DATE CON LA CIENCIA | A ese cuento le falta un pedazo (II)

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Filósofos de América instan a desmontar las ecuaciones fundantes de la modernidad que impiden ir a la raíz de nuestros problemas

“En el principio era el verbo
y el verbo no era dios
eran las palabras
[…]
En el después será el verbo
y el verbo tampoco será dios
tan solo el grito de varios millones de gargantas
capaces de reír y llorar como hombres nuevos y mujeres nuevas”.
Mario Benedetti, en El verbo

Develar la colonialidad como la cara oscura de la modernidad es una labor lenta pero necesaria. Hay teorías y categorías administradoras de silencio, que nos hacen interpretar la vida desde una perspectiva de realidad invertida. La prueba es que ni siquiera nos damos cuenta de lo que no somos capaces de ver. Lo más grave es que, mientras seguimos razonando de acuerdo con la racionalidad moderna/colonial, reproducimos el mismo tipo de realidad que ella ha producido con su filosofía y su ciencia, sin tener los ojos para ver lo que está contenido en aquello que aparece ante nosotros/as.

El actual esquema de comprensión moderno es responsable del desastre que estamos viviendo. Hay un quiebre de las condiciones de vida en el planeta, como resultado de la cosificación de la naturaleza extrahumana y del ser humano. La modernidad nos ha enseñado a cosificar el mundo y nos ha robado la posibilidad de pensar. El autor del libro El capitalismo en la trama de la vida, Jason W. Moore, tiene una explicación interesante: la reproducción del binarismo jerarquizado (sujeto/objeto, cultura/sociedad, humanidad/naturaleza), impuesto por la modernidad, hoy oscurece el lugar de la humanidad en el tejido de la vida. La aritmética cartesiana aparece especialmente inadecuada para tratar las crisis de hoy —especialmente aquellas vinculadas con los cambios ambientales— y también con los orígenes y el desarrollo de las tendencias de las crisis en general.

Las interpretaciones que se hacen no escapan del manto de la ciencia moderna/colonial, en su rol de concebir a la naturaleza como un objeto, ajeno a nosotros/as, al que podemos usar según se nos antoje, sin ningún respeto. La cosmovisión eurocentrista de estar en guerra con la naturaleza extrahumana se refleja en las palabras que elegimos: recursos naturales, materias primas, servicios ecosistémicos. Aunque la distinción cartesiana entre los sistemas humanos y naturales es artificial, permanecemos en la trampa de vernos como superiores y desconectados.

Frente a esta perspectiva mercantilista y reduccionista de la vida, el investigador Moore propone romper con el dualismo moderno, mediante una noción de la humanidad-en-la-naturaleza. A partir del término oikeios invita a reconocer a la naturaleza (la humana y la extrahumana) como matriz dentro de la cual se gesta lo real: lo relacional. A partir de esta concepción, Moore señala dos premisas fundamentales: 1) la actual crisis ambiental es una consecuencia del pensar a la naturaleza desde el capital. La modernidad capitalista no solo actúa sobre la naturaleza, sino que se desarrolla a través del tejido de la vida. Esta transforma una serie de relaciones y, a su vez, es transformada por ella; 2) la interacción humanidad-naturaleza es una coproducción dialéctica; es decir: la transformación del entorno modifica al ser humano y la modificación del ser humano influye en la naturaleza extrahumana. En esa relación, se construyen las subjetividades.

Oikeios es un concepto que permite hablar de la humanidad-en-la-naturaleza, en lugar de la premisa de la humanidad y la naturaleza. En esta categoría, hay un sentido profundo de la vida, de sus misterios. Desde esta foto, las comunidades son productores/productos. No solamente producen cambios ambientales; ellas también son producidas por múltiples agencias de la biósfera. Los humanos crean y transforman simultáneamente entornos dentro del tejido de la vida (como lo hacen todas las especies), y nuestras relaciones están, por eso, paralelamente siendo creadas y modificadas por el resto de la naturaleza, y con ella misma. Desde esta óptica, el estatus “de la naturaleza” adquiere un cambio radical en nuestro pensamiento: una transición de la naturaleza como recurso a la naturaleza como matriz. En esta elaboración dialéctica, las especies y los ambientes están haciéndose y deshaciéndose entre sí, siempre y al mismo tiempo. Toda la vida hace ambientes y todos los ambientes hacen la vida. Así, el foco ya no sería la vida ‘natural’, sino todos los entornos: los campos y los bosques; pero también la ciudad, las fábricas, los edificios, los aeropuertos. Esto es: todas las formas de ambientes construidos, rurales y urbanos.

Para el investigador estadounidense Jason W. Moore, las comunidades no son del todo tejidos humanos. Más bien, son manojos de relaciones entre agentes humanos y extrahumanos. Estos manojos son formados, estabilizados, e incluso perturbados, en oikeios. Los seres humanos, al también ser naturaleza, se relacionan con la naturaleza extrahumana desde adentro, no desde afuera. La gente que trabaja con la tierra, en el campo, desarrolla una comprensión mística de la realidad, porque vive el misterio contenido en el milagro que se produce cuando siembra y cosecha. En cambio, la conciencia de la ciudad moderna ocupa el espacio de lo sagrado y lo invierte. El hombre o la mujer que llegan a la ciudad esconden a la naturaleza extrahumana como el misterio de la vida y el contenido místico de lo ‘natural’, pero siguen en interconexión con la naturaleza extrahumana, aunque ella haya sido modificada y, a la vez, ella transforme sus intersubjetividades.

La gente-en-la-naturaleza es moldeada en sus maneras de pensar, de hacer, de sentir, desde las lógicas de relación, de producción, de poder. Quizá, si tuviéramos conciencia de ello, andaríamos con mucha más reverencia: nos escucharíamos más y nos entregaríamos al encuentro de lo que somos. Tal vez, podríamos recuperar esa capacidad de mirar(nos), de escuchar(nos), de estar en contacto con una realidad que está aconteciendo todos los días.

En la VI Escuela Descolonial de Caracas, esta semana, la filósofa mexicana Katya Colmenares pintó un ejemplo que puede ser clarificador de lo que Moore llama oikeios. “¿Qué está contenido en una guitarra? —interpelaba Katya, al recordar a su compañero de vida, el filósofo boliviano Juan José Bautista—: en la guitarra, está coagulada la vida de quien la creó. Estaría contenida también la comunidad humana que supone la existencia directa de quien la ha producido; el material espiritual de su vida: sus alegrías, sus tristezas, sus anhelos, [sus luchas, sus saberes, su palabra]; está contenida la materia vital, espiritual, de su tiempo de vida. Pero, también, está contenida la historia cultural, la historia civilizatoria de la humanidad. Está contenida la naturaleza extrahumana: la vida de un árbol, el canto de los pájaros”.

Si la naturaleza importa ontológicamente en nuestra filosofía de la historia, necesitamos la recuperación del horizonte de comprensión de la comunidad de vida, no como opción romántica, sino como un imperativo que nos enfrenta a la necesidad de asumir la responsabilidad por la comunidad de vida, de manera radical. Oikeios es una manera de nombrar esa relación creativa, histórica y dialéctica entre nosotros/as para reinterpretar no solo el modo en el que constituimos la realidad, sino el modo en el que establecemos la vida práctica. Tenemos el reto de desestructurar los principios fundantes de la modernidad que separan a la naturaleza de la humanidad y nos llevan a usarla más allá de sus límites sostenibles. Ya vamos tarde para dar un paso a otras formas de relación.

Descolonizar el saber, el pensar, el sentir significa desmontar la ecuación de la modernidad que está impresa en todos los ámbitos de la vida, y cuya esencia nos ha traído a la crisis espiritual y a la crisis ambiental global que vivimos hoy. Hoy, más que nunca, tenemos la responsabilidad de pensar lo que da que pensar, pensar esas narrativas que invisibilizan la complejidad de lo que nos pasa y reconocer que hay tematizaciones a las cuales obviamente les falta un pedazo, no porque a alguien se le olvida decir una parte; sino porque, desde el principio, necesitan ocultar y negar aquello que nos ha traído a las crisis del presente.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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