PUNTO Y SEGUIMOS | Acostumbrarse a lo indigno

Mariel Carrillo

0

Pocas cosas hay más hipócritas que el capitalismo. Nada en eufemismos, medias verdades y enormes mentiras. Su funcionamiento eficiente requiere del sacrificio de millones de seres humanos y de todo el ecosistema terrestre, cada vez más afectado y presionado en nombre del «desarrollo» de la humanidad, y, a pesar de que es algo harto conocido, a la mayoría parece no importarle, en tanto los daños no les afecten de manera directa, pues es uno de los más grandes logros del sistema el adormecer a las mayorías y convencerlas de que lo importante es el ser individual y no el colectivo, el yo y no el «otro», aquel que nos es desconocido y cuya existencia asumimos como algo etéreo, extraño, a menos que se nos presente no solo como «otro», sino también como enemigo.

Se nos ha enseñado a ver las amenazas reales (cambio climático, contaminación, acumulación) como algo externo y  las amenazas creadas con fines políticos y económicos (guerras, países enemigos) como cucos verdaderos. Así las cosas, nadie se preocupa realmente por el calentamiento global, el derretimiento de los glaciares, la contaminación de las cuencas de agua dulce, la extinción de ecosistemas completos en mar y tierra o la acumulación de capital en manos de pocos multimillonarios, pero sí que se crea una opinión pública (al menos occidental) acerca de la maldad de los rusos, el terrorismo árabe y las amenazas inusuales e extraordinarias de un mediano país suramericano a la primera potencia mundial. Occidente ha instaurado la secuencia de propaganda más terrible de la historia de la humanidad, haciendo que sus ciudadanos hagan la vista gorda ante las injusticias cercanas y lejanas, que justifiquen barbaridades en nombre del mantenimiento del status quo y que odien a todo lo que no es igual o parecido a ellos mismos.

Esta ceguera diseñada y masiva no parece sino aumentar a medida que suben los riesgos de que dañemos nuestro mundo de manera irreversible; y no nos referimos solo a los daños de la madre naturaleza, sino a los morales que nos hemos hecho como raza. El progreso y los avances, llamados a la comunicación, conocimiento y mejor relacionamiento entre todos, no han impedido que sigan haciéndose guerras por recursos naturales, control de territorios y acumulación de poder, y si después de los desastres de la Segunda Guerra Mundial pareciera haberse alcanzado algún tipo de acuerdo mundial por la paz, lo cierto es que ahora, 77 años después, resurgen sin vergüenza alguna ideologías extremistas aparentemente superadas, como el nazismo o el fascismo, mientras el resto del mundo -como adormecido- les deja tomar espacios y hasta le justifican, como supuesta alternativa al «mal mayor», el viejo fantasma del comunismo.

Resulta increíble que en pleno siglo XXI la humanidad actúe con tanta irresponsabilidad histórica, olvidando las consecuencias catastróficas de su pasado reciente y los peligros a los que expone a la sociedad actual y a las futuras. Pareciera que nos acostumbramos a lo indigno, a lo injusto, a lo inhumano, como si fuera esa la única forma de vivir. El sufrimiento del «otro» ya no conmueve, tampoco su muerte, y aún más, se justifica en cuanto ese otro sea «del otro bando»: un pobre, un zurdo, un habitante del tercer mundo, un nadie. Esos que engrosan la cuenta de los que tienen que pagar para que unos pocos disfruten de una vida de excesos. Como dijo el Indio Solari, el lujo es vulgaridad, pero la miseria también lo es y es contra esa miseria que hay que alzar la voz y hacer algo. Que el miedo o la comodidad no nos pongan nunca del lado de quienes nos desprecian y viven en función de seguir fortaleciendo este sistema cruel y grosero, que con «capacidad de consumo», compra tu conciencia.

Aunque suene a utopía y sueños trasnochados, no se puede perder la capacidad de indignación, la empatía con esos que son también uno mismo; con este planeta espectacular que nos da todo. Que ninguna crisis, cansancio o avalancha de información tergiversada y dirigida anule nuestro pensamiento crítico, nuestra sensibilidad. No nos acostumbremos a ver lo inhumano -y esto incluye el hambre, la guerra, la opresión, la falta de acceso a educación, salud y agua, la deforestación, la aniquilación de otras especies, las muertes evitables, los asesinatos por razones criminales y políticas, etc-  como norma. Como escribió el poeta inglés John Donne: «Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti».

Mariel Carrillo