XIN CHÀO | Joe play dirty

Angel Miguel Bastidas G.

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“Joe play dirty” suena mejor que “Joe juega sucio” porque los gringos están convencidos de la jerarquía de su idioma, como el más universal de todas las lenguas. Lo cierto es que el 46° presidente de los Estados Unidos, Joseph Robinette Biden jr., alias Joe, sigue en lo suyo, jugando sucio en política, una fórmula que le permitió abrirse paso desde muy temprano, sobre todo de cara a la cámara alta, a donde llegó como el senador demócrata más joven, a los 30 años de edad, aunque luego hubo de transitar un largo trayecto antes de franquear el portón de la Casa Blanca, con 78 años a cuesta.

El nativo de Scranton, Pennsilvania, no tardó en involucrase en los negocios de los complejos militares-industriales de su país y a los sectores financieros de Wall Street, lo que explica su decidido y convencido apoyo a las invasiones de los demócratas estadounidenses durante el siglo XXI.

Su hoja de servicio, como destacado guerrista, elevó su gestión como vicepresidente de Barack Obama, entre 2009 y 2017, período en el cual las tropas invasoras estadounidenses mostraron nuevamente su crueldad en nombre de “la democracia y la libertad” en Irak (2009) y Afganistán (2001-2021), así como su agresión armada sobre Libia (2011), donde asesinaron al presidente Muammar el-Gaddafi y destruyeron totalmente al país norafricano. Ese mismo año iniciaron la masacre sobre Siria, donde hoy siguen lloviendo los misiles israelitas, por encargo del Pentágono.

Otra muestra de la mano de hierro del vicepresidente del Premio Nobel de la Paz 2009, es el “patio trasero” de Estados Unidos al sur del continente, donde “Joe play dirty” estuvo a cargo de las operaciones para “reestablecer la democracia en Honduras” (2009), secuestrando y expulsando del país al presidente Manuel Zelaya. Dos años, en Paraguay, Fernando Lugo fue víctima de un sofisticado golpe, que lo expulsó del palacio presidencial. Caso similar sucedió en Brasil (2016), con Dilma Rousseff, obligada a desalojar el Planalto.

Ecuador no fue la excepción: el golpe de estado contra Rafael Correa, al estilo Obama-Biden no funcionó en el año 2012, pero el Pentágono insistió, gracias al converso Lenin Moreno, quien había ascendido a la presidencia en 2017 bajo la bandera de la Revolución Ciudadana, la cual traicionó para ofrecer sus servicios al imperio del norte.

El antifaz de Mr. Joe rodó antes de lo previsto, al demostrar, ipso facto, ante el mundo que sigue siendo el mismo enamorado de la guerra que le hizo el trabajo fácil a Obama desde la vicepresidencia, además despejó las dudas sobre el señalamiento de Trump, durante la campaña electoral, acerca de los negocios turbios de los Biden en Ucrania, vinculados al escándalo de los laboratorios productores de armas biológicas.

Joe “play dirty” no ha dejado dudas sobre su disposición de intentar acorralar a Rusia con las fuerzas mercenarias de la OTAN, sin importarle la tragedia del pueblo ucraniano o los desarreglos económicos y sociales originados por el conflicto armado en la eurozona oriental.

Las prontas elecciones presidenciales colombianas, que prometen, según los sondeos de opinión, la debacle de la oligarquía uribista, y unas semanas después la IX Cumbre de Las Américas, fechada entre el 6 y el 10 de junio, en Los Ángeles, California, constituyen verdaderos nubarrones sobre los predios de Washington DC, que seguramente afectarán la verticalidad emocional del inestable mandatario de canas al aire.

El triunfo de Gustavo Petro en Colombia sería una nueva piedra en el zapato para el ya malogrado gobierno demócrata, que no encuentra cómo retocar la lista de invitados de cara a la Cumbre de Los Ángeles, donde la posible exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela, atenta contra la ya desgastada popularidad del actual regente de la Casa Blanca, que ahora, en otra jugada sucia, intenta retratar a los excluidos como saboteadores de oficio.

El presidente mexicano, López Obrador ha tomado la vocería en contra la posición excluyente de Washington, de tal manera que el panorama no se muestra nada alentador para los organizadores de un evento de ingratos recuerdos para la familia Bush, que en 2005 vio como el ALCA se le había ido al carajo, en Mar de Plata.

 La llave perfecta

La profecía de Francis Fukuyama, quien en 1992 había anunciado el reformateo de la historia con su obra por encargo: “The End of History and The Last Man” (El Fin de la Historia y el Último Hombre),

tras la disolución de la Unión Soviética, habría oxigenado al decadente gentilicio estadounidense, pero prontamente, en 2007, Wall Street volvió a dar el martillazo, esta vez para disparar las alarmas.

Cómo dice Rubén Blades en su “Pedro Navaja”, la vida te da sorpresas, y una de ellas fue la inesperada puesta en escena de la dupla Trump-Biden, que en una final de fotografía electoral develó la podredumbre de la auto calificada potencia global.

Mejor armonía de accionar para sonrojar al mayor imperio del planeta, ni el mismísimo Carlos Marx y su pana Federico Engels, lo hubiesen imaginado: ni una izquierda planetaria unida, habría golpeado tan fuerte a ese orgullo estadounidense, como lo hicieron a lo grande, republicanos y demócratas, en aquel caótico 6 de enero de 2021, bautizado como Día de la infamia, en plena cámara alta.

Angel Miguel Bastidas G.