MICROMENTARIOS | El síndrome de Stendhal

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Una anécdota de la que me enteré hace poco me hizo recordar el gusto que tienen los niños por la repetición.

La protagonizó Stendhal, el escritor francés autor de dos obras maestras de la literatura del siglo XIX: Rojo y Negro y La cartuja de Parma.

Henry Beyle, que era su verdadero nombre, amaba tanto dos libros que deseaba poder olvidarlos después de leerlos, para al año siguiente internarse de nuevo en sus páginas como cuando lo hizo por primera vez. Esos dos libros eran Las mil noches y una noche –aunque redundante, ese es su verdadero título–, y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

Olvidar para repetir parece una buena estrategia. Solo que la memoria no se borra o inhibe por completo y menos si lo percibido nos agrada.

Stendhal era, por cierto, tan amante del arte en general que su nombre sirve desde 1979 para denominar un trastorno psicosomático. Éste se manifiesta mediante el aumento del ritmo cardiaco, palpitaciones, confusión, vértigo e, incluso, depresión y alucinaciones. Se presenta en hombres y mujeres abrumados por la belleza del arte, bien sea en museos o ciudades arquitectónicamente hermosas.

La psiquiatra italiana Graziella Magherini fue quien denominó a dicho trastorno Síndrome de Stendhal, tras observarlo en más de cien pacientes suyos que habían visitado la hermosa ciudad de Florencia.

Recordó entonces que había leído un pasaje del libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio, de Stendhal, en el que este describía el desasosiego ocasionado por una sobredosis de belleza.

Ocurrió en 1817, cuando el gran escritor visitó la Basílica de la Santa Cruz de Florencia y escribió: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

En una oportunidad, me parece que estuve, por cerca de diez minutos, a merced del síndrome de Stendhal. Fue la primera vez que visité París.

Mientras me llevaban de la estación ferroviaria Gare du Nord –adonde había llegado desde la ciudad natal de Víctor Hugo, Besançon–, a la embajada de Venezuela, donde debía dictar una conferencia, me sentí tan fascinado por la belleza de los lugares por donde pasábamos que, en cierto momento, advertí que llevaba la boca abierta, pues mi nariz había abandonado su función de respirar.

La aparición de la torre Eiffel por encima del techo de un edificio bajo fue el punto álgido de mi admiración. La había visto, desde niño, en múltiples representaciones. Recordé el grabado de la nota sobre la Exposición Universal de París, en 1889, que apareció en La Edad de Oro, la revista para pequeños que redactaba José Martí.

Cuando llegué a la embajada, la impresión por haber visto tantas maravillas arquitectónicas y urbanas había logrado que la sangre fluyera en mi interior como si, en unos pocos minutos, hubiera rejuvenecido treinta o más años.

 

Armando José Sequera