VITRINA DE NIMIEDADES | La vida a medio rostro

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Rosa E. Pellegrino

Protege las vías respiratorias a costa de una relación incómoda con nuestras orejas. En casi dos años, nada ha cambiado con esa prenda, salvo que ahora muchos preferimos llevarla doble: es mejor que sobre tela, por aquello de sentirnos seguros. Cada vez que toca ponérsela, hay dos preguntas que suelen asaltarnos: hasta cuándo usaremos tapabocas y cómo será nuestra vida cuando dejemos de cargarlo. Aunque lo odiemos, de algún modo nos acostumbramos y lidiamos con su abrupta manera de afectar nuestra imagen colectiva e individual.

En esta pandemia aprendimos a ver las caras de otra forma. Nos enfrentamos a una expresividad a media marcha: quedó recontraconfirmado aquel lugar común que define a los ojos como el espejo del alma. Se sonríe, se demuestra sorpresa y se deja explotar el enojo solo con la mirada. Pero, en ciertas ocasiones, hace falta ver el rostro completo para poder intuir cómo se siente el otro. Debajo de una mascarilla puede quedar oculta la mitad de una estruendosa euforia o un irrefrenable dolor. En cambio, si sufre tratando de ocultar sus gestos de hastío o de desdén, ha encontrado en las mascarillas grandes aliados.

Cuando echamos en falta la expresividad, abrimos las puertas a la creatividad. Basta un día en la calle para ver todas las posibilidades que se abrieron con la pandemia: colores, figuras, bordados y encajes se unen para darle un toque divertido a ese trozo de tela que se hizo parte de nuestra nueva normalidad, este tiempo disruptivo que juega con nuestra expectativa y nuestro concepto de futuro.

A la forma, sin embargo, se suma la (in)comodidad. Algunos lo resuelven creyendo en su buena estrella: nariz afuera, papadas cubiertas, tapabocas abajo para responder en cualquier taquilla o dar una carrera. También están aquellos que desdeñan los códigos de bioseguridad, al ir cara libre por la calle, retándose a eso de “vivir con el virus” porque, total, alguien dijo por ahí que esto nos dará a todos. Otros, en cambio, prefieren cubrirse tanto como puedan, a costa incluso de su molestia, con la aspiración de llegar ilesos o lo menos golpeados posible al fin de todo esto.

Quizás, nuestras angustias no solo se reducen a sentirnos sanos. Ha cambiado por completo la relación con nuestro cuerpo, se modificaron los códigos que construimos en torno a éste para identificarnos. Así como nos costó distinguir al otro con tapabocas, mañana será complejo reencontrarnos con la cara de quien tenemos al lado. Será recorrer una compleja geografía donde la emoción humana nos abrumará mientras nos acostumbramos a ella de nuevo.

Algún día, si omicron no decide torcernos aún más el destino, todo esto pasará. ¿Cómo será volver a reencontrarnos con nuestra gestualidad libre? ¿Qué hará aquel que ama murmurar cuando algo le agobia? ¿Cómo sobrevivir ante un rostro desnudo y libre de nuevo para expresar todo lo que le provoque? ¿Existirá el pudor de la mirada o el decoro en la sonrisa? ¿Cómo aplacar los gestos en una molesta reunión de trabajo? ¿Qué provocará volver a ver la expresión enamorada sin obstáculos? Mientras lo sabemos, seguimos la vida a medio rostro.