LETRA VEGUERA | ¿Los rumores pueden ser televisados?

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He sido en realidad un aprendiz en la disciplina de coleccionar cosas inútiles o meritorias. Sé que es necesario cultivar cierto método y, confieso, no lo he tenido sino relativamente, o durante un corto tiempo, esperanzado en que más tarde que nunca, lo «coleccionado» adquiera por su cuenta conciencia de sí y corra con mejor suerte que yo. Cuando digo cosas » inútiles», esa condición varía, pues muchas veces son las circunstancias que les otorgan un provecho insospechado y generoso.

Sin alcanzar ese estatus vitalicio que gozan los objetos coleccionados, que generalmente adquieren valor de uso y valor de cambio, como les ocurre a las estampillas o monedas antiguas, por citar ejemplos bastante comunes, yo he guardado páginas centrales de diarios del siglo pasado, contratapas de libros añejos y deteriorados, llaveros de puertas recónditas, tijeritas oxidadas, guayaberas y pijamas de mi padre, portavasos y, como muchos, poemas o textos -míos o de amigos- escritos en toda clase de papeles, así como otras reliquias inclasificables que adquirieron vida propia y hacen lo que les parece: se esconden, se van y no regresan, o resurgen cuando menos uno las espera, pero que llegan a nosotros mandadas a hacer (o a ser) por obra y gracia del destino de ellas, de otros, o propio.

De ese vago inventario surgió hace poco una revista ecuatoriana llamada Chasqui, una edición concebida al estudio crítico del periodismo de investigación. Leo en ella a un especialista en el tema, Valerio Fuenzalida, analizando aspectos de la producción de televisión masiva y la necesidad de «moderar» las expectativas generadas en el televidente. «La calidad de la atención varía según los intereses y el quehacer de la audiencia y los géneros televisivos», dice. Pero no pude avanzar en la lectura un párrafo más, pues se me atravesó Globovisión y los programas de Kiko Bautista y Vladimir Villegas.

Ambos profesionales de la información reúnen una característica señalada por Fuenzalida, relacionada con la atención de la audiencia: uno puede escucharlos sin verlos, como es para mí el caso de Kiko, cuya fonética parece un chillido de guacharaca; o verlos para concentrar la atención en lo que dicen, como me sucede con Villegas, que se comporta como si fuera un muñeco que le dan cuerda a control remoto desde un rincón del estudio, para que emita sus insípidos chistes o comentarios.

Debo decir que sin darme cuenta cómo y cuándo desapareció aquella Globovisión del Matacuras, Carla Angola y Roland Carreño, confieso que poco a poco desaprendí mi gusto por la TV. Pero estos meses largos y fatigosos de pandemia, dolarización y cambios bruscos de los signos del universo simbólico que pueblan el ejercicio político, me llevaron a ver a estos caballeros, hijos legítimos de la estructura mediática venezolana y voceros remozados del oposicionismo al modelo político expuesto y desarrollado por Hugo Chávez.

De la mano de ellos, algunos voceros de la MUD y de Alianza Vecinal, más un connotado politólogo barinés y un reconocido poeta e historiador, se convirtieron en una suerte de ventrílocuos de una de las más despreciables matrices que la extrema derecha ha desplegado sobre Hugo Chávez y, en consecuencia, de esta ola de calor que se avalancha contra el sentido común de la gente que aún aguarda un justificado boletín sobre los escrutinios del 21-N en Barinas.

Por más almidonada y glamorosa que luzca hoy la vestimenta de ese canal de televisión venezolana, es casi imposible que sus empleados controlen ese acto reflejo heredado de la genética expuesta el 11-A del 2002 por Pedro Carmona y el señor Azpúrua, que ciertamente, «especulaba» pero daba chamba a muchos estelares comunicadores sociales.

Habría sido preferible continuar con aquella versión del Matacuras saliéndose de la pantalla chica, gritando y vociferando sus muletillas mediáticas.

Federico Ruiz Tirado