Cuentos para leer en la casa | Mentir como Cuoi

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Érase una vez un niño que se llamaba Cuoi. Huérfano tempranamente, creció bajo el cuidado de su tío. Gran mentiroso, Cuoi se complacía en abusar de la credulidad de la gente. En una ocasión, un hombre rico quiso probarlo. Hizo venir a Cuoi y le dijo:

—Oí decir que eres hábil en engañar a la gente. Ahora, estoy aquí. Si haces que salga al patio, recibirás cinco monedas.

Cuoi se rascó las orejas y dijo:

—¡Usted está ya advertido, cómo podría lograrlo! Pero si sale al patio, podré hacerlo entrar en la casa.

El hombre aceptó. Apenas salió al patio, Cuoi batió palmas, exclamando: «Así, cayó en mi trampa”. El rico tuvo que darle la suma prometida.

El tío de Cuoi tenía un orgulloso cerdo. Un día en que se encontraba solo en la casa, Cuoi se lo vendió a bajo precio a un carnicero, conservando la cola del animal. Excavó un pequeño hoyo muy cerca de la pocilga, en el cual clavó la cola. Cuando la tía regresó, adoptó un falso aire de turbación y se extendió en lamentaciones:

—¡Catástrofe! Hemos perdido a nuestro puerco. Ha descendido al infierno.

Condujo a su tía a la pocilga, señaló la cola y añadió:

—Mira, tía. Las patas traseras del animal están ya bajo tierra, pero muestra aún su cola. Sujétala bien y ten cuidado de no tirar de ella, porque se rompería. Voy a excavar la tierra para recuperar el cerdo.

La buena mujer urgió a su sobrino a que lo hiciera. Cuoi se puso a cavar en la tierra, que se desmoronó de modo tal que la cola misma se soltó del agujero, y exclamó:

—¡Se acabó! El puerco ha entrado en el infierno. No hay nada hacer.

Un día Cuoi fue al mercado con su tío, llevando una cesta bajo el brazo. De repente, apresuró el paso, se alejó a una buena distancia y cubrió con su cesta una boñiga de vaca. Cuando el tío se acercó, apresó entre sus manos la cesta volteada y dijo:

—Tío, llegas muy oportunamente. He encerrado una tórtola en esta cesta. Pero si introduzco mi mano, se escapará. Vuelve a la casa y tráeme una red, que pondremos alrededor de la cesta para capturarla. Será un buen plato.

El tío, que amaba la buena cocina, se apresuró a buscar la red, que fue tendida en torno a la cesta. Numerosas personas los rodeaban. Cuando el tío abrió la cesta, en vez de la tórtola se encontraba una boñiga repugnante. Este mal giro del asunto costó caro al chico. Su tío le dio tantos golpes que quedó más muerto que vivo.

En otra ocasión, Cuoi y su tío trabajaban en los campos bajo un fuerte sol. El tío tuvo sed y ordenó a Cuoi que fuera a la casa en busca de agua. Cuando llegó allá, puso cara fúnebre y dijo a su tía con voz apesadumbrada:

—Tía, mi tío ha muerto. Un toro lo corneó y lo destripó.

La noticia trastornó a la buena mujer, que corrió a toda prisa al campo dando alaridos de dolor. Cuoi tomó por un atajo y llegó antes que ella y dijo al tío:

—¡El cielo nos maldice! Mi tía ha caído súbitamente del piso alto sin que nadie se diera cuenta.

Creyendo en sus palabras, el tío se dio puñetazos en el pecho y volvió a toda velocidad a la casa. Absortos en su dolor, el marido y la mujer chocaron en plena carrera y cayeron. Comprendieron que el sobrino les había hecho nuevamente una broma pesada; quisieron desembarazarse de él de una vez por todas y lo encerraron en una jaula de bambú, que el marido llevó al río para hundirla.

Al llegar a la orilla, Cuoi suplicó a su tío:

—Reconozco mi falta y merezco la muerte. Si he podido sobrevivir hasta ahora, ha sido gracias a un manual de engaños que se halla en el estante de la cocina. Ten la bondad, tío, de traérmelo. Lo llevaré al infierno para ganarme la vida.

Esas palabras terminaron por emocionar al tío, quien volvió de buena gana a la casa para buscar el libro, pues, pensó él, el sobrino estaba bien encerrado en la jaula.

En su prisión de bambú, Cuoi vio pasar a un mendigo leproso, y lo interpeló:

—¡Eh!, tú, allá abajo. Yo tuve como tú la cara enrojecida por la lepra. He tenido la suerte de haber sido puesto en esta jaula y sumergido en el agua, donde me he curado completamente. ¿Quieres ensayarlo?

El leproso se apresuró a liberar a Cuoi y le dijo:

—Tengo suerte. Voy a ponerme en tu lugar. Como reconocimiento, te ofrezco algunas monedas que gente caritativa me ha dado.

El leproso entró en la jaula, Cuoi la cerró, tomó el dinero y se fue.

Durante ese tiempo, el tío registró el estante de la cocina. Por supuesto, no encontró el libro de engaños. Irritado, volvió a la orilla del río y, de una patada, envió al fondo del agua la jaula con su carga.

Cuoi no tuvo más deseos de retornar a casa de su tío. Siguió a lo largo de la ribera. Llegado a un puente, se desvistió y entró al agua. Por temor a que le robaran, mantuvo consigo la suma de dinero que el leproso le había dado. Al pasar el puente, un mandarín a caballo le vio agitarse sosteniendo en una mano alguna cosa, que parecían en el agua ser monedas. Hombre ávido, quiso apoderarse de ellas. Se detuvo y alzó la voz:

—¡Eh, chico! ¿Qué haces ahí?

Fingiendo buscar algo, Cuoi le respondió:

—Mi padre me ha dado un lingote de oro, un lingote de plata y muchas monedas que acabo de dejar caer en el río. No he encontrado más que mis monedas. Tengo mucho miedo de que me pegue hasta la muerte.

Dicho esto, se puso a llorar ruidosamente. El mandarín descendió del caballo, se quitó su ropa y dijo:

—Fuera de aquí para que yo tome un baño. Y lárgate con rapidez.

Quería quedarse solo para buscar los preciosos lingotes. Buceó en el agua. En la orilla, Cuoi se puso los vestidos del mandarín.

—¿Qué haces?, preguntó el oficial del rey.

—Tengo frío, me caliento.

—¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu lugar de origen?

—Me llamo Bai Dung*, de la comuna de Ninguna Parte, distrito Sin Destino.

Esperó a que el mandarín desapareciera en el agua para montar en su caballo y partir al galope. En vano, el mandarín buceaba para encontrar lo que buscaba. Cuando volvió a la ribera, no encontró sus vestidos ni su caballo y se puso a maldecir al engañador. Desnudo como un gusano, debió ponerse los harapos dejados por el fugitivo y se lanzó en su persecución. A todos los que encontraba, les preguntaba: «¿Ha visto usted a alguien de nombre Bai Dung pasar por aquí?» Eso hacía reír a la gente. Una mujer lo tomó por un mal galanteador y lo reprendió rudamente. Y con su pobre disfraz debió volver a su residencia.

Vestido con las bellas ropas del mandarín, Cuoi regresó a la casa de sus tíos. Ellos quedaron sorprendidos, sobre todo el marido, que se preguntaba cómo había podido sobrevivir después de una patada que lo había enviado al fondo del río.

Cuoi les explicó sonriente: «En el infierno, he encontrado a todo el mundo: mi padre, mi madre, mis abuelos paternos y maternos. Mis parientes son muy ricos. Como me faltaban ustedes, he regresado para verlos». Y añadió: «Mis abuelos hablan frecuentemente de ustedes y me encargaron que los invitara a descender para visitarlos».

—¿Pero cómo? se apresuraron a preguntar los dos esposos.

Nada difícil. Hagan dos jaulas de bambú parecidas a la hicieron que para mí. Llévenlas a la orilla del río y entren en ellas, yo me ocuparé del resto.

Y así el tío partió al infierno. Viendo las burbujas de aire que se elevaban en la superficie del agua, Cuoi batió palmas y exclamó:

—¡Ah! ¡Ah! ¡Mi tío ha adquirido una gran fortuna! La tía urgió a Cuoi con voz impaciente:

—Pronto, hazme descender.

Así se hizo. Cuoi se convirtió en el heredero de los bienes de su tío y su tía. Pero como era un gran derrochador, dilapidó en poco tiempo toda la herencia. Y un bello día, partió para un largo viaje.

Caminando, Cuoi llegó a una región de bosques poblada de elefantes y se le ocurrió capturar uno. Excavó una fosa tan amplia como profunda, que cubrió de tabiques de bambú trenzado y de un tapiz de hierbas. Tres días después, un elefante cayó en la trampa. Llenó la fosa e hizo un agujero en la parte trasera del animal, y se dijo: «En algunos días, tendré un elefante volador para viajar por el mundo.»

El olor a carne podrida que emanaba del cadáver del elefante atrajo a los pájaros rapaces que, por el agujero mencionado, penetraban en gran número en el cuerpo del animal. En algunos días, cuervos, milanos y buitres vaciaron el cuerpo de todo lo que era comestible. No quedó del animal más que la piel, y entonces Cuoi tapó el agujero. Desenterró al elefante, montó sobre su espalda y golpeó su vientre levemente con un palo. Alarmados, los pájaros batieron alas y emprendieron vuelo, elevando la piel y su carga.

Sentado en la espalda del elefante –entiéndase la piel del animal–, Cuoi sobrevoló montañas y ríos, contemplando con comodidad el magnífico paisaje que se extendía a sus pies. Llegó a una gran ciudad, desbordante de gente y de vehículos, y rica en hermosos edificios. Sintiendo curiosidad y queriendo verla más de cerca, dio algunas palmadas sobre la espalda del elefante. De nuevo alarmados, los pájaros plegaron sus alas. El improvisado vehículo descendió lentamente y aterrizó en el patio del palacio real, donde el monarca concedía una audiencia a sus súbditos.

Cuando vieron a un ser bajado del cielo sobre un elefante, lo tomaron por una divinidad y todos se arrodillaron ante él. El rey en persona lo condujo al palacio y lo invitó a sentarse a su lado.

El poder mágico del elefante maravilló al soberano, que pidió a Cuoi con voz vacilante:

—¿Puede usted hacerme montar en la espalda del animal? Así podré ver bien mi país desde el cielo.

—Absolutamente. Pero, con dos condiciones: primero, tenemos que cambiar nuestros vestidos porque el animal está habituado al olor de mi cuerpo, y, segundo, retira el tapón de su parte trasera cuando estés encima del mar para que él pueda calmar su sed.

Los mandarines intentaron en vano disuadir de su proyecto aventurero al rey, que no dio su brazo a torcer, y fue llevado hacia los aires. Sobre el mar, recordó la recomendación de Cuoi y quitó el tapón, liberando a los pájaros encerrados en el elefante. Como un balón deshinchado, la piel del cuerpo del animal se arrugó y cayó pesadamente al agua, arrastrando con ella al pobre rey crédulo.

Vestido con el manto real, Cuoi el Engañador subió al trono.

*Esas dos palabras vietnamitas, invertidas, significan sostener los testículos.

De: Leyendas y cuentos de Vietnam. Editorial The Gioi, 2007.