MICROMENTARIOS | Una higiénica proposición

Armando José Sequera

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Al paso que vamos, el mundo podría ahogarse en basura. Nuestra sociedad consumista produce cantidades colosales de basura, la mayor parte envases y envoltorios de alimentos, cosméticos y objetos varios del acontecer diario, cuyo volumen desborda el de los basureros urbanos.

Muchos de tales desperdicios terminan en las calles y avenidas e incluso, donde las hay, en las playas.

¿Cómo evitarlo? Lo ideal sería vivir en una sociedad no basada en el consumo frenético de alimentos, golosinas, bienes y servicios, que no adopte actitudes de desprecio y abandono de los objetos que usa como envases. Pero no es una tarea de un día para otro. Mientras tanto, los desperdicios se siguen acumulando sin control, incluso en los más remotos espacios del planeta.

En el Pacífico Norte, las corrientes marinas han formado un gran basurero conocido como la Sopa de Plástico, que ocupa 1.700.000 kilómetros cuadrados, entre Hawaii y California. Tan enorme superficie es casi del tamaño de Rusia, el país de mayor tamaño del mundo.

Luego se han descubierto basureros similares, tanto en el Pacífico Sur, como en el océano Atlántico. Este, entre las islas caribeñas de San Thomas y las Bermudas, y el archipiélago portugués de las Azores.

Los mismos están compuestos principalmente por residuos minúsculos de plásticos, muy difíciles de detectar y erradicar, y en menor cantidad por restos de madera, cartón y muchos otros materiales.

Debido a lo anterior, se nos ocurre hacer la siguiente proposición.

Ocupémonos de no arrojar basura, en primera instancia, en nuestra habitación y en el lugar donde trabajamos o estudiamos. Mantener limpios los sitios donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo contribuye, además, a mejorar nuestra autoestima Y es que, así como nos preocupamos por nuestra higiene personal, es indispensable que nos ocupemos de la higiene del medio donde vivimos, laboramos o cursamos estudios.

En segunda instancia, procuremos no ensuciar el resto de la casa que habitamos, ni el edificio, casa, taller o galpón donde trabajamos. Tampoco los salones de clases, auditorios, ni las áreas comunes del lugar donde estudiamos.

A continuación, extendamos nuestra veda de arrojar desechos al suelo en espacios públicos, esto es, en las calles, el barrio o urbanización, el municipio, el estado o provincia, el país, el continente y el mundo.

Este ejercicio en tres etapas, una vez inserto en nuestra conciencia puede extenderse a propósitos igualmente importantes, como evitar hacerle daño físico, mental o moral a quienes nos rodean; ser solidarios con nuestros parientes, amigos y vecinos; no producir ruidos molestos; cuidar y embellecer el ambiente; tratar de que la felicidad impere en nosotros y quienes nos rodean, entre muchos otros que se nos ocurran.

De este modo y casi sin darnos cuenta, estaremos realizando múltiples actividades individuales y sociales en favor de nuestro ambiente y del planeta en general, que, muy pronto, redundarán en beneficio de todos los habitantes del mundo.

Armando José Sequera