LETRA VEGUERA | El revocatorio en el centro del ombligo

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Federico Ruiz Tirado

¿Perderá los papeles la oposición frente al revocatorio? No me refiero a los que de algún modo siguen siendo y serán eternamente fiduciarios o metálicos, valores monetarios,  encriptados, piezas con valor de uso y de cambio (de cuyos orígenes y destinos saben muy bien Juan Guaidó y Leopoldo López), sino a los papeles en el sentido de los roles, de las posiciones que habría de jugar de un modo más o menos sustentable en el juego democrático, siendo lo que es: oposición histórica desde el encontronazo con Cristóbal Colón, pasando por  el Guzmancismo y el «liberalismo amarillo», las sublevaciones de 1846 con Zamora, la «guerra de los araguatos», el «paecismo», el Pacto de Punto Fijo, la lucha armada, El Caracazo, el enjuiciamiento a CAP, el advenimiento al poder político de Hugo Chávez, las Leyes Habilitantes, el Carmonazo, la llamada «guerra de los puentes», los intentos de zarpazos contra Nicolás Maduro y, no faltaba más, su papel en el tablero de la guerra asimétrica como dispositivos de cuerda o a control remoto contra Venezuela, que es el blanco predilecto de los laboratorios imperiales del Estado profundo y parte de Europa.

Esa oposición que hoy parece hecha de retazos y refrenda su zigzagueante historicidad, tiene voceros que públicamente ni se ruborizan por sus dislates, ni tienen empachos orgánicos a la hora de entrar por uno u otro aro, o de salir, siempre y cuando simulen estar al margen pero adentro, o al revés, de la institucionalidad establecida.

Casos típicos son, por ejemplo, Nicmer Evans, tan estatuario como el museístico Reinaldo Quijada, otrora patrón de aquella cofradía llamada «Clase Media en Positivo».

Por eso sus talones de Aquiles se les salen de las alpargatas. Es notoria su caricaturesca diversidad ideológica y la de sus líderes y sectores con o sin poderes económicos, incluso, diametralmente opuestos. Los  une, sí, el antichavismo, comprendido éste como una enfermedad mental, psiquiátrica, y no como expresión ideológica o proyecto de país.

Desde que Chávez apareció en la escena, la realidad es que la oposición se ha comportado como una entidad muy peligrosa. Sin darse tregua ella misma, no son pocas las veces que su somatización oscila entre lo cómico y lo trágico, entre la morisqueta circense o el tenor sacrosanto de su discurso.

Cualquiera sea su estado de ánimo, este nunca oculta el odio y la visceralidad típica de los procederes fascistas, supremacistas o el de los intereses de la clase que representan.

Muchos de sus exponentes se quedaron pegados en el 11 de abril. No lo superan y lo evocan con la amargura de un recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, como si en plena sala de baile la miniteca les hubiera cambiado de golpe la música: saltar de un bolero de Los Panchos a una pieza de piano merengue de Simó Damirón.

Ganaron Barinas porque se sumaron dos grandes sectores: el opositor duro más el llamado chavismo ligth que pensó desde la rabia de ver la desconexión del liderazgo que dirigía el estado con el pueblo llano.

Paradójicamente, la tragedia de la oposición también es nuestra, en cierta forma, pues a veces colma los ámbitos del ejercicio político y embotella el tráfico. Hugo Chávez lo dijo muchas veces, en serio y en broma, refiriéndose a Eduardo Fernández y al Conde del Guácharo.

Pero no estamos ante un abismo insalvable: el Chavismo no es un proyecto agotado, sino golpeado, vulnerado, debilitado y debe recuperar su vigor desde la Venezuela profunda.

Que la oposición gobierne y viva su propio proceso de asentamiento, es una aspiración quizás colectiva y necesaria, porque está como atorada en su propia garganta, y no se suelta ni se libera de los fantasmas golpistas.

Las excepciones nacen ahora desde algunas finas instancias de la madeja. Cuesta creerlo, pero aún hay sesos que se devanan desde la oposición que busca respirar desde los copiosos escondites donde se refugian los «antichavistas pensantes», como son los casos de Margarita López Maya, Andrés Caleca, Enderdon Sequera, un trío que aconseja a la «oposición democrática» armarse de paciencia y recoger los cabos sueltos dejados por Guaidó, López y su pandilla y no creer que, después del triunfo electoral de la MUD en Barinas el RR es soplar y hacer botella.

Si acaso, parecen decirle a Sergio Garrido «respira y exhala», no es hora de soñar con trineos ni de creer en aviones con retroceso o de «pajaritos volando». El tiempo pasa, volando o no pero pasa, y así llegará el 2024 y aunque le estampen código rojo a Guaidó en los aeropuertos del planeta y le pongan los ganchos, el gran zafarrancho no es el revocatorio sino los comicios del 2024, con mayor o menor bloqueo o restricciones ordenados por Biden y empujados por Borrell.

No se miren más el ombligo, proclama el trío: la oposición tiene, pues, otro chance. Algo así como la última oportunidad del Magallanes. Hasta Kiko Urbaneja lo ha dicho con  desgarro desde su psicosis en remojo.