HABLEMOS DE ESO | Sugar Daddy

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Reviso la Convención Internacional de Derechos de los Niños y nuestra Ley Orgánica para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, y no dicen nada al respecto. Tampoco la Ley de Juventudes ni ninguna otra. Es una deficiencia legislativa. En Venezuela los años escolares, pero sobre todo los semestres universitarios, aparecen atravesados por el receso navideño, y como ya en enero “estarán a punto de terminar” los períodos de estudio, nunca falta una profesora o un profesor que “manda tareas” para hacer en los últimos días de diciembre, alrededor del 24 y el 31. Justo las fechas que este año congestionaron El Cementerio, el Bulevar de Catia o el de Sabana Grande y dígame La Hoyada; testimoniando un movimiento económico y una desesperación de consumo, que teníamos años que no veíamos, apretados por el bloqueo y la guerra económica que nos ha caído desde la tierra de Santa Claus, que como sabemos, es la misma de la Coca-cola.

Porque esas “tareas navideñas” deberían estar prohibidas, erradicadas como otras prácticas de esas de autoengaño de nuestro sistema universitario. Hace ya noventa y pico de años, José Ortega y Gasset decía que “la Universidad actual es puro y constitucional abuso, porque es una falsedad”, y proseguía: “la norma efectiva consiste hoy en dar por anticipado como irreal lo que la Universidad pretende ser. Se acepta, pues, la falsedad de la propia vida institucional. Se hace de su misma falsificación la esencia de la institución. Esta es la raíz de todos sus males (…) El pecado original radica en eso: no ser auténticamente lo que se es (pretender que se hace lo que no se hace ni se puede hacer, agregamos nosotros). Podemos pretender ser cuanto queramos; pero no es lícito fingir que somos lo que no somos, consentir estafarnos a nosotros mismos, habituarnos a la mentira sustancial”.

Por supuesto, hay quienes se habitúan a asumir esas tareas y otras, no sin un dejo de sufrimiento que se asume como un fin mayor, cuando no es la Universidad lugar para pensar, estudiar, entender, desarrollar la propia voz, sino lugar para aprender a someterse. Y hay quienes resisten y hasta quienes lo superan.

En fin, en medio de esas “tareas navideñas”, le preguntan a mi hijo por los retos de la política exterior venezolana y por los aprendizajes… Hacer una política independiente, parados sobre los propios pies, buscando unidad en la diversidad y el respeto a todos los pueblos, no ha sido una cuestión sencilla. Nos ha puesto en contradicción con el sistema hegemónico, en que la fuerza y el dominio están acostumbrados a prevalecer. Es más fácil sumarse a declaraciones genéricas que asumir y confrontar las consecuencias de mantener la autodeterminación y los principios. También es un reto cultural para nosotros mismos. El coloniaje de tantos años pesa en la constitución de un sentido común que nos pone en minusvalía y sobredimensiona el poder de adversarios, a los que siempre se atribuye la inteligencia y la capacidad. Vicio colonial.

La costumbre de la dependencia hace que andemos buscando un Sugar Daddy. Para los no familiarizados, el término sugar daddy nació a principios del siglo XX en los Estados Unidos, cuando la modelo Alma de Betteville empezó a llamar así a su pareja Adolph B. Spreckels, que era 24 años mayor que ella, debido a que era el director de la fábrica de azúcar de San Francisco. Se refiere entonces a la relación de un hombre mayor y rico con una mujer mucho menor que él. Se trata, como dicen varias páginas de Internet, de una “relación sexual transaccional”, donde “dar y recibir regalos, dinero y otras cosas” es un factor determinante. Parece una prolongación de la idea machista de “conseguir un hombre para que te mantenga”. Pero antes de que piense en sus propios ejemplos de la vida cotidiana, le recuerdo dos imágenes de Estados Unidos: el magnate Charles Foster Kane (inspirado en William Randolph Hearst) de la película El Ciudadano de Orson Wells, quien compra a su joven esposa un teatro para que cumpla sus sueños de cantante; y el señor Donald Trump, cuya fama de playboy estaba sin empaques asociada a su gigantesca billetera y a su consecuente capacidad de complacer deseos con dinero e influencias.

En las series televisivas de detectives aparecen estas relaciones como las de oportunistas que terminan matando al viejo o a la señora mayor para quedarse con su dinero; porque también existe la sugar mommy, donde la mujer es la mayor y rica. En los reportajes que llaman de frivolidades, se representan a las y los jóvenes como avisados aprovechadores. Aunque en ningún caso, los “trucos de imagen” pueden disimular los juegos de poder que subyacen: el culto al dinero y el poder, y su contraparte en el sometimiento y la sonrisa de quienes se venden. Es otra historia de un mismo cuento de la subordinación y sus justificaciones. Uno que conocen bien las oligarquías de las naciones sometidas y al que se suman otros desde su inconsciencia.

Como quedó un poco triste, agrego unas palabras de Eduardo Galeano, a propósito del fin y el inicio de año: “El mundo cambia rápido, a veces tanto que no llegamos a comprenderlo. Pero es una buena oportunidad para ir cambiando junto con los demás. Para juntarnos a pensar, a hacer, sentir, dar, amar. Para rebelarnos contra lo injusto, para ser un poco más libres, para ganar más consideración por los demás, para respetar y ser más inclusivos, más solidarios, para abrir la cabeza y pensar distinto. Mirá cuantas cosas podemos hacer juntos. El mundo está cambiando, sí. No te preguntes si es para mejor o no, No pasa por afuera, vos sos parte y serán los cambios de los que participes”.

Humberto González