EstoyAlmado | Los pozos de agua

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Ahora que está de moda cavar profundos pozos en busca de agua subterránea para surtir a las comunidades del vital líquido, seguramente habrá que educar mucho más a las futuras generaciones sobre cómo sembrar el agua. Confieso que cuando escuché esa frase ratifiqué que era más ignorante que ayer, ¿cómo se puede sembrar el agua?

En un país petrolero lo que más podías escuchar en el liceo (ni siquiera en primaria) era el conocido “sembrar el petróleo” de Uslar Pietri. Allá en Monagas, de donde yo vengo, trabajar en la actividad petrolera lo asociaban a hacerse millonario y escalar en el estatus social. Era el sistema del siglo pasado educándonos para ser militantes activos de la renta petrolera.

Por tanto, comprender en este nuevo siglo que ahora podemos sembrar el agua siempre será una revelación, sobre todo porque de niños/niñas nos educaron para tener una relación de consumo, derroche y alta explotación con el agua. Nos enseñaron a usarla con los mismos estándares del dinero. O para ser más exactos: con las mismas taras del viejo boom petrolero. De ahí la excavación de pozos a diestra y siniestra, primero en las zonas acomodadas en Caracas, y luego extendiéndose a todo el país como una falsa solución, vendida por empresas excavadoras, para paliar la grave escasez de agua.

Básicamente, sembrar el agua es recolectarla, conservarla y usarla para nuestro beneficio. Eso lo estamos haciendo desde hace muchísimo tiempo con la construcción de embalses, represas, canales y sistemas riego. Sin embargo, en esa siembra nos ha faltado cómo recuperarla, lo cual se hace aumentando el potencial del agua subterránea, la misma que ahora es intervenida precisamente con la excavación de pozos.

Alguna vez miembros del proyecto Escuelas de Cuencas me contaron que hay varios métodos para la recuperación del agua subterránea, uno de ellos es el de la reforestación, que es el más asequible para cumplirlo. Una planta sembrada sirve de canal natural para infiltrar las lluvias al subsuelo y preservar los mantos acuíferos ya existentes. Pero no puede ser cualquier planta. Se debe saber cuál exactamente cumple ese objetivo. En promedio –me indicaron- hay como 39 plantas específicas que pueden cumplir esa labor, dependiendo del clima y el área territorial donde sea la siembra.

Entonces, a futuro, parece que lo más conveniente es que por cada pozo perforado se reforeste cerca de las cuencas de ríos, lagos y manantiales. Para la preservación del ecosistema, esa recuperación es imprescindible. Esa siembra del agua es vital. De no ocurrir esa recuperación existe a largo plazo el peligro de sobreexplotar las fuentes naturales de aguas y recalentar la superficie del suelo, afectando los mantos acuíferos subterráneos. Llegado ese punto, un pozo de agua habrá sido una solución pasajera satisfactoria, pero que no resolverá permanentemente el problema de la distribución de agua. Se habrá perdido la inversión entre 20.000 y 30.000 dólares, que en promedio es el precio actual por hacer los pozos.

De momento, Caracas, donde empezó la fiebre de los pozos, se salvó de ser una ciudad con una capa subterránea fracturada en toda su extensión geológica. En varios sitios el agua estaba disponible, pero no se hallaba en buen estado. Un pozo de agua subterránea cerca del hospital Vargas tenía residuos de combustible, igual otro en Altamira. En El Paraíso, según reportes de prensa, se canceló un pozo por contaminación de aguas servidas.

Sorprende que nada de eso impidiera que los pozos figuraran como una de las principales promesas electorales en la pasada campaña del 21-N. Incluso, el municipio Chacao parece el ejemplo a seguir con más de 10 perforados, muchos de ellos con la venia de Hidrocapital.

Es claro que para muchos que no reciben agua en días y meses, los pozos representan el alivio cortoplacista; pero sin sembrar el agua, como dicen los colectivos ecologistas, ni retomar los planes públicos para la distribución regular del agua provenientes de los embalses, el remedio temporal podría ser agravar aún más problema principal. Ojalá no ocurra y estas líneas sean un simple aviso en vano para el olvido.

Manuel Palma