BAJO LA LUPA | OTAN: dos fábulas confabuladas 

Eduardo Rothe 

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En 1990 Yugoeslavia era el socialismo exitoso en los Balcanes: una federación de pueblos sin conflicto, sitio de turismo para los europeos que venían a gozar de su bella costa adriática. Pero ocurrió que Alemania decidió construir una autopista que, pasando por Yugoeslavia, llegaría hasta Turquía y abriría una ruta de comercio entre Europa y Medio Oriente, lo que no le convenía a los Estados Unidos y a algunos de sus aliados de la OTAN. Los servicios secretos occidentales y luego los islámicos  avivaron los viejos conflictos religiosos y raciales, armaron a los radicales y “balcanizaron” la región: la OTAN intervino con la excusa de proteger los puentes sobre el Danubio que fue lo primero que bombardearon. Luego sus aviones destruyeron con precisión toda la infraestructura industrial yugoeslava (siguiendo una lista de objetivos pre-establecidos por el Fondo Monetario Internacional) y, luego de una guerra genocida, Yugoeslavia quedó fraccionada en 8 pequeñas naciones.

Desde hace décadas el gas ruso llega a Europa por  tuberías que pasan por Ucrania (pagando un peaje anual de casi 3.000 millones de euros) pero para satisfacer la demanda creciente Rusia construyó otro gasoducto que llega a Alemania por el mar Báltico, el Nordstream 2, hoy 95% completado. Una solución que respondería a la demanda de la Unión Europea y abarataría la energía en el viejo continente. El Nordstream 2 sólo era la punta del iceberg de una apertura de la UE hacia los inmensos recursos y variadas posibilidades de Rusia. Demasiado bueno a los ojos de Washington, que comenzó una campaña anti-rusa basada en los Derechos Humanos, con el pretexto de la prisión (por estafa) y el sospechoso envenenamiento de un tal Navalny, un opositor con más poder en los medios occidentales que en las elecciones rusas, teniendo como objetivo la suspensión del Nordstream 2. Mientras tanto, el gobierno de Ucrania y sus batallones de voluntarios orgullosamente neonazis, llevaba años bombardeando la región del Donbas, fronteriza con rusa, con un saldo de 13.000 muertos en su mayoría civiles. Todo en una operación de avance de la OTAN hacia las fronteras rusas, en violación de los acuerdos de hace décadas.

Las operaciones rusas contra los objetivos militares de Ucrania y la invasión (que no ocupación) de zonas claves levantaron una ola de indignación a través del mundo que se expresa en sanciones financieras y económicas de una dimensión y alcance mayores que las de la Guerra Fría y que ciertamente perjudican a Rusia, pero también a Europa que ahora debe comprar el gas (mucho más caro) que viene en barcos desde Estados Unidos, y experimenta un aumento de los costos del combustible, de la electricidad, de la producción industrial y agrícola y hasta del pan de cada día. Y en cuanto a Ucrania, tal y como lo declaró su presidente, la han dejado sola… enviando armamento y municiones que poco o nada cambian en la relación de fuerzas y en la situación militar.

Washington y la OTAN (tal y como lo hicieron en Yugoeslavia) le han cerrado a la Unión Europea un mundo de posibilidades económicas y de crecimiento. Y mientras desde los más sesudos analistas hasta los más tontos personajes de la farándula comulgan en una unanimidad anti rusa, y los nazis ucranianos son ahora “luchadores por la libertad”, la Unión Europea apenas comienza a entrever el costo de seguir los tortuosos caminos de Biden.

Eduardo Rothe