BAJO LA LUPA | Barinas, Barinas

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Eduardo Rothe 

El problema secreto de la Revolución Bolivariana (y de todas las “revoluciones” de los últimos 150 años) es que los intereses de la nación y los intereses del pueblo son diferentes y básicamente antagónicos (la nación son todos pero generalmente la explota una minoría de ricos y poderosos). Y estos intereses únicamente coinciden superficialmente como al derrocar a un tirano (23 de enero 1958) o profundamente  cuando se trata de fundar o refundar una Patria, como ocurrió con Bolívar y Chávez: una revolución para ganar una guerra y una revolución para evitarla. 

Pero el pasado que la revolución corta con su proa se recompone en la estela de la nave del Estado. La restauración de la economía burguesa (¿hay otra?) y de la burocracia ineficiente (¿hay otra?) tiene su programa y estrategia (a veces hasta sin saberlo) en el día a día que lentamente vuelve a ser lo que siempre ha sido… Los “usos y costumbres” son el arma secreta de la lucha de clases. En tales condiciones la batalla de las  ideas es una batalla de desgaste, y el tiempo que al inicio favorecía a la mayoría trabajadora, poco a poco comienza a trabajar para la fauna cadavérica de intermediarios y terratenientes, jueces, burócratas, leguleyos, guardias y policías corruptos que, sobre todo en el interior, depredan las conquistas del pueblo para reapoderarse de las tierras, las industrias, los monopolios, los servicios.

Todo eso pasa porque la revolución es como el fuego: si no se extiende, se apaga. Se trata de hacer la revolución y seguirla haciendo, no de embalsamarla. No se trata de administrar bien, o mejor, lo existente sino de su transformación permanente, dándole a la gente trabajadora el poder de organizar y manejar sus asuntos. La autogestión que dicen. Y así, cuando aparecen las dificultades (la falta de recursos por el bloqueo y la inflación) las mayorías sabrán que han hecho todo lo humanamente posible y no tendrán a quien echarle la culpa por el (mal) manejo de los asuntos.

Los sandinistas, que derrocaron a plomo, sangre y fuego una dictadura y ganaron una guerra impuesta por los gringos, perdieron una elección. Y volvieron al poder porque los otros eran mil veces peores…  Perder una elección en Barinas es hasta vergonzoso, pero lo más grave sería perder la revolución en todos lados. Le pasó a Venezuela con Páez y la caterva de restauradores como el bobo de José Maria Vargas y el infame Antonio Leocadio Guzmán. Le pasó a los bolcheviques después de haber tomado el cielo por asalto.

Le preguntaron a un personaje de Hemingway cómo había quebrado su negocio y dijo “Primero poco a poco y después de golpe…”  Repito, la revolución es como el fuego, si no se extiende se apaga. Primero poco a poco y después de golpe.