MICROMENTARIOS | Cobardes de alquiler

Armando José Sequera

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Los cobardes de alquiler están de moda. Germinan en las redes sociales –o suciales, como muchas personas creemos que deberían llamarse–, convirtiendo a la identidad secreta en algo tan pedestre que perdimos el respeto por los superhéroes de los libros, los cómics, la televisión y el cine de nuestra infancia.

Amparados por la libertad de expresión que ellas y ellos niegan exista, injurian e insultan cuanto desean.

Uno quisiera que tales comentarios fueran propicios para el debate o al menos espontáneos, pero no, lo que segregan se reduce a descalificar tanto a quien escribe como a las ideas y hechos que respalda. Las descalificaciones no se limitan solo a las opiniones, también incluyen a los autores. En ocasiones, van acompañadas con amenazas contra la integridad personal y la de las familias de estos.

Atrincherados tras su anonimato, se creen invulnerables e invencibles, siendo que su condición apocada les hace temblar ante quien los confronte. Su víctima ideal, estoy seguro, es una señora nonagenaria en sillas de ruedas, de espaldas a ellos, atada de pies y manos y con los ojos vendados.

Los nombres que estos individuos usan para ocultarse son de dos tipos: los que aparentan ser de personas decentes y bienintencionadas y los que exteriorizan sus prejuicios.

A algunos de las y los usuarios de esos apelativos ficticios les pagan por entrar en dos o tres medios y desarrollar los lineamientos que les han dado sus empleadores. Estos empleadores son solo intermediarios. Subjefes que responden y se arrastran ante quienes, escondidos a su vez tras los grupos económicos y políticos que pretenden controlar el mundo. Son estos últimos los que generan los contenidos que los subalternos deben arrojar como propios.

Detrás de esta cadena de agresores anónimos hay complejos de todo tipo. Desde el de inferioridad –expuesto como de indudable supremacía–, los de Edipo y Electra, e incluso trastornos psicopáticos y sociópatas.

Supongo que a estas personas no las parió una madre sino una piedra, tal es su rechazo a la belleza, la vida, el amor, la amistad, la solidaridad y cualquiera de los valores positivos de la existencia.

Aunque la denominación no sea, probablemente, la adecuada, los llamo cobardes de alquiler. Podrían considerarse también mercenarios de la cobardía. Ellos, a diferencia de quienes escribimos a nombre abierto, carecen del valor necesario para firmar con sus apelativos verdaderos lo que afirman.

Se escudan, igual que roedores tras las paredes, en una supuesta superioridad moral y el respaldo de una presunta mayoría que solamente existe en sus turbias mentes. Como vociferan mucho y se menean bastante ante los medios de comunicación, hacen creer que abundan.

Los cobardes de alquiler actúan amparados tras la verdadera libertad que tienen en los medios de comunicación de izquierda. En los de “su gente” no tienen cabida porque se sabe y se teme que aquel que se vende para un lado esté dispuesto a venderse algún día para el otro.

Armando José Sequera