Perfil | Diego viene… y viene más zurdo

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“Crecí en un barrio privado de Buenos Aires… Privado de agua, privado de luz y privado de teléfono”, dijo alguna vez Diego Armando Maradona para ilustrar, con cruda ironía, sus años infantiles en Villa Fiorito, una barriada pobre (¡pobrísima!) de Buenos Aires.
Esa es una de las tantas frases que lo retratan de cuerpo entero: un personaje que, pese a haber alcanzado alturas reservadas a los superhombres, nunca se olvidó de sus orígenes. Un genio del fútbol que también tenía una mortífera lengua zurda, plena de irreverencia y desparpajo.

Esta semana, el mundo ha completado el primer año sin Maradona y aún la mayoría no se acostumbra a su ausencia. Los admiradores (algunos adoradores, devotos) se mantienen sufriendo por tan portentoso vacío; los adversarios (muchos de ellos odiadores empedernidos) siguen ocupados –en las barras de los bares, en las comidillas televisivas o en las redes sociales–, esgrimiendo argumentos para menoscabar su leyenda; y los comerciantes de la celebridad y el sensacionalismo continúan escarbando en los basureros, en busca de detalles escabrosos e inéditos con los cuales armar un reportaje o una miniserie.

Con Maradona ocurrió un fenómeno exclusivo de pocos seres humanos: la muerte de un mito. Y es que en la mayoría de los casos el carácter mítico sobreviene después de la partida física de la persona. Es cuando se dice que “la muerte lo mitificó”. Pero en el caso de “el Pelusa”, hacía mucho rato que había alcanzado tal categoría, así que la muerte lo que hizo fue poner un punto de corte en esa historia fabulosa y desproporcionada que él protagonizaba y, visto de otra forma, darle una nueva dimensión que aún no se ha calibrado por completo.

Los fanáticos, que se habían convertido en feligreses, lo habían elevado al rango de dios, así que se encuentran a la espera de su retorno. Tienen una convicción similar a la de quienes afirman, basándose en sagradas escrituras y sin abrigar la menor duda, que Cristo viene. En este caso, Diego viene… y viene más zurdo.

Muchos han tratado de explicar ese redimensionamiento del mito maradoniano a lo largo de este año de ausencia. Uno de los más concisos y didácticos en ese empeño fue el caricaturista argentino Pedro Strukelj, quien dibujó una especie de storyboard del llamado “Gol de la mano de dios” con la siguiente secuencia de palabras: “Se le agrandó la cancha”.

Ciertamente, porque desde el 25 de noviembre de 2020, el también llamado “Pibe de oro” está jugando en los campos de la eternidad.
Para los más fieles, Maradona reside ahora en un merecido cielo, rodeado de otros grandes del balompié y otros grandes de la rebeldía, que en eso él también fue un campeón.

El articulista Ignacio Pato, en f, planteó la tesis de que esa personalidad irredenta fue una creación colectiva. “Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Maradona como si fuera un revolucionario”.

A esa visión contribuyó, sin duda, la forma apasionada como Diego se relacionó con grandes insumisos del mundo y, en particular, su vínculo entrañable con los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez, heredado luego por el presidente Nicolás Maduro. Esas amistades reforzaron el amor de densos sectores de todos los pueblos y también desataron la inquina de los status quo, tanto los del fútbol como los de la política.

Para los detractores, la desaparición física del objeto de su repudio trae cierto alivio y, a la vez, mucha frustración. Alivio porque pueden patearlo sin temor a que al día siguiente les conteste con una de las suyas… y frustración por eso mismo, porque ¿de qué sirve meterse con Maradona si no te va a responder Maradona?

Algunos de los que se han aventurado a analizar la personalidad colosal de Maradona han advertido que quienes lo juzgan por sus arrogancias y excesos no han tratado de ponerse en su lugar: el de un niño pobre que, desde que pasó a ser adolescente, empezó a ver gentes de todas las edades y niveles sociales rendirse ante sus hábiles pies.

La escritora Mariana Enríquez lo explicó así: “Diego sabía, en vida, que viviría después de la muerte y eso es demente y es inimaginable e incompatible con lo que entendemos como cotidiano; por eso no puede haber reproches, porque nadie sabe cómo es ser un mito viviente y vivir así. Nadie. Él tampoco”.

Tal vez ahora, si en verdad trascendemos a otros planos y tenemos conciencia de lo vivido en este, Maradona esté reflexionando sobre lo difícil que fue ser mito, semidiós o dios en este escenario efímero de los mortales.

Mientras tanto, el planeta cumple un año sin él, aproximándose ya a otro Mundial, con varios de los actuales ídolos empezando a experimentar los declives de sus carreras y sin que se vislumbre otro que calce sus puntos en inconformidad y sublevación, en su modo inimitable de estar en el mundo.

Uno de los que más cerca le ha llegado en sus logros en la cancha, Cristiano Ronaldo, escribió hace un año en sus redes sociales: “Hoy me despido de un amigo y el mundo se despide de un genio eterno. Uno de los mejores de todos los tiempos. Un mago sin igual. Descansa en paz. Nunca será olvidado”.

Muy distante de Maradona en lo que se refiere a personalidad, Lionel Messi habló de cómo se enteró del fallecimiento y cerró con una reflexión que aún está vigente. “No lo podía creer. Sabíamos que no estaba bien, pero no imaginábamos que iba a pasar lo que pasó ni nadie puede creer que haya muerto, que Diego no esté ya”.
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Los escándalos post mortem

De las personas como Maradona suele decirse: “Genio y figura hasta la sepultura”. Pero se dan casos, como el suyo, en los que la genialidad y el sentido de figura se salen de la tumba.

En el año transcurrido, el famoso número 10 ha dado de qué hablar a la prensa argentina y mundial con los detalles de sus últimos días y el tratamiento médico que recibió. El asunto derivó a tribunales. En mayo fueron imputadas siete personas por presunto “homicidio simple con dolo eventual”, entre ellas el médico personal de Maradona, Leopoldo Luque, su psiquiatra, Agustina Cosachov y el jefe de enfermeros, Mariano Perroni. La acusación se basa en el informe de una junta de investigación que catalogó el tratamiento hospitalario como “inadecuado, deficiente y temerario”.

Otros escándalos post mortem se refieren al uso del astro como marca comercial. El abogado Matías Morla solicitó 147 registros relativos al nombre, apellido, apodos e imágenes, pero el proceso se paralizó debido a querellas presentadas por los familiares.

En los últimos días, los esfuerzos amarillistas por seguir “viviendo de Maradona” llegaron al realismo mágico –o tal vez al ridículo–, cuando se divulgó que fue enterrado sin corazón porque los fanáticos tenían planificado profanar la tumba para apoderarse del órgano que latió en el siempre recalentado pecho de este irrepetible “Barrilete cósmico”.

Clodovaldo Hernández