Punto de quiebre | Les aplicaron la pena máxima por un simple hurto en una tienda

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Nunca se supo qué fue lo que se robaron. Tampoco se conocieron sus nombres, ni las identidades de sus padres, sus hermanos, si acaso los tenían. Solo se dijo que eran venezolanos, pero no se especificó de qué parte. Alguien dijo que vivían allí en el pueblo de Tibú (Norte de Santander), pero tampoco quedó claro en qué parte del pueblo, ¿en la calle?, ¿en una plaza?, ¿arrimados? No se sabe.

En Tibú quizás los olviden pronto, quizás ya lo hicieron. Allí están acostumbrados a los paseos cotidianos de la muerte, con su manto de impunidad incluido. Numerosas han sido las masacres cometidas que quedan en el limbo. Allí han actuado hasta el cansancio las Autodefensas Gaitanistas y Los Rastrojos. Los narcoparamilitares son los hacedores de todo, incluso de la vida cotidiana. Son ellos quienes deciden quién o quiénes deben vivir y cómo lo harán.

Juicio sumario

Uno de los venezolanitos tenía apenas 12 años y el otro 18. Ninguno tenía cara de muchacho malo, quizás de tremendos sí. Les hicieron un juicio sumario dentro de la tienda, donde los trataron cual si fueran peligrosos criminales. Una vez sometidos y neutralizados, lo que fue muy fácil porque ni siquiera armas llevaban, los sometieron a torturas psicológicas, los exhibieron y expusieron al escarnio público un buen rato. Sus captores hablaban de justicia y de criminalidad y de la ley, como si uno no supiera de qué país estamos hablando.

“Vamos a entregarlos a las autoridades para que ellos se hagan cargo de los individuos (así los llamó el verdugo) estos. Lamentablemente son muchachos muy jovencitos. No queremos verlos mañana por allá tirados en alguna orilla de las carreteras. Bajo nuestras responsabilidades están y se los vamos a entregar a las autoridades”, dijo en un video, caretabla, uno de los líderes verdugos.

Los chicos estaban aterrados. No se pusieron groseros ni violentos y creyeron en la promesa de sus captores de que los entregarían a las autoridades. Estaban en shock; resignados, avergonzados quizás, aterrados de seguro.

Sentenciados

Los dos infortunados no tuvieron un fiscal que solicitara para ellos la pena máxima (les da pena pedir la pena capital en público) por el gravísimo delito de hurtar algunos enseres en una tienda; tampoco hubo un juez que con su cara toda compungida hiciera tronar su martillo de madera contra el escritorio anunciando a cuántos años serían condenados. Sus verdugos, que a estas horas no se sabe si portaban uniforme policial o si eran paracos o del Ejército, o de la guerrilla, ni siquiera los dejaron hablar (hasta los asesinos más perversos de la humanidad siempre tuvieron derecho a unas últimas palabras), no los dejaron llorar, despedirse de sus seres queridos. Los acribillaron y ya, tal y como se había decidido en la tienda, y a cada uno le colocaron un cartoncito en el pecho en el que escribieron sin pulso tembloroso “ladrones”.

Los criminales ni siquiera cuidaron las formas. Somos asesinos y punto, parecieron decir, no tenemos por qué dar explicaciones a nadie y no nos importa si todo el mundo vio que fueron agarrados vivos y que tenían las manos atadas.

Víctimas múltiples

Los dos chiquillos quedaron inertes muy cerquita el uno del otro. Sus últimos segundos en este mundo deben haber sido demoledores. ¿De verdad nos van a matar por esto?, pareció preguntar uno de los muchachos, pero su pregunta nunca llegó a salir. Los pedazos de plomo impusieron su propia ley. En su corta vida fueron víctimas del hambre, de las sanciones, de la crisis en su país, pero también fueron víctimas de la xenofobia que alimentaron en el mundo los líderes de la oposición venezolana y, finalmente, fueron víctimas de la más grande indolencia y todo hace indicar que, una vez muertos, ahora serán víctimas de una grandísima impunidad.

De hecho, la emisora colombiana BluRadio ya se adelantó y anunció: “Las autoridades creen que el doble homicidio fue perpetrado por disidencias de las FARC”, es decir, ya fue decretado que nadie investigará nada.

La tía Felipa estaba indignada. Se preguntó quién habla en el video, ¿es un paraco?, ¿es comerciante? Aparte de criminal, ¿se dedica a alguna otra actividad?, ¿ya está identificado?, ¿ya lo interrogaron?, ¿llegó a entregarles a los chicos a la policía, como había prometido? ¿O acaso él mismo los mató?

Condenas

El presidente Nicolás Maduro se mostró indignado, deploró el crimen abominable de los dos niños venezolanos y anunció que su gobierno denunciará el caso ante la ONU y ante la CIDH.

En ese sentido, la ONU, a través de su cuenta Twitter, condenó el asesinato del niño de 12 años (no hizo alusión al joven de 18) e hizo un llamado a que se respete el derecho a la vida y protección a los niños y niñas, algo un poco tarde, al parecer.

El Gobierno de Venezuela denunció este miércoles ante la ONU, la violencia, discriminación y xenofobia contra sus connacionales en Colombia. La vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, en carta enviada a la Alta Comisionada para los DDHH, Michelle Bachelet, explicó que la violencia contra los connacionales en Colombia es el resultado de una campaña de xenofobia impulsada por las altas autoridades de ese país.

CIUDAD CCS / WILMER POLEO ZERPA