LIBROS LIBRES | Vicente Gerbasi, mago de las imágenes

Gabriel Jiménez Emán

0

De los poetas venezolanos que considero tutelares, se encuentra Vicente Gerbasi. En obra y en personalidad humana, Gerbasi fue y es para muchos de nosotros un maestro, en todo el sentido de la palabra. Es en efecto uno de los poetas centrales de la vanguardia venezolana, aquella nacida a la sombra del legendario grupo “Viernes” (1937) al cual pertenecieron poetas de la talla Ángel Miguel Queremel, Luis Fernando Álvarez y Otto De Sola, quienes publicaron en la célebre revista “Viernes” importantes trabajos sobre literatura y arte, marcando toda una época con sus escritos. Autor de una obra poética cuyos títulos iniciales abrieron un nuevo campo lírico a nuestra poesía como Vigilia del náufrago (1937) y Bosque doliente (1940). La obra de Gerbasi continuó su rumbo ascendente hasta alcanzar las cimas de Mi padre el inmigrante (1945) y Los espacios cálidos (1952), continúa su ruta hacia obras de la magnitud de Olivos de eternidad (1961) y Retumba como un sótano del cielo (1977). Este último lo tengo firmado por él y marcó mi carrera de escritor. En esos años escribí un breve ensayo sobre uno de sus últimos libros Diamante fúnebre (1991) que le gustó mucho. También publicó dos importantes colecciones de ensayos: Creación y símbolo (1942) y La rama del relámpago (1989), ésta última por La casa de Bello cuando yo laboraba allí.

Gerbasi alcanzó el título de clásico viviente; además de sus fascinantes charlas con poetas de todas las generaciones, en su casa junto a su esposa Consuelo, y en las oficinas de la Revista Nacional de Cultura, publicación que dirigió y donde tuve la ocasión de tratarlo, junto a poetas de mi generación como Eli Galindo, Eleazar León y William Osuna, y otros mayores como Baica Dávalos y Francisco Pérez Perdomo. La revista fue en verdad nuestra primera escuela editorial; ahí nos recibía cordialmente en aquella oficina en la urbanización Las Mercedes, donde funcionaban otras dependencias del Conac y nos acompañaban diseñadores de la talla de Alirio Palacios, Ángel Ramos Giugni y Santiago Pol. Allí hacíamos juntas para ir a comer y beber en los cafés cercanos. Allí el poeta Gerbasi nos recibía con su proverbial generosidad, dando cabida en la revista a nuestros trabajos. Era un hombre jovial, humorista, oficiante del buen trago, amigo de los amigos. Su recuerdo humano es como su poesía: “Yo iniciaba la era de los rostros, / todos se reunían bajo la lluvia y los relámpagos / Mi padre me sonreía con su pipa entre los dientes. / Mi madre tenía los ojos tristes como si mirara un bosque lejano. / Mis hermanas tenían criznejas y grandes lazos rojos, / Había un anciano de barba blanca que nos hablaba de los animales. ¿Había oído acaso el nacimiento de la noche en las guitarras? / Yo iniciaba la era de las puertas / había puertas para los hombres y puertas para los caballos, / y puertas para los muertos, / y vi que las hormigas abrían puertas en la tierra, / y que las aves abrían puertas en los árboles, / y que la noche cerraba las puertas de las casas.” (“Nacimiento de la melancolía”, en Los espacios cálidos)

Gabriel Jiménez Emán