BAJO LA LUPA | La autoproclamada Taiwán

Eduardo Rothe

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La isla de Taiwán, antiguamente “Formosa” (hermosa en portugués), con 35.000 kilómetros cuadrados (del tamaño del Estado Bolívar) y unos 23 millones de habitantes, desde tiempos inmemoriales formó parte de China, de la cual está separada por el Estrecho de Taiwán de 180 kilómetros, la distancia entre Venezuela y Granada, Cuba y Florida. Ocupada por los japoneses durante la II Guerra Mundial, fue liberada en 1945, pero luego fue ocupada por el ejército nacionalista de Chan Kai Tchek, apoyado por Estados Unidos, que acababa de ser derrotado por el Ejército comunista de Mao Tze Tung. Los taiwaneses, que no son propiamente chinos, resintieron los abusos del ejército ocupante y a raíz de un incidente de calle protagonizaron un levantamiento popular pacífico, exigiendo respeto para la población y algunas reformas. La respuesta de Chan Kai Tchek fue la matanza de 30.000 civiles desarmados y el establecimiento de la ley marcial y una feroz represión que duró toda la segunda mitad del Siglo 20.

Taiwán, que entonces apenas tenía 10 millones de habitantes (mientras la China de Mao tenía más de 300) se autoproclamó “República de China” y fue reconocida por las Naciones Unidas, formando parte del Consejo de Seguridad. Esta farsa duró hasta los años 60 cuando la ONU reconoció a la República Popular China, y Taiwán pasó a ser una especie de Guaidó reconocida solamente por dos o tres países.

En los últimos meses Taiwán ocupa la atención de los medios de información porque le sirve a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Japón como un enclave (“portaviones inundible”, la llamó el General MacArthur) para su política de hostigamiento y provocación contra la verdadera China que es, o está a punto de ser, hoy por hoy, la mayor potencia económica del planeta.

La República Popular China, que nunca ha dejado de reclamar y promover el regreso de Taiwán a la madre patria, responde con maniobras militares a las maniobras militares de las potencias occidentales en el Mar de la China, pero hasta ahora no pasa de perros enseñando los dientes sin ninguna voluntad de iniciar una pelea. Es de notar que desde el punto de vista comercial Taiwán depende en gran medida de sus relaciones con Beijing. Más temprano que tarde acabará la farsa taiwanesa, de la misma manera que acabará la farsa de Guaidó, ya que ambos dependen del reconocimiento de Washington. Y lo dejo hasta aquí, porque ya está bueno de autoproclamados.

Eduardo Rothe