MICROMENTARIOS | La mayor derrota

Armando José Sequera

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Quienes sostienen que las ideas de izquierda se deben profesar exclusivamente en los años de nuestra juventud solo justifican su egoísmo creciente y su ciega entrega a sus ambiciones.

Estas personas nunca fueron verdaderamente izquierdistas.

Si en algún momento se mostraron como tales, fue por algún motivo ajeno al deseo de un mundo mejor. Lo más seguro es que se manifestaron como intuían que debían hacerlo en sus primeras décadas de vida, esto es, como individuos rebeldes que no aceptaban al mundo y sus hechos y circunstancias, y pretendían o fingían modificarlo.

Esta postura no era del todo auténtica y, en la mayoría de los casos, respondía a un rechazo hacia los padres y lo que estos representaban o, lo que es peor, a la necesidad de acogerse a una especie de moda que les hacía lucir interesantes, pues trataban de impresionar a alguien que les atraía. Tal es el caso de la mayoría de los llamados revolucionarios de cafetín. Mantuvieron una pose hasta que esta dejó de servirles.

He visto a tantas personas, a lo largo de mi vida, darse vuelta la chaqueta y lo peor es que la mayoría de quienes lo han hecho se ufana de ello, además de hacer burla de quienes mantenemos intactos nuestros sueños, nuestras luchas y nuestras posiciones.

El mundo no soporta más que lo sigamos depredando sin control, ni resiste más individuos que se jacten de su egoísmo, como si este constituyera la mayor virtud conocida.

Ser de izquierda, ser revolucionario, es una manera de llevar el corazón en alto, de ser consecuente con la vida y el planeta del que apenas somos simples partículas.

Desdecirse de esto, porque se ha alcanzado determinada edad, no es sino una excusa para desnudar las ideas egocéntricas y retrógradas que probablemente se heredaron y siempre formaron parte de nosotros.

Para mí, abandonar los deseos de cambiar o mejorar el mundo es señal de que el alma no solo ha envejecido y se ha llenado de temores, vilezas y apegos que, como sucesivas anclas, han frenado el crecimiento del individuo. Es también el punto de partida de la muerte.

Creo, con toda honestidad, que si nuestro espíritu y nuestra mente se conservan jóvenes, no podemos dejar que las ideas de entonces se ensucien, se marchiten, ni que las contrarias se apoderen de quienes somos. Para mí, esta es la mayor derrota que un ser humano puede experimentar.

Armando José Sequera