LA MISS CELÁNEA | La multisápida espera

Malú Rengifo

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Si un talento ha desarrollado la postmodernidad, es la de cursificarlo todo hasta el empacho. Banalizarlo todo. Aplastar el espectro emocional del colectivo hasta dejarlo hecho una bidimensional ridiculez: bonito o feo, bueno o malo, la solidaridad inmediata o la cultura de la cancelación, y así.
En esa construcción bidimensional de las ideas se han dado lugar romantizaciones como la de ese color blanco impoluto de luz natural que baña una hermosa y bien dotada habitación infantil donde una mujer de rostro virginal, sentada en una mecedora y vestida siempre con ropa color pastel, se soba la barrigota suavemente y sonríe plácida y soñadora, con la vista hacia el maruto, viviendo su dulce espera (una forma empalagosa de nombrar la gestación).
Sin frizz, sin cansancio, sin acidez estomacal ni gases. Ante un referente como ese, una embarazada de la vida real como yo, que trabajo, que cocino, que me paso el día resolviendo situaciones cotidianas junto al amoroso papá de mi bebé, y que no tengo mecedora, ni ropa color pastel, me pregunto cómo fue que llegué a convertirme en este platelminto pedorro, este saco primitivo de funciones digestivas que difícilmente se llegue parecer a esa mamá ideal, que más que una mamá parece una morfinómana.
En contraste con la visión romántica está la otra, la de los cuentos de terror. Como la doña que me dijo una vez, cuando estaba en la séptima semana (y mi bebé solo medía medio centímetro), que estirara las piernas porque sentada así el muchacho se me encajaría de un lado de la barriga y me iba a quedar deforme para siempre. O como tanta gente que le ha dado la bienvenida a mi futura maternidad con frases pasivoagresivas del tipo “prepárate, porque ahora sí vas a saber lo que es bueno”, o directamente condenatorias como “no vas a volver a dormir una noche completa más nunca en tu vida” y “ya no vas a vivir para ti sino para él”, cosas que probablemente sean verdad, pero que nadie necesita escuchar cuando lo que está intentando compartir es su alegría.
Y no es un tema de negación, es un asunto de estilos.
Lo lindo del embarazo es sumamente lindo. La emoción, lo idílico que sí existe es muchísimo más complejo, enriquecedor y asombroso que la habitación impoluta y la música para dormir bebés de los comerciales. Lo difícil, lo feo que también existe, no tiene que ser tan devastador como seguramente lo fue para generaciones anteriores, o como lo pueda ser para mujeres actuales que no se han podido apertrechar en una red de apoyo amoroso y amistades que les ayuden a vivir su proceso desde la sinceridad y la multidimensionalidad que caracteriza a un proceso tan importante como es la maternidad.
Una mujer que espera el nacimiento de su hijo desde la apendejeada romantización se dará de golpe contra una realidad cruda y avasallante. Una mujer que vaya al encuentro con su hijo pensando en lo difícil de su nueva situación, rechazará su condición de madre y será rechazada por su hijo que recién llegado al mundo es poco más que una pequeña criatura hipersensible e intuitiva que lo entiende todo mucho más allá de lo que podemos imaginar.
Yo por eso no quiero decir que estoy en la dulce espera. Mi embarazo es algo mucho más sabroso y alimenticio que un postre azucarado y rosa. Es, digamos un embarazo multisápido, una cosa diversa en sabores con pasitas, alcaparras y aceitunas. Tiene de todo y me encanta, como una hallaca de Mercedes Chacín.