RETINA | Minotauro y paraísos fiscales

Freddy Fernández

0

Minos, rey de Creta, contrató al célebre arquitecto Dédalo para que inventara y construyera un laberinto para esconder allí su vergüenza y su culpa.

Quienes conozcan el mito podrían discrepar de esta interpretación. Sabemos que dentro de la intrincada invención habitaba un ser extraordinario, un ser que tenía cuerpo de hombre, pero cabeza de toro, y que devoraba vivos a las doncellas y mancebos que la ciudad le ofrendaba.

El Minotauro o Asterión, el habitante del laberinto, había nacido de una relación de la esposa de Minos, Pasifae, con un toro maravilloso, blanco como la nieve, que había sido creado por el dios del mar, Poseidón.

Narra el mito que mientras el rey Minos estaba ocupado en batallas y en la administración del reino, Pasifae había sido seducida por el toro. La gente de Creta culpaba a la reina, pero el rey sabía que toda la culpa era de él. El toro había sido enviado por Poseidón para favorecerle cuando se enfrentaba a sus hermanos por el trono. Minos pidió al dios que mandara un toro del mar, como señal de que era él quien debería ocupar el trono y se comprometió a sacrificar de inmediato al animal, como ofrenda y símbolo de servidumbre.

El toro apareció y Minos se convirtió en rey, pero cuando pudo apreciar la valía del toro, prefirió ponerlo entre su ganado y sacrificó en el altar a otro toro blanco que tenía.

La reina, inspirada por Poseidón, el dios a quien Minos no había cumplido, sintió una irrefrenable pasión por el toro. Ella pidió a Dédalo que le construyera una vaca de madera que engañara al toro. Producto de esa unión, la reina dio a luz a un monstruo que, poco después, fue un peligro para todos.

Dédalo fue llamado, ahora por el rey, para construir la intrincada cárcel, con pasajes ciegos, para esconder aquella cosa.

En este mito, la falta que origina los problemas no fue de la reina sino del rey. Él no podía culparla. Minos había convertido un asunto público en un negocio personal, había cometido un acto de corrupción. Él se había comprometido a devolver el toro, mediante sacrificio, al dios Poseidón. Retenerlo y hacerlo de su propiedad fue un acto de avaricia. El rey se transformó en un corrupto.

Esta acción transformó a Minos en una figura que hoy conocemos bien, el personaje que se apropia de los beneficios que deberían favorecer a todos. Los estragos provocados por el corrupto o la corrupta, han sido tratados también en la mitología y allí podemos constatar que su psique torturada puede contaminar a toda su sociedad.

El ego corrupto es una maldición para sí mismo y para su mundo, a pesar de aparentar prosperidad. Vive en el temor, desconfía de la ayuda de su entorno y lucha contra agresiones que todavía no han ocurrido. Sus incontrolables impulsos de acumulación le hacen sentir como un gigante que ha ganado su independencia por esfuerzo propio. Es, en esencia, un mensajero del desastre.

Sabemos que el laberinto también lo tenemos hoy. Ahora no es el resultado del diseño de un artista, como Dédalo, ahora es la responsabilidad de criminales grises. En nuestro mundo, las vergüenzas de los corruptos se esconden en intrincadas tramas financieras que, en abierta burla a la humanidad, les llaman “paraísos fiscales”.

Freddy Fernández | @filoyborde