DATE CON LA CIENCIA | Pensar desde la desobediencia

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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“¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida.

¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento,

para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida,

que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas”.

César Vallejo, en Hallazgo de la vida

«¡Todo tiene su ciencia!». Así lo repetía el presidente Hugo Chávez, en un ejercicio pedagógico permanente que invitaba a la gente a mirar lo que hay detrás de cada cosa que se presenta como incuestionable, como «normal». Un ejercicio para mirar donde la mayoría no mira, para percibir relaciones, significados, intenciones y acciones que permitan romper con la colonialidad del ser, del saber y del poder.

¿Quiénes inventaron las verdades que, hoy, pautan nuestras decisiones/acciones? ¿Desde dónde fueron enunciadas dichas verdades? ¿En qué momento histórico fueron concebidas? ¿Con qué intención fueron creadas? ¿Cómo se reproducen entre nosotros? Algunas de las preguntas que Hugo Chávez intentó contestar, en su llamado a ampliar la conciencia. Para este pensador de la América profunda, plantearse esas interrogantes sería un acto de invención, que requiere un esfuerzo similar o mayor al que usa un investigador o un innovador para crear saberes, tecnologías.

En Chávez, la batalla del conocimiento, la batalla de la conciencia, la batalla de las ideas constituyen deberes sagrados de la patria; su realización abraza la dimensión práctica y la dimensión ética de la innovación. Fervientemente, creía que era necesario volver a nuestras raíces y dejar de cultivar el pensamiento subordinado al conocimiento moderno/colonial, vigente en nuestras universidades y en nuestros centros de investigación. Así denunció la tiranía de esta pedagogía colonizadora, que nos lleva a la escuela a memorizar respuestas para preguntas concebidas lejos de nuestra realidad y sin compromiso con nuestro futuro; rechazó la brújula geopolítica de la modernidad —como un discurso que señala a la ciencia como el patrón de conocimientos más importante, sofisticado; y desvaloriza a los otros esquemas de conocimiento como atrasados e inferiores—.

Convencido de la premisa robinsoniana «o inventamos o erramos», propuso la construcción de las nuevas preguntas y nuevas respuestas, desde nuestras historias, nuestros desafíos, nuestros problemas, nuestros saberes y nuestros sueños locales. Su exhortación es a desarrollar pensamiento crítico, creativo y propositivo, comprometido con la vida, la liberación, la integración, la unión verdadera de nuestros pueblos; en otras palabras: con la salvación del mundo.

Chávez convoca a pensar como una acción ética para el bienestar común. Denunciaba a la ciencia como el soporte ideológico del modelo moderno/colonial, que se impuso al mundo, a través de los sistemas de educación y comunicación hegemónicos que la reproducen, para naturalizar las violencias, desigualdades e injusticias constitutivas del proceso de dominación.

Este pensador de los sures globales nos ata irremediablemente a la necesidad de pensar para construir alternativas que salgan del patrón impuesto por el sistema dominante. Sin embargo, en esto, coincidimos con las palabras del filósofo José de Souza Silva, en el libro Chávez: la batalla por la conciencia: como el tiempo vital de Chávez fue corto para aclarar cinco siglos de historia mal contada, no hubo tiempo para concluir su esfuerzo de descolonización del pensamiento. Pero, muy pronto, él concluiría que, en el pasado, el capitalismo se ocultó en la “idea de progreso” y, en el presente, continúa oculto en la “idea de desarrollo”. A partir de entonces, ya no propondría ni siquiera el “desarrollo endógeno” (ya lo asomaba, con el llamado al ‘buen vivir/vivir bien’ como alternativa civilizatoria); pues, independientemente del adjetivo que lo acompaña, desarrollo es lo mismo que capitalismo y su principio irracional de crecimiento infinito.

La mayor contribución de Chávez, quizá, es pensar la vida no solo más allá del desarrollo, sino con otra brújula distinta a la de la modernidad: pensar desde la desobediencia. El mensaje chavista es una propuesta para hallar la vida, tejer saberes distintos y abrir nuevos horizontes.

El modelo de conocimiento chavista tiene que ser un conocimiento creativo y plural. Una plaza arbolada, muchas plazas, donde diversos sistemas de conocimiento se encuentran y comparten como iguales, conversan, juegan, se enriquecen. Conocimientos con rostros e historias. Hombres y mujeres, niños y niñas, campesinos, campesinas, indígenas y afrodescendientes, la raza humana inmensa y unida en la diversidad. Un saber para la vida, para la reproducción de la vida solidaria entre nosotros y nosotras, pero también con todos los otros seres con quienes compartimos el planeta y con los que vendrán cuando ya no estemos. Un conocimiento compañero y amoroso de la madre tierra. Combativo, consciente, capaz de volar sin olvidarse de la tierra que pisamos. El conocimiento chavista es el arte, es la siembra, es pensar qué somos y cómo queremos seguir siendo. Es construir cada día, es sentipensar para lo eterno y lo cotidiano, es cultivar la pedagogía de la pregunta. Una creación, siempre colectiva, para la vida. Como decía Chávez, el compromiso de crear «conocimientos para la vida, para la felicidad, la mayor felicidad posible».

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto