Cuentos para leer en la casa | El orden de los saurios

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—Mamá, dile a Joseíto que…

La mujer no se levanta de la cama, casi nunca lo hace. Lleva algún tiempo así, postrada por la enfermedad, un poco ciega y bastante debilitada. Como puede, bosteza maternalmente:

—Cielo, deja a tu hermano.

La ausencia de supervisión ha determinado que los dos hijos (uno de once y otro de trece) vayan criándose azarosamente. Armando, el mayor, el encargado de la única fuente de sustento familiar (una venta de bambinos, refrescos y maltas), es acaso un poco más responsable. Pero el otro sí hace lo que le viene en gana; además, se ampara en la inmunidad de hermano menor para tiranizar a Armando.

—Pero, mamá, Joseíto… míralo.

La mujer no puede mirarlo, ya se durmió (tantas pastillas).

—Está bien, toma tu vaina –el menor transige.

Pero, antes de separarse, le suelta un escupitajo en la cara al mayor. Este llega al límite: un bate, que ya comienza a oxidarse por la inactividad (se retiraron de la escuela de la Polar por la enfermedad de la madre), está allí, al alcance. Armando lo toma y, con el mismo impulso que trae en el giro, le asesta un golpe en la frente al hermano. El instrumento se cimbra; el sonido es extraño, como si hubiera golpeado algo de metal. Con los ojos en blanco y un bulto, de un color que comienza a parecer morado pero que aún no lo es del todo, Joseíto casi lánguidamente cae hacia atrás. Quizás el golpe al dar con el suelo habría bastado, de no haber estado ya muerto.

El silencio que sigue a la escena, durante un lapso inmedible, es interrumpido por el inicio de uno de los ciclos de encendido de la nevera-cava donde se guardan los refrescos. Armando decide, con intuitivo pragmatismo, guardar el cadáver en aquel refrigerador antes de salir huyendo.

El tiempo que le toma colocar las botellas hacia un lado, para abrir espacio, le permite calmarse un poco. Le resulta difícil doblarle las piernas, para que pueda caber completo. No quiere mirar cómo quedó el trabajo; no mira.

La Gorda, una vecina que piadosamente les da de comer desde que enfermó la madre (autoasignándose la misión de controlarlos), está en el patio de su casa, lavando. Es visible desde la calle y viceversa. Armando espera que se vaya al interior de la casa: tiene que evitar sus preguntas.

Sube la cuesta, en lugar de bajar. Se sienta en una piedra que tiene forma de campana achatada, volcada de costado. Piensa que quizá podría dedicarse a recoger latas y perderse entre los vericuetos de la ciudad, que se ve allá abajo, como adormecida en el bochorno de la tarde. En las manos siente aún el extraño cosquilleo del golpe. Sin que nada lo hubiera anunciado, y sin que quiera evitarlo, el llanto fluye.

Recuerda otras ocasiones en que había llorado tanto: cuando la abuela falleció, indecorosamente sentada en el water closet; aquella mañana de un domingo, cuando despertó y descubrió que todos se habían ido a la playa, tal como venían planificando desde hacía días. Regresaron casi de noche, le contaron que no se habían divertido mucho; no les creyó, pero se abstuvo de decirlo.

Oscurece. La huida, así sin medios, es más difícil. Se recrimina por no haberlo pensado en su momento y por haber perdido el tiempo llorando como una niña.

La casa está tan silenciosa como cuando se fue. Gracias a eso la madre oye que abren la puerta.

—Por fin llegaron. ¿Dónde andaban?

Armandito se asoma a la habitación.

—Estábamos jugando beisbol –le dice, con tal aire de inocencia que la mujer sonríe.

Antes de que haya más preguntas, sobre todo la inevitable, suenan golpes en la puerta. Alguien que viene a comprar: se acerca la hora de la cena y aumenta la frecuencia de los clientes.

—Una chinotto –dice una de las Vampi; son cuatro hermanas, de nueve a trece, feas como unas lagartijas.

Él va corriendo a buscar el refresco, sintiéndose atravesado por miradas empalagosas. Abre la nevera y trata de no voltear hacia donde está su hermano; sin embargo lo hace: por un azar morboso el rostro quedó mirando, con sus ojos en blanco, hacia la portezuela que abre Armando. Este la cierra, con más violencia de la necesaria, prometiéndose que cambiará el cuerpo de posición en cuanto sea posible.

La Vampi le soba la mano al darle el dinero y al recibir el cambio. Con todos procede de igual manera, no se sabe de quién está enamorada: de él, de Joseíto o del Chino, colega de apedrear perros y tumbar mangos.

A la Gorda, cuando viene, debe decirle que su mamá está dormida y que a Joseíto le duele la cabeza: como se cree de confianza, abre la nevera y revisa todo cuanto puede. De sus manos recibe, en la puerta, la comida y unas ramas de repugnante olor “que son muy buenas y que las tome antes de acostarse” (como si alguna vez se levantara).

Después de poner la sopa de pichón, también muy buena, al alcance de la madre (en verdad está dormida: duerme unas veinte horas diarias), Armando come, sin dejar de ver el asiento vacío frente al cual está la ración del hermano. Siente que va a llorar otra vez, pero se contiene. Un perro comunitario, que entra en todas las casas de la zona, es el beneficiario del plato sobrante. Mientras contempla al animal, que engulle como si temiera que todo fuera a desaparecer de un momento a otro, piensa en la huida: el dinero que tomó de los refrescos es insuficiente; la noche no es muy recomendable, la policía puede detenerlo y llevarlo a su casa (como hacen con los menores que deambulan hasta tarde).

Salir en la mañana, al colegio, y la estadía allí, no resultan un problema: un día de ausencia (por parte del hermano) no es tan grave. Claro que lo notan raro: no quiere jugar beisbol; ni siquiera lo tienta el hecho de que por fin van a jugar con un bate de verdad y no con el palo que le quitan a la escardilla.

Al regresar, tiene que sortear el peligro de la Gorda, que sí podría extrañarse por la inasistencia de Joseíto. Cuando abre la puerta, la madre dice, invariablemente:

—Llegaron, gracias a Dios.

—Bendición –dice Armando.

—Dios lo acompañe. Y Joseíto, ¿no pide la bendición?

Queda paralizado, con la puerta sin cerrar. La madre insiste:

—Ah, ¿qué le pasa? ¿Es que está bravo conmigo?

El menor es su favorito inconfesado. Como puede, Armando imita tímidamente la voz del hermano y pide la bendición. La madre responde, no sin cierto matiz dubitativo. Luego se autoconvence: ya está creciendo y le cambia la voz.

Después del almuerzo (cualquier cosa: una arepa y un huevo; la bondad de la Gorda se limita a una comida diaria y a su labor de espía), Armando despacha al señor del camión de refrescos diciendo que su mamá está mejor, que su hermanito está por ahí, echando broma, que venga el sábado en la mañana. También tiene que deshacerse del Conejo, el compañero del hermano: le dice que Joseíto está castigado porque se portó mal; pero el Conejo, en su plañidera insistencia, se deja oír por la madre:

—Déjelo que salga –le grita desde la cama.

El Conejo ríe, con sus dientes de roedor. Armando le dice:

—Si no te pierdes ahorita mismo ya no te van a decir el Conejo sino el Hipopótamo.

El Conejo huye, recordando la ocasión en que Armando y el Chino sepultaron bajo un montón de piedras al neurotizante perro de la Evangélica. Luego, fingiendo nuevamente la voz del hermano (ya le sale mejor), grita:

—Bendición, mamá –y cierra la puerta.

Gracias a esa maniobra podrá estar tranquilo el resto de la tarde. Piensa en el cadáver y va hasta la nevera: allí está, ahuyentando su temor de que hubiera desaparecido. Lo contempla, ya sin mucha desazón y hasta con cierta curiosidad. La madre interrumpe su inusual distracción:

—Armandito, póngame a calentar agua.

Hoy es día de baño; eso favorece las cosas: puede aprovechar que ella se levantará de la cama, para rebuscar debajo del colchón y tomar el dinero que esconde allí. “Más que suficiente”, piensa con el paquete que no se molesta en contar.

En la tarde vuelve a fingir la voz del hermano. Pero la madre insiste en echarlo todo a perder:

—Bueno, Joseíto, ¿usted no piensa venir a verme?

—Ya va, que me voy a bañar.

Las frases muy largas le dificultan la imitación. Por eso se inquieta antes de oír la respuesta, que tarde en llegar (ya por suspicacia, ya por molestia, o por ambas):

—Está bien.

Tiene que irse. Ya lo decidió. Mientras se baña, para dar mayor veracidad a la imitación y a la mentira, piensa en los destinos: salvo ocasionales idas a la playa y un viaje a Nirgua, no conoce nada. Piensa en hacerse buscador de oro. Deliberadamente demora el baño, hasta que la madre se duerme.

Casi está contento. Casi con entusiasmo extrae el cuerpo del hermano del refrigerador. Después de un rato, desiste de enderezarlo. Deposita cuidadosamente el cadáver en la cama de la madre. Acaso la sorpresa acabe con los sufrimientos de la mujer: es un acto confusamente piadoso.

Toma su bolso escolar, donde lleva alguna ropa. Cierra por última vez la puerta, sin dar un vistazo al interior (la luz de la cocina está encendida). Al amparo de una pared espera que la Gorda termine de hablar con un viejo al que apodan el Mono (en virtud de su especialidad laboral: subirse a los árboles para podarlos). En el patio de la Gorda hay muchos manteles: ella trabaja para un señor que tiene una agencia de festejos.

Pasa frente a la casa de las Vampi. Sin querer voltea: no se ve a ninguna de ellas, ejerciendo su oficio favorito, que es mirar por la ventana. Sería capaz de despedirse de alguna, de Natasha, por ejemplo, aunque la apoden Eddie Monster.

En un árbol, que marca el inicio del ascenso, está una lagartija. Como si quisiera espantar sus pensamientos de hace rato, le lanza una piedra al animal. Falla el tiro.

El Autor 

Victorino Muñoz

(Valencia, Venezuela, 1972). Docente y escritor. Egresado de la Universidad de Carabobo (UC) en Lengua y Literatura, y magíster en Lectura y Escritura de la misma institución. Ha publicado los libros de relatos Pre-textos (1996), Alba para dos ciegos y otras maniobras (1997), Relatos (2004) y Retablos (2006), así como el conjunto de ensayos Notas y digresiones (2000) y varios cuentos, reseñas y textos de prosa diversa, entre los que se incluyen trabajos de investigación, en numerosas publicaciones periódicas. Ha obtenido los premios del concurso de cuentos Salvador Garmendia, de la Bienal Simón Rodríguez, del Certamen Mayor de las Artes y de la I Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga.