EstoyAlmado | Twitter fuera de mi celular

Manuel Palma

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Hace poco borré de mi celular la aplicación de Twitter. Lo hice por un detalle técnico temporal del teléfono. Y ahora que he pasado algunos días sin navegar por esa red, estoy evaluando no reinstalarla en el celular. Y no es por Elon Musk; que él la haya comprado no cambiará mucho la política discrecional de censura y libertinaje aplicada en la red del pajarito.

Cuando uno se aleja de las redes sociales, como Twitter por ejemplo, es más fácil valorar la red de interacción social que nos proveé el mundo real. Ahí, en los entresijos de la cotidianidad íntima, siempre podemos dejar nuestros post diarios: un saludo moderado, una mirada escrutadora; un intercambio “informativo” con otras personas, un comentario jocoso o defensivo, un me gusta presencial reflejado con una sonrisa de oreja a oreja o un bloqueo demostrado con nuestra helada indiferencia.

Todo sin más archivo que nuestra memoria y sensaciones primitivas, en un mundo real lleno de vaivenes fortuitos y alegrías efímeras, que aún puja por ganar nuestra atención que desproporcionadamente le concedemos a las redes.

Si uno lo piensa bien, fuera de Twitter ¿qué me podría perder? Alguien diría: “lo que dicen los 1,55 millones de usuarios registrados en el país”. La verdad es que son menos, porque de esa cantidad hay que restar los bots y cuentas automáticas, creadas deliberadamente por empresas, gobiernos y laboratorios digitales para tratar de incidir en el público, con una cantidad de seguidores comprados en foros. Esas cuentas falsas se cuentan por miles, por tanto, los usuarios en Twitter de carne y hueso en Venezuela deben ser menos de un millón de personas. Así que tampoco es para tanto.

Por otro lado, también está el tema de la desinformación. Twitter, supuestamente, es considerada por algunos como el espacio informativo por excelencia.

Allí, según dicen, puedes enterarte de lo que pasa en el mundo. Es valorada como la fuente primigenia, de la cual se propagan contenidos escritos hacia otras redes más enfocadas en el video, la fotografía, el diseño y el bailecito. Tal vez sea por el formato y la dinámica de los tuits, pero hay la percepción de que allí puedes hallar más información que en el resto de las redes.

Y no es exageración: conozco medios que le prestan más atención a las tendencias diarias en Twitter, que a lo que ocurre afuera en la esquina en el mundo real. Entonces, considerando ese marco de creencia, hay quien podría decir ¿y tú no eres periodista, cómo vas a hacer para estar informado? Pues, tal vez como se hacía antes: hablando con la gente por otros medios. Me arriesgaré, ¿qué podría salir mal?

Tengo el consuelo de que los campesinos y pescadores de Barrancas del Orinoco en Monagas no están en Twitter; tampoco el mecánico Alí del barrio El Cementerio en Caracas. Jesús, el taxista que vive reparando su viejo carro para subsistir, está fuera de Twitter.

En esta red no están los activistas de la comunidad, ni todas las muchachas que venden tortas caseras, ni mucho menos el octogenario Manuel, que con sus manos hizo decenas de vasos de oficinas, con restos de los cartones abandonados de las cajas CLAP.

Tampoco están esos jóvenes inventores que hacen de cualquier cosa una brecha de emprendimiento y luchan por evitar la precariedad del sueldo mínimo. En ellos sospecho que puede haber información profusa que compense mi desinformación tuitera.

Claro, eso no me salvará del impacto indirecto de los contenidos que se cuecen en twitter y llegan al mundo real convertido en bulos. Lo más seguro es que, durante mi distanciamiento tuitero, me llegarán contenidos tuiteros que pueden influir en la toma de decisiones de mi entorno.

Lo digo porque Twitter tiene ese poder: el último estudio indica que en Venezuela los más de 900 mil usuarios reales en esa red hacen clic y reproducen al año 30 millones de enlaces publicados dentro de la plataforma de la red. Sin duda, es una red que con pocos usuarios tiene una gran capacidad de redirigir tráfico hacia una web.

El detalle es que en esos contenidos es difícil distinguir la verdad de un acontecimiento, del deseo y la ficción. Muchos de esos contenidos están vestidos de noticias, y maquillados con publicidad y propaganda. Luego son replicados, sin verificación alguna, en estados y grupos de WhatsApp, cuyos usuarios en el país superan la cantidad de pensionados.

A diferencia de los usuarios en Twitter, los de WhatsApp sí son reales, ahí no hay bots que valgan, excluyendo por supuesto la versión empresarial. Esos usuarios tienen una capacidad descomunal de legitimar y dar por sentado lo que viene de la red de Elon Musk. Es casi que la palabra santa tallada en el cristal del telefonito.

Pese a los bulos provenientes del mundo tuitero, de igual modo me arriesgaré a andar sin Twitter hasta nuevo aviso. Será un buen experimento para escuchar lo que dicen en el mundo real de todos esos contenidos, muchos de ellos mimetizados en conversaciones cotidianas mientras bajas el ascensor o compras en el mercado. Veremos qué pasa. Le estaremos informando.

Manuel Palma