VITRINA DE NIMIENDADES | La encrucijada: aquello que no nos enseñan

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Podría pensarse que es culpa de diciembre, que parece ser el “si no fue, ya no será” del año. También, puede ser este boom del emprendimiento, que saca a flote los talentos ocultos de tanta gente, o cualquier otra razón esquiva. En todo caso, no somos pocos quienes nos estamos preguntando hoy qué hacer con nuestro destino laboral: si insistir en lo que hacemos, sin tener claro cómo, o si nos corresponde cruzar a otra acera, sin saber a cuál.

Quien esto escribe, embargada por esa sensación de cambio y desconcierto, solo puede hablar desde su mirada de periodista. Hace más de veinte años ir a la universidad era la máxima realización a la que muchos jóvenes podían aspirar: se imponían las carreras clásicas junto a Comunicación Social. En torno a esta carrera, además, se vivió un boom que condujo a la multiplicación de las opciones de estudio. De cuatro universidades que ofrecían la carrera en 1998, pasamos en pocos años a más de diez. Saquen la cuenta del futuro que se esperaba.

Hoy, youtubers, tiktokers, influercens y afines parecen sugerir que la formación universitaria en el ámbito comunicacional no es necesaria. No es una discusión nueva, especialmente cuando buenos periodistas –por citar un mero ejemplo- se formaron en otras profesiones antes de llegar a una sala de redacción. Pero existen elementos diferentes: las prácticas comunicacionales que se consideraban profesionales, como fotografiar o producir videos, se están haciendo masivas, con la consecuente impresión de comodidad y sencillez. En dos platos: es muy fácil pensar que para eso no hay que estudiar.

Eso es solo una arista de una realidad más compleja: la reconfiguración de los perfiles profesionales en este lado del mundo. Lo que antes era un redactor, es hoy un copywriter; un editor de textos, el temor de muchos es ahora un copy editor; la construcción de una estructura narrativa se conoce como storytelling, y así se nos van transformando los oficios en una lista de nombres en inglés robados al marketing, como si fueran el escudo perfecto para que labores y conceptos antiguos aguanten el aluvión de las plataformas digitales. Si uno no se avispa, puede parecer un fósil en un museo de ciencias.

Bastante tecnología y cambio han pasado por debajo del puente de las profesiones. No solo el periodismo siente el impacto de tanta transformación, para suerte de quienes comparten la misma pena. Siempre se nos habló del futuro, pero nadie nos dijo que en algún punto el porvenir era en realidad una encrucijada, que aquello que aprendimos en cinco años y reforzamos en quince, tarde o temprano, podría parecer insuficiente. O peor: que podemos tener suficientes herramientas, pero igual nos puede embargar la sensación de no tener más camino para andar, que se llegó “al llegadero” de lo que una profesión nos puede ofrecer.

Casi nadie alerta que estos momentos de duda o extravío, por llamarlos de una forma amable, pueden llegar. Tampoco existen garantías que se volverá a ser el mismo después de semejante viaje. Las vocaciones no solo son certezas, también son cruces de camino.

Rosa Pellegrino