PIEDRA, PAPEL O TIJERA | El homo fotus en FILVEN

William Castillo Bollé

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Hace no mucho tiempo, no tanto al menos como para que mi memoria lo haya echado al olvido, Giovanni Sartori escribió un libro clarificador, donde aseguró que la palabra había sido destronada por la imagen. El homo videns, llamó Sartori a ese ciudadano cuya conciencia ha sido ocupada por la imagen televisiva, ese ser ambiguo, suerte de zombie con control remoto, que abandona la lectura y se entrega al juego sensitivo de los signos audiovisuales.

Sartori aseguraba que el ciudadano que nacía con el nuevo milenio, era ya un video-niño, “novísimo ejemplar del ser humano educado en el tele-ver -delante de un televisor- incluso antes de saber leer y escribir”. De ese simple hecho, el filosofo italiano extrae un conjunto de apocalípticas conclusiones culturales y políticas sobre la sociedad teledirigida, la vida y la democracia bajo el imperio de la imagen.

Lo que Sartori no alcanzó, literalmente a ver, y por eso hoy su lúcida reflexión nos parece un poco apolillada, es que el mundo ya en 1998 no era, o no sería en poco tiempo, aquel que creó la televisión, sino el que se impondría a través de la pantalla de un teléfono móvil. Eso es algo que el propio Bill Gates profetizó en 1995, en su apologético “Camino al futuro”, cuando dijo que en poco tiempo todos estaríamos atados a un dispositivo de comunicación que llevaríamos en la correa del pantalón o en un bolsillo, y que provocó más de un gesto de perplejidad.

Hoy el 92% o más de toda la información que circula por la red Internet es video. Y lo más relevante es que cada persona en el mundo que posee uno de estos endemoniados aparatos, contribuye cada instante de su vida a que la imagen sea cada vez más el lenguaje dominante. Dice el portal AllAccess, que cada minuto se suben más de 500 horas de contenido a YouTube, 695.000 historias compartidas en Instagram y casi 70 millones de mensajes enviados a solo a través de WhatsApp y Messenger. Y todo esto sin contar el otro mundo, el que está de Moscú hacia el este.

Comento esto porque hace días se polemizaba -con la amena frivolidad y fugaz pasión con que el algoritmo de Twitter suele tratar toda conversación social- sobre personas que subían sus fotos o videos, con amigos o viendo estantes, en la Feria del Libro de Venezuela, como si al hacerlo, se cometiese un imperdonable pecado intelectual.

Es como si, siguiendo a Sartori, dijéramos que en cada uno de nosotros y nosotras habita un “foto-niño”, inmaduro e inculto, que no puede resistirse a postear una imagen fija, exhibiendo su mejor sonrisa o simplemente haciendo un ejercicio de pose intelectual. En el fondo, los críticos de la “selfiadera” en FILVEN querían decirnos que quien manda una foto en una feria dedicada a la palabra escrita, en verdad no le interesa leer.

Es como si eso significase un desprecio a la cultura, un reprobable desdén. ¿A quién se le ocurre? ¿A dónde vamos a llegar si seguimos despreciando la palabra? El argumento es tan baladí como decir que quien fotografía el plato que se come, en el fondo no tiene hambre.

Lo curioso es que esto lo decía alguna gente que anda a toda hora posteando imágenes de su receta favorita, lo bien que la pasó en la playa el fin de semana o el chasco que se llevó en su última visita al… en fin. Gente que pone filtro para embellecer su presencia, o cambia su foto de perfil por una caricatura. Lo que pasa es que la cultura es distinta, claman. Es decir, fotos-niños, diciéndoles a foto-niños cuando deben publicar sus fotos.

La imagen, y la percepción de la imagen, es hoy una parte inseparable de la actividad humana. Se impuso y lo aceptamos (incluso veneramos) con las claves del aparato televisivo que creyó descubrir Sartori, antes con la magia irresistible del cine, y ahora con eso que Platón describió como “el confinamiento de las almas en el mundo sensible”. Es decir, mediante la manipulación masiva de la percepción colectiva.

Lo que está detrás de la masificación, del avasallante “uso social” de las redes y sus lenguajes, es una superestructura cultural. Es el poder omnímodo de las corporaciones tecnológicas, poder atroz ante el cual el Gran Hermano palidece de patetismo. Un poder nunca antes conocido, inimaginable, que se sustenta sobre una brutal plataforma de marketing cultural, el implacable diseño conductual que proveen los algoritmos y el imprescindible aporte diario de todos y cada uno de nosotros.

Solo en la plataforma comercial Instagram más de 1.000 millones de usuarios se conectan cada mes y más de 500 millones la utilizan diariamente.  Lo que documentales del sistema como “El dilema social” nos dicen es que este gigantesco, impensable, apocalíptico sistema mundial de control humano, no puede existir sin la voluntaria, entusiasta e inconsciente participación de todas y todos.

Las llamadas redes sociales -que tienen de social sólo su consumo acrítico- no sólo han transformado nuestra percepción del mundo. Al transformar la intimidad en algo público, al liberar la palabra en la plaza pública para que podamos diseñar cómodamente la realidad desde nuestras cuentas-atalaya, al imponer el nuevo estándar de felicidad, inteligencia, belleza, éxito o trascendencia, imponen también nuevas normas y rutinas sociales que el sistema de control de datos refuerza y expande sin cesar. No se puede ya estar en ninguna parte sin publicar una foto o un video. Es un tema existencial: publico, posteo, luego existo.

Las plataformas denominadas redes sociales han transformado la noción de belleza y por eso la fotografía, la técnica fotográfica, incluso el arte que encierra, dominada por normas comerciales y patrones culturales, vienen a “ayudarnos» a superar los defectos de nuestra existencia: las imperfecciones de nuestro cuerpo, la tristeza de nuestras vidas y las miserias de nuestra endeble condición humana. La imagen nos ayuda a crear esa burbuja donde todos somos bellos, buenos (cultos) y felices.

Y preguntará alguien: ¿Nos salva? No. No nos salva, pero nos hace creer que nos salva.

Así que no pasa nada, absolutamente nada si alguien va a una Feria del Libro a tomarse fotos y posturear un poco. Al menos está en una zona de riesgo. Puede que algún libro lo atrape por allí y le mueva el piso.

No lo olvides: niño-foto eres tú también. Niños-foto somos todos y todas.

Adiós, pues, al homo videns, adiós, querido Sartori. Ha llegado el homo fotus

William Castillo Bollé