PUNTO Y SEGUIMOS | La moral judeocristiana y el atraso en derechos

Mariel Carrillo García

0

Venezuela, como gran parte de los países del continente, se autodefine como una nación de creyentes. La fe católica, herencia de la conquista española cuenta      -según las estadísticas- con la mayoría de adeptos, seguidos por los cristianos evangélicos. Un porcentaje minoritario se define como ateo o agnóstico y otros grupos -también minoritarios- afirman seguir otras tradiciones (islam, judaísmo, santería). Si bien la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela consagra la libertad de culto y el Estado se considera laico, lo cierto es que en el comportamiento social del venezolano se imponen creencias y valores propios de la fe religiosa; tal y como se evidencia en la discusión por el avance de ciertos derechos, como los reproductivos, donde el país va con bastante atraso, incluso para los estándares de la región.

El modelo de familia occidental, avalado por la fe cristiana, propone una estructura de padre (cabeza y patriarca), madre e hijos, como núcleo central, y la familia ampliada que incluye abuelos, abuelas, tíos, tías y primos. Es este modelo el tomado como referencia “moral” de cómo debe ser “el núcleo de la sociedad”, es el ideal, el permitido, el no sometido a juicio. Sin embargo, la realidad y los estudios demuestran que no es este el tipo de familia mas común en nuestro país. Los sectores populares que conforman la mayor parte de la población están integrados por familias matricentrales, es decir, madre e hijos, con una destacada ausencia del padre o los padres. Es la madre quien sostiene, no solo económica sino emocionalmente, y quien además, repite los patrones de crianza que llevan a que los hijos varones sean también padres desentendidos.

De acuerdo a un trabajo publicado por la Universidad del Zulia en el año 2007, la familia venezolana es matricentral, mas no matriarcal. La posición de poder y privilegio tanto al interno de la familia como en la sociedad, corresponde al varón; es decir, que en nuestro país existe una tremenda desconexión en la que la mujer se encuentra en posición desventajosa aún y cuando es quien ejerce en la práctica el rol principal familiar, al estar este tipo de estructura inmersa en un sistema social patriarcal. En las sociedades matriarcales, las mujeres ostentan posiciones de poder y lo ejercen a conciencia, cosa que no ocurre en la matricentralidad nacional, donde la mujer no está ni empoderada, ni en ventaja, sino todo lo contrario, debe asumir las responsabilidades que el sistema le asigna a los padres, sin el crédito o la asistencia equivalentes.

El estudio profundiza, además, en la debilidad de la pareja monogámica en Venezuela, ya que no suelen ser estables o duraderas, y que tanto hombres como mujeres procrean con diferentes parejas, los hombres creando nuevas familias en las que la madre será el sostén, y las mujeres ampliando sus cargas en la búsqueda emocional de un acompañamiento masculino que en algún modo cumpla con el rol paternal, y que suele trasladarse a los hijos varones mayores o a hermanos y tíos maternos, mismos que son importantes en las familias matricentrales. Así que, básicamente, mientras los venezolanos se asumen como creyentes defensores de la familia ideal, la tradición y la monogamia, lo cierto es que mantienen múltiples parejas a lo largo de la vida, forman varias familias y con suerte se quedarán en alguna de ellas, cumpliendo así con algunos hijos y no con todos. Doble moral, que le llaman.

Adicionalmente, este ideario seguirá siendo repetido y defendido por hombres y mujeres, quienes atrapadas en la contradicción de “yo puedo sola con mis hijos” y “necesito a un hombre que ayude y acompañe” continuarán con el círculo vicioso de criar a hijos varones con un fuerte lazo de dependencia materna y privilegios machistas, y de inculcar en las hijas una creencia tipo “destino manifiesto” en la que la razón de vida más importante, única y válida de una mujer, es la maternidad, sin importar el costo de la misma. Es el ciclo nefasto del abandono, la moral religiosa y el machismo, que cuando se suma a condiciones socioeconómicas deplorables se agrava, porque si bien, de acuerdo al estudio, las familias de clase media y alta suelen ser mas estables en cuanto a presencia paterna, lo cierto es que igual conservan patrones matricéntricos y actitudes poligámicas.

Es en este país de evidente contraste entre lo que se piensa, se dice y se hace en lo referente a los valores familiares, donde tenemos el enorme reto de hacer avanzar los derechos humanos, especialmente de las mujeres, niñas y adolescentes, que son sin lugar a dudas la población más vulnerada. Y es en esta Venezuela conservadora y de juicios de dudosa moral donde debemos luchar para lograr tener -como dice la consigna- educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir.

Mariel Carrillo García