Perfil | María Teresa: la muerte que transfiguró a Bolívar

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Hagamos un ejercicio de ucronía o historia alternativa: si María Teresa no hubiese fallecido apenas ocho meses después de casarse con Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, ellos habrían vivido “felices para siempre” y nadie hablaría hoy del Libertador Bolívar.
La brevísima biografía de esta joven madrileña, integrante del aristocrático clan Rodríguez del Toro y Alaiza, velozmente enamorada y casada con el muchacho tremendo de la familia mantuana caraqueña Bolívar Palacios y Blanco, es una de esas demostraciones de cómo los giros de un destino personal son tantas veces factores clave en la historia de los pueblos.

Las líneas vitales de María Teresa y Simón hicieron intersección en Madrid. Ella vivía allá y estaba consagrada al cuidado de sus hermanos, desde la muerte de su madre. Su padre, Bernardo Rodríguez del Toro, había hecho fortuna en Venezuela y adquirido así el título de marqués.

Simón, por su parte, había ido a parar a España, según algunas versiones, porque acá en Caracas sus atribulados tíos ya no se lo calaban. Era demasiado díscolo ese muchacho que se había quedado huérfano de padre a los dos años y medio, y de madre, a los nueve. Otras versiones indican que los tíos, Esteban y Carlos (en su calidad de tutores), lo llevaron a España para codearse mejor con la alta sociedad ibérica, en vista de que Simoncito era el auténtico heredero de los Bolívar.

En España, Simón estudiaba bastante, pero también hacía de las suyas bajo la protección de Manuel Mallo, un amante de la monarca consorte María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV y madre de Fernando VII (el futuro rey). La reina, según comentaristas de antaño y hogaño, era fea y mala gente: la propia bruja.

Más allá de estos chismes de tipo revista Hola, lo cierto es que andar con Mallo revistió al adolescente Bolívar de un aura de enfant terrible. Y con esa reputación fue que llegó a la casa del marqués de Ustáriz, donde conoció a la modosa e inocente María Teresa. A pesar de que la chica era dos años mayor (había nacido en 1781 y Bolívar, como bien se sabe, en 1783), el futuro prócer le llevaba una gran ventaja por sus andanzas profanas.

Según Indalecio Liévano Aguirre, notable biógrafo de Bolívar, “María Teresa, huérfana de madre, fue cuidadosamente apartada del mundo por los continuos cuidados y escrúpulos de su padre. Las grandes, lujosas, pero oscuras habitaciones reemplazaron para ella el sol y el aire.

Las lecturas piadosas y la música fueron sus únicos ejercicios y diversiones, y el trato con los respetables amigos de don Bernardo, todas sus amistades sociales. Su figura distinguida, pero de una palidez enfermiza, inspiraba una honda de ternura, y sus ojos negros, profundos y tristes hablaban de esa alma soñadora que en su vida silenciosa y sin emociones, tejía con los hilos delicados de sus anhelos y de sus ignorancias, sueños interminables de ilusión”.

Para este historiador colombiano, María Teresa era como todos los seres que han dejado transcurrir su existencia en aislamiento: tenía de la vida un concepto maravilloso e ideal. “El mundo, el amor, las fiestas le parecían un paraíso donde todo era noble, puro y feliz. Su alma estaba preparada para entregarse totalmente a quien, con el prestigio de ese mundo desconocido y fantástico, le hablara de sus ensueños en los que bullían idealizados los anhelos de una naturaleza femenina largamente silenciada. Y así llegó Bolívar hasta ella. Sus aventuras en la corte y su fama de mundano y galante se habían comentado, aunque muy discretamente, tanto en la casa del marqués de Ustáriz como en la de don Bernardo. El joven no le era del todo desconocido y, tal vez, allá en la intimidad de sus pensamientos, le había admirado y se había anticipado a imaginar el encanto de tenerlo a su lado”.

Por estas razones, según Liévano Aguirre, Bolívar no tuvo ninguna dificultad para conquistar a María Teresa y comenzó a lograrlo desde los primeros encuentros en el recibo de la casa, mientras el marqués y sus invitados discutían sobre política o jugaban ajedrez.

Al parecer, luego de un mutuo flechazo, el muy joven Bolívar comenzó a proponerle matrimonio. Esto le pareció demasiado apresurado al padre de María Teresa, quien optó por inventarse un viaje a La Coruña. Pensó que con la separación “enfriaría” un poco al pretendiente.
Sin embargo, Bolívar mostró en su afán de casarse el mismo empeño que luego tendría para liberar pueblos. Se mantuvo firme en su posición y logró el consentimiento de don Bernardo. El 26 de mayo de 1802 se realizó la ceremonia en la parroquia de San Sebastián.

Partieron para el puerto de La Coruña, donde Bolívar había comprado pasajes en un barco llamado San Idelfonso, en el que se había dispuesto un camarote lleno de flores.

Ya en Venezuela, pasaron apenas unos días en Caracas antes de dirigirse a la hacienda de los Bolívar, en San Mateo, Aragua. María Teresa quiso encargarse de los arreglos de la casona y participar también en la administración de las actividades agrícolas, pero bien pronto comenzó a presentar una fiebre persistente y una gran debilidad. “La vida de la enferma empezó a extinguirse rápidamente, a la manera de esas llamas que liberan los últimos combustibles que las alimentan. Fiebres perniciosas, llegaron los médicos a calificar la enfermedad de María Teresa. Falta de energía en ese organismo débil y sensitivo para resistir las inclemencias del trópico americano y los ardores de su amor, podría agregarse”, narra de nuevo Liévano Aguirre.

El 22 de enero de 1803 finalizó su agonía y, según los testigos, Bolívar sufrió de una manera tan intensa como había sido su amor y como sería luego su pasión por la política y la guerra.
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La Precursora del Libertador

Huérfano de niño y viudo antes de cumplir los 20, Bolívar enfocó todas sus notables energías hacia esferas distintas a la búsqueda de la felicidad individual. No quiso volver a intentar la vía del matrimonio, aunque tuvo grandes amores y muchas relaciones casuales.

Cuando se miran esos nexos con mujeres en perspectiva histórica, la mayoría afirma que el amor de su vida fue Manuelita Sáenz, la ecuatoriana con la que compartió una parte del glorioso tiempo en el que ya era el gran Bolívar. Frente a la impactante personalidad de “la Libertadora del Libertador”, la figura de María Teresa del Toro y Alaiza luce casi anecdótica.

Pero el peso que tuvo la esposa fallecida en las decisiones tomadas por Bolívar le otorga también a ella un papel trascendental. Si Manuelita fue la Libertadora, podría decirse que María Teresa, con su breve burbuja de dicha conyugal truncada por la tragedia, fue la Precursora del Libertador.

El propio Bolívar intentó explicarlo, mucho tiempo después, en confidencias dadas a uno de sus secretarios, el general Luis Perú de la Croix: “Si no hubiera enviudado, quizá mi vida habría sido otra cosa. No sería el general Bolívar o el Libertador, aunque convengo que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo. La muerte de mi mujer me puso muy temprano sobre el camino de la política, me hizo seguir después el carro de Marte, en lugar del arado de Ceres”.

Clodovaldo Hernández