VITRINA DE NIMIENDADES | Viralización de lo indignante

Rosa Pellegrino

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Las plataformas digitales ayudaron a normalizar términos que, décadas atrás, nos resultaban ajenos y esquivos. En esa lista destaca “viral”, una palabra que antes sonaba a reposo médico y hoy sirve para clasificar la información que se propaga con rapidez y fuerza por las redes sociales. Ni la covid-19 pudo opacar el nuevo sentido de la palabra, que no conoce límites entre lo bueno y lo malo. En un solo vistazo en redes puede conseguirse el video del perro que lame plácido los pies de un bebé, promovido por miles de “me gusta” y, en la siguiente publicación, el ataque a una persona con las prácticas más agresivas, como la violencia de género, con cientos de retuits.

Por alguna razón, este 2021 tiene en su haber unos cuantos casos de figuras públicas que terminaron involucradas en violencia contra las mujeres, y no precisamente “por falta de estudio”, como dicen los abuelos. Con consecuencias diversas, todos estos casos terminan recorriendo el mismo patrón: se hacen virales, despiertan un natural rechazo, alguna reacción desde las instituciones del Estado y, por último caen en el foso del olvido que se promueve en internet.

No nos detendremos acá en situaciones particulares, pero sí en esa dinámica que solo nos señala el problema cuando es tan grande que no puede eludirse ni mirando el lindo cielo de Caracas. Varias circunstancias se unen para darle una dimensión diferente a esta situación, como las políticas propias de las corporaciones que gestionan las más importantes redes sociales que usamos.

Salvo que decida silenciar ese tipo de contenidos, se conseguirá las expresiones lesivas tantas veces como se comparten, colocándonos en una situación paradójica: lo que queremos denunciar termina sobreexpuesto, en muchos casos revictimizando a quien sufre la agresión, o devenido en motivo de chistes, memes o stickers, perdieron el sentido original de la situación que pretende alertarse.

Como si no bastara la omisión de las empresas digitales frente a esos contenidos, se agrega el reto que representa para nosotras hacer visibles nuestras causas, preocupaciones o demandas. Ya no es solo el combate al machismo y sus múltiples expresiones, es también luchar en desventaja frente al marketing digital y al mundo del entretenimiento en redes sociales. Ya me dirán que el asunto se resuelve esforzándose un poco, desarrollando una estrategia adecuada y los contenidos idóneos. Pero no olvidemos que la vida, como si se tratara de un volcán, no sabe de algoritmos para hacer correr la lava de la realidad sobre nuestra piel.

Muchas nos han antecedido en la difícil tarea de leernos a nosotras mismas, repensar nuestra relación con la sociedad y, sobre todo, analizar con sentido crítico toda la simbología que en torno a lo femenino se construye. ¿Cómo denunciar la violencia de género en redes sociales sin que el delito se convierta en apetecible objetivo del consumo irónico o devenga en el chiste de la semana? ¿Cómo avanzar en la construcción de nuevas narrativas sobre la agresión contra la mujer lo suficientemente poderosas para que los gurúes de las redes no nos impongan fórmulas prefabricadas? ¿Cómo ser libres en un mundo profundamente machista? Quisiera tener las respuestas para propagarlas en todos los espacios posible y así salirle al paso a la viralización de lo indignante.

Rosa Pellegrino