HABLEMOS DE ESO | Mohammad Barkindo. Parte I: “El Califa”

Humberto González

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El coloniaje, la actitud de colonialidad del dominado, siempre tiene entre sus ingredientes la autodescalificación. Algo así, como que este país (nacionalidad o grupo social) «no sirve para nada». Algo de eso hay en los teóricos de la conspiración, cuando cuentan el mundo como producto unilateral de los «poderosos», sean estos las personas o países más ricos del mundo, las potencias militares o sus «tanques de pensamiento». Como si no hubiera contrapartes. Como si las naciones oprimidas o los pueblos no tuviéramos ninguna ficha que jugar. Como si no pudiéramos pensar con cabeza propia ni tomar iniciativas.

Mohammad Barkindo estuvo recientemente de visita en Venezuela. Es el actual secretario general de la OPEP, ha sido presidente de la Compañía Nacional de Petróleo de Nigeria y toda su vida profesional ha estado dedicada al petróleo. Sabe de qué habla.

Barkindo habla de Venezuela como su «segundo hogar». Sus razones las expone cuando le preguntan por el papel de nuestro país en la OPEP: «La OPEP es Venezuela, Venezuela es la OPEP». Y se refiere a tres momentos distintos durante la vida de la organización. El primero, su nacimiento: «Hubo un héroe en este país, un visionario, un líder, un académico, a quien se le ocurrió la idea de que todos los productores de hidrocarburos del mundo debían formar una organización para proteger los intereses de estos recursos naturales y para continuar manteniendo la estabilidad sobre una base sostenible. Este héroe se llamaba Juan Pablo Pérez Alfonso. Y esto fue en 1959. Fue Pérez Alfonso quien persuadió a los otros miembros fundadores de la OPEP (Arabia Saudita, Irán, Irak) y se reunieron en Bagdad, en septiembre de 1960, y fundaron esta organización. El año siguiente, en 1961, regresaron a Caracas y redactaron los estatutos de la OPEP … desde entonces, Venezuela ha tomado el liderazgo de los asuntos de la OPEP».

Para los olvidadizos, recordamos el papel crucial de la OPEP en el mundo. Durante los años sesenta, Raúl Prebisch empieza a hablar del intercambio internacional desigual, entre los países industrializados (antiguas potencias coloniales) y los países «atrasados» o «subdesarrollados», como se decía entonces, cuyos ingresos provenían casi exclusivamente de la explotación de los recursos naturales (fueran estos azúcar, cambures, cobre o petróleo); explotación que por lo demás estaba dominada por las grandes compañías multinacionales con sedes en los países capitalistas poderosos. En 1973, tras la guerra árabe israelí, se produce un embargo petrolero contra los Estados que apoyaron a Israel en esa guerra (con Estados Unidos a la cabeza) por parte de la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo. Ante esta decisión, los precios internacionales del petróleo subieron como nunca antes (si en 1972 un barril se vendía a 1 dólar con 80 céntimos, en 1974 costaba 11 dólares, es decir, subió cerca de diez veces). La OPEP no era ya una organización fantasma que negociaba en desventaja con las transnacionales y los «países consumidores». Para la prensa y la industria cultural hegemónicas, la OPEP era el diablo, culpable de la más profunda crisis económica en los países «industrializados» desde la Segunda Guerra Mundial (aunque en realidad ésta ya había comenzado en 1971). Por primera vez, los dueños de los recursos naturales reclamaban su espacio en el mundo y lo hacían con fuerza inesperada.

Continúa Barkindo, señalando que: «En distintos momentos de la vida de esta organización, que tiene más de sesenta años, nos damos cuenta de que Venezuela siempre estuvo al frente, para proteger los intereses de la organización, para proteger su cohesión, para asegurarse que la organización continuara funcionando de manera eficiente, de manera efectiva, alineada con las aspiraciones y la visión de sus fundadores».

Para 1980 comenzaban con toda su fuerza el neoliberalismo y la globalización. El capitalismo se reconfiguraba, y las transnacionales trasladaban sus procesos industriales a países donde la «mano de obra» fuera más barata. Se superaba por esta vía la crisis económica de los setenta y el imperialismo lograba, entre otras cosas, enfrentar a Irán e Irak en una guerra altamente destructiva que duró ocho años. La OPEP fue perdiendo fuerza.

Hacia finales de los años noventa, en medio de la campaña ideológica del neoliberalismo, se llegó a convencer a amplios sectores en Venezuela de la conveniencia de privatizar Pdvsa. El petróleo venezolano llegó a los 9 dólares, después de haber superado los 30 dólares en los años ochenta. En 1999, cuando asumió la Presidencia de la República el Comandante Chávez, no había «ni para pagar la nómina», como él mismo contó varias veces. Entre la «meritocracia petrolera» se auspiciaba subir la producción y violar las cuotas de la OPEP para derrumbar los precios.

Y sigue contando Barkindo:

«En el año 2000 ya la gente había pensado que la OPEP no seguiría existiendo. Muchos de los medios internacionales llegaron a la conclusión errada de que la OPEP era irrelevante, porque era literalmente infuncional. Y fue otro héroe, un líder mundial, que se llamaba Hugo Chávez, quien dijo que no, que debíamos proteger esta organización… Y el Comandante Hugo Chávez, recuerdo que visitó todos los países miembros de la OPEP; yo lo conocí en la capital de Nigeria, era parte de la delegación que lo recibió. Él convenció a todos los líderes que tenían un deber sagrado para revivir a la OPEP. Y todos se pusieron de acuerdo con él. Y fue el anfitrión de la Segunda Cumbre de Jefes de Estado de la OPEP, aquí en Caracas. Y yo tuve el honor de participar en esa cumbre».

En el rescate de la OPEP fue pues Chávez artífice principal. De allí la recuperación de los precios del petróleo entre el año 2000 y el 2008. No fue la suerte ni alguna «mano invisible».

Pero, para no alargarnos más, continuemos con Barkindo:

«En el año 2015, 2016, entramos nuevamente en aguas tormentosas, porque el mercado petrolero estaba en un desequilibrio masivo. La oferta estaba muy por encima de la demanda. Y los inventarios de crudo en todo el mundo habían alcanzado niveles sin precedentes. Había poco espacio para almacenar el petróleo en el mundo. Y los precios cayeron, a menos de 10 dólares el barril… Entonces, los medios dijeron nuevamente que este era el final de la OPEP».

Y continúa Barkindo:

«Pero llegó un verdadero líder, un verdadero patriota, un héroe a quien siempre llamo con cariño «Califa», el presidente de la República de Venezuela, Nicolás Maduro. Él surgió y tomó este desafío. Y él desempeñó un papel de liderazgo, un papel decisivo, e invitó a los países que no formaban parte de la OPEP para que se unieran a nosotros, para que caminaran con nosotros, para restaurar el balance y el equilibrio del mercado. Esa decisión histórica se llamó la Declaración de Cooperación. Esto habría sido imposible sin la intervención del presidente Maduro. Y, por tanto, nosotros en la OPEP y los países productores agradecemos profundamente el liderazgo y el desempeño heroico de Venezuela durante la ida de nuestra organización2.

Desde aquella fecha, la destrucción deliberada de la industria petrolera, su difícil recuperación en medio del bloqueo, el retiro de las compañías asociadas a la producción en la Faja Petrolífera, las prohibiciones ilegales para importar equipos, piezas y otros insumos, el robo de Citgo y, para colmo, la pandemia, han retardado la recuperación petrolera. Pero, en la construcción del marco de la nueva situación en que ojalá continuemos con la recuperación económica también han tenido que ver las venezolanas y los venezolanos, con «el Califa» al frente.

Por cierto, Califa es como se designa a los sucesores de Mahoma. No se trata de un profeta, pero sí de un gran líder político y espiritual.

 

Humberto González