Perfil | La radio siempre ha sido gente haciendo magia

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La radio es pura magia. Fue el primero de una serie de objetos prodigiosos que han puesto la información y la fantasía al alcance de la gente en sus propias casas. Es el ancestro de la estirpe que luego siguió maravillando al mundo, de la que forman parte la televisión, internet y las redes sociales.

En las generaciones viejas y maduras es raro encontrar a alguien que no haya sido tocado, de una u otra forma, por la magia de la radio: un programa musical, una voz cautivadora, el relato épico de una actividad deportiva, la contundencia de una noticia narrada en el mismo momento de producirse. Todo ello manaba de esos aparatos que hace ya muchos años eran cajones corpulentos con bulbos luminosos en las entrañas.

Para generaciones más recientes, la radio ha sido irreverencia y complicidad, además de un nicho específico de la música predilecta de cada quien.

Y si la radio ha sido magia pura para los oyentes y las oyentes, ¿qué decir de quienes han tenido la suerte de participar en ella, de hacer radio? Es también muy extraño encontrar a alguna persona que haya trabajado en una emisora y no guarde recuerdos entrañables de sus vivencias cotidianas.

Antes de que existieran los canales de televisión de solo noticias y que se perfeccionara la tecnología de las transmisiones por microondas y flyaway, la radio era el medio de comunicación que daba las primicias, la reina de la inmediatez. Un teléfono público de esos que funcionaban con monedas bastaba para dar un “tubazo”.

En el campo de la programación recreativa, las emisoras de radio tenían unas cuantas opciones: musicales, dramáticos, humorísticos, de concursos, de variedades, deportivos.

En los primeros años, algunas emisoras tuvieron espacios para la música en vivo. Radio Continente, por ejemplo, tenía un estudio gigante en el que se presentaron grandes figuras del espectáculo, entre ellas, Daniel Santos con la Sonora Caracas. Otras emisoras, como Radio Cultura y Radio Caracas, tenían también programas en vivo con intérpretes muy populares.

Con el tiempo, la televisión –con el inigualable recurso de la imagen– le quitó esa función de escenario en vivo.

Muchas de las actividades y pasatiempos que se hicieron populares en el país comenzaron en la radio. Verbigracia, las historias seriadas y el beisbol profesional. Ciertamente, las radionovelas crearon el gusto por los largos dramas que luego pasaron a ser telenovelas. Por su parte, las grandes legiones de aficionados, a escala nacional, de equipos como Leones del Caracas, Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira; y en sus respectivas regiones, de Tigres de Aragua, Águilas del Zulia y Cardenales de Lara, fueron forjadas por voces señeras de la locución deportiva que llegaban a los más recónditos parajes a través de grandes circuitos de emisoras de radio.

La radio perdió esas posiciones de liderazgo primero que nada mediante un proceso de canibalismo tecnológico: en los años 80 y 90, las emisoras en amplitud modulada (AM), que habían sido protagonistas de la edad de oro, empezaron a perder terreno ante las de frecuencia modulada (FM), con un sonido más limpio y una sintonización más precisa. Las FM eran una mejor opción para escuchar la música y esa idea de modernidad y juventud que parecían formar parte de su personalidad hizo que se impusiera un nuevo estilo. Las voces graves y la dicción perfecta de los locutores de la vieja guardia cedieron el paso al desparpajo de tonos más frescos y atrevidos. También cambiaron las temáticas y los enfoques. Seguramente parecerá una acotación nostálgica, pero se perdió densidad y profundidad en todos los sentidos.

En el hogar, la radio fue desplazada sin apelaciones. No se vieron ya con frecuencia las escenas antes típicas de la familia alrededor de uno de estos aparatos, oyendo a Martín Valiente, el ahijado de la muerte; alguno de los legendarios noticieros o un partido de beisbol.

El medio de comunicación siguió reinando en los vehículos y, durante un tiempo, mediante aparatos portátiles dotados de audífonos. Posteriormente, de esos nichos también ha sido parcialmente desalojada, primero por los walkman y los discman, luego por los MP3, los iPods y más recientemente, por los celulares inteligentes y multifuncionales.

Hasta de los carros han pateado a la radio, debido a los equipos de sonido que primero usaban casetes, luego discos compactos, más adelante conexiones a dispositivos electrónicos y ahora a los omnipresentes smartphones.

Pese a todo, la radio no ha muerto. Está bastante viva, sobre todo desde que recibió el impulso adicional de la vertiente comunitaria. Las emisoras locales y alternativas han logrado convertir en radiodifusores a gente que hasta hace poco se conformaban con ser oyentes.

El liderazgo comunitario y las personas con saberes específicos se han incorporado a este medio de comunicación y han logrado llevarlo más allá de los cánones en los que había sido encerrado por la visión comercial.

El descomunal avance técnico ayuda mucho. Donde antes se requería un local grande para alojar enormes equipos de control máster, cabinas insonorizadas y una enorme discoteca de LP y cintas, ahora todo se resuelve con una computadora, un micrófono y alguna cámara (porque una audiencia voyerista quiere ver la radio por dentro). Y la preocupación por tener portentosas antenas ubicadas en zonas altas ha cambiado por el tener transmisión en vivo a través de internet.

Claro que de la edad de oro queda la añoranza, la saudade, las anécdotas de un tiempo más ingenuo y romántico que –como suele decirse un poco cursimente– no volverá. Quienes vivimos alguna parte de esa etapa, le agradecemos a la vida haber visto a tanta gente haciendo magia.
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En ruta a los 100 años

Ya faltan tan solo cuatro años para que se cumpla un siglo de la primera transmisión radial en Venezuela, la que realizó la emisora llamada AYRE, el 20 de mayo de 1926.

Las reseñas históricas indican que la emisora transmitía música de pianola y noticias de El Nuevo Diario, un periódico redactado a la medida del dictador Juan Vicente Gómez.

Su alcance era limitado por la escasa potencia de los equipos emisores y por la poca cantidad de receptores de radio disponibles.

A partir de ese hito empezó el desarrollo de la industria de la radiodifusión, que alcanzó su esplendor con emisoras de alcance nacional, como la poderosa Radio Rumbos, Radio Continente y, más cerca en el tiempo, la Cadena Mundial. También surgieron grandes emisoras en cada uno de los estados y regiones.

Con la irrupción de las emisoras FM (que tienen un alcance más restringido) se conformaron circuitos de emisoras que, en algunos casos, han sido verdaderos latifundios mediáticos, casi todos alineados en contra del proceso político que ha vivido el país desde 1998.

Desde la entrada vigencia de la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos, la batalla radial se ha hecho un poco más pareja, aunque el medio sigue predominantemente en manos del sector privado y opositor. Como dice el lema que evoca al Comandante Chávez (un gran comunicador radial): la lucha sigue.

Clodovaldo Hernández