vista ante aquel que, a todas luces, era el jefe del espacio y comandaba las acciones. El más alto se retiró y dio la espalda, andando casi a cuatro patas, el resto se fue arrimando poco a poco hacia la otra criatura que mostraba mucha más carne y densidad ósea y cuya cara estaba rodeada de una melena encrespada y rígida. El más alto se percató de que lo estaban dejando solo y girando sobre sí mismo corrió hacia la otra criatura y la haló por las guedejas lanzándola al piso con brusquedad ilimitada, luego se posó sobre ella hundiendo sus largos o cortos dedos afilados en el cuello, rasgando de adentro hacia afuera, la criatura pataleaba, braceaba el aire queriendo que alguno de los espectadores la ayudara, pero nadie interrumpía la acción, el alto cada vez imprimía más fuerza a sus dedos y enrostraba y escupía espesos oleajes de baba o de sangre. La otra criatura se retorció en el piso emitiendo un alarido desesperadamente espantoso. El horror me hizo sentir que podían verme y hasta tocarme, me daba la impresión de que ninguno de ellos quería admitir allí mi presencia, me pareció que disimulaban y fingían tener toda la atención puesta en los acontecimientos, sin embargo, la cercanía era tan íntima que podía dar por seguro que, así como yo los estaba observando, así mismo podían ellos mirarme a mí. El miedo que sentí fue indescriptible. Los demás se apresuraron a tocarle la herida y gritaban y miraban hacia arriba y volvían a emitir larguísimos gritos húmedos y articulados en forma de melodía plañidera y aberrante. Entonces el otro, el alto, comenzó a temblar de manera incontrolable y dando un grito muy fuerte templó todo su cuerpo hacia arriba y yo pude ver cómo los fluidos de sus órganos internos adquirían una velocidad inverosímil y latían en oleajes de múltiples colores. Bajó la cabeza y un breve silencio cayó sobre él aplastando sus ojos; luego, dando muestra de su temperamento, agarró el cadáver y lo arrastró perdiéndose hacia el sonido lejano de lo que parece ser una corriente de agua. Los demás trataron de impedirlo; él volteaba y, con solo clavar sus ojos en ellos, los inutilizaba.

Desde esa vez he tenido la oportunidad de acercarme con más regularidad a estos seres, llamados entre sí humanos, pero siempre tengo la precaución de palpar el espacio, pasar y retirarme rápidamente al otro lado de la telilla deformadora.

El Autor:

Arnaldo Jiménez (La Guaira, 1963). Poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Educación por la Universidad de Carabobo. Es miembro del equipo de redacción de la revista internacional de poesía y teoría poética Poesía, del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, y de la revista Zona Tórrida, de la misma universidad. Ha publicado numerosos títulos, entre los que podemos mencionar El silencio del agua (2007), Álbum de mar (2014), Salitre (2014) y Resurrecciones (2015) en poesía; Orejada (2012) y El silencio del mar (2012) en narrativa; y La honda superficie de los espejos (2007) y Breve tratado sobre las linternas (2016) en ensayo. Obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y aparecidos clásicos de la llanura (2002), el Premio Nacional de las artes mayores (2005) y dos premios nacionales del libro región centro occidental (2008).