ASÍ DE SENCILLO | Una historia de amor

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Mientras los otros se disponían a recibir la «Navidad, Navidad hoy es Navidad», con todos los coroticos incluidos. Ella se envolvía en una gran masa oscura, pesada y pegajosa.
Era el primero de diciembre de sus veinte años. Aunque se creía intelectual y madura, solo tenía eso, veinte años.
Apenas destetada, caminaba decidida descubriendo teorías de estudiosos antiguos que hoy dictan los preceptos.
Su mirada brillante e inocente lo impregnaba todo de preguntas que al conseguir respuestas, las guardaba como su verdad absoluta. Entonces, definía su conducta, moldeada su actitud, formaba a una mujer.
Un día se encontraron. Él llevaba cuarenta años de existencia y de esos, veinte cruzando mapas. Había conocido diversas culturas, vivido divorcios e hijos. Ya se había pasado a la acera Zen vegetariano, yoga sin alcohol y todo lo que viene adherido a ese lado.
Encerrados, sudaban sexo sin edad, sin dudas, solo ella y él.
Así pasaron los días y unos pocos años.
Él, su amante maestro, a veces su padre, a veces su hijo. Siempre su amor.
«Cuando tenga 60 tú tendrás 40». «Así estés chochito, siempre te amaré».
Promesas de él a ella, promesas de ella a él.
«Mi amor, me duele aquí ¿sabes? Este dolor me ha acompañado por muchos años. Es un dolor suave. Casi latente. Se va y regresa con los años. Es hora de saber porqué está presente»
Fue. No volvió.
Ese día llevaba una camisa azul celeste y un pantalón blanco. Así, ella lo ve en sus sueños todavía, con su última vestimenta, con su última sonrisa y su último beso.
Ese primero de diciembre se le cerró la voz. No dijo nada por mucho tiempo, solo se quedó abrazada a su recuerdo, a las enseñanzas que no comprendía en ese momento.
Ella, cuando tuvo cuarenta, al fin entendió aquel libro que le dio a leer. Al fin comprendió aquello que le dijo con tanta certeza.
Vivió sin él pero con él.
Es uno de los que componen su ser, como cada uno de sus muertos amados.
Han pasado 36 primeros de diciembre. Mientras todos adornan el arbolito, ella, en silencio, enciende una llama en su pecho en homenaje a quien la amó y le enseñó imposibles posibles.
Ella agradece su historia de amor.
Maritza Cabello