AfroUrbe | Llegó el Sahara

Mónica Mancera-Pérez

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Hace dos meses caminaba por el Desierto del Sahara junto al maestro Manuel Moreno y todo el equipo hermano de la embajada de Venezuela en Túnez y, maestros y maestras del sur tunecino, en nuestra visita formativa y de vida con el tambor nuestro venezolano a unas de las tierras del Magreb.

Caminar por el Sahara es sinónimo de paz, plenitud, inmensidad, ritmo, ondas que palpitan la vida de la Tierra.

Para nuestro sabor y saber, hoy el Sahara visita a la Caracas AfroUrbe. Sí, así como les digo, en casa recibimos esta llegada, llena de calidez que una vez más nuestra África nos enseña a resguardar la vida desde la naturaleza creadora.

El Sahara es el desierto cálido más grande del mundo, cubre gran parte del norte de África, abarca territorios de los países Argelia, Chad, Egipto, Libia, Marruecos, Mauritania, Malí, Níger, República Árabe Saharaui Democrática, Sudán y Túnez.

Año tras año se forma una nube de polvo que parte de este gran desierto y atraviesa el Océano Atlántico hasta alcanzar nuestra América, recorre el norte de Suramérica donde nos encontramos, pasa por Centroamérica, México y el sur de Estados Unidos.

Ahora bien, este recorrido tiene la magia de nutrir el gran vientre de la madre que siempre se gesta a sí misma: esa nube que va de un continente a otro fertiliza la Amazonía, el bosque tropical más extenso del mundo, nuestro pulmón. El Amazonas cubre Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela.

Esta nube de polvo comienza a gestarse en Chad, a través de los vientos de las cordilleras de Tibesti y Ennedi crea un túnel de aire hasta la Depresión de Bodele -ubicada en lago extinto Mega Chad-,  allí pulverizan los fósiles de peces, cocodrilos y demás especies que vivieron hace miles de años en la región. Ese punto inicia ese viaje al oeste del planeta, sale del continente africano, recorre el Océano Atlántico hasta llegar y fertilizar el bosque que hoy nos arropa.

Nuestra conexión es plena, permanente, ese polvo logra equilibrar el fósforo que las lluvias permanentes del Amazonas arrasa, recuperando entonces con el polvo la fertilidad que pierde por su mismo ecosistema: el cielo repone lo que se lleva. Esa totalidad que somos, ese ser uno en nuestra diversidad. Sin ese polvo no habría estabilidad en nuestra selva tropical. Allí reside la belleza de la naturaleza, tal como indica el doctor Moussa Abderamane, geólogo de la Universidad de N’Djamena, y como parte de todo el saber africano: «los muertos no lo están, viven en algún otro lado»[1].

Esa misma plenitud que respiramos en el desierto en el sur de Túnez, mientras estuvimos abocados a la tarea de compartir, de retornar al llamado de nuestras ancestralidades a través del tambor, de la misma manera hoy respiramos ese desierto que está de paso para fertilizar nuestros pulmones al sur de la AfroUrbe.

En este mes en honor a África, a la afrodescendencia, a la afrovenezolanidad celebro la continuidad de la vida, nuestras herencias son eternas. Todos estamos en todas las eras y tiempos: conectados.

 

Mónica Mancera-Pérez | @mujer_tambor

 

[1] Referencia tomada de la serie Conexiones del servicio streaming por suscripción Netflix.